La familia de corales

Una historia imaginada sobre corales de aguas frías en las oscuras profundidades del mar. Los corales capturan el alimento que trae la corriente. Las personas transforman su hogar e intentan ayudarlos. Después de la última visita humana, la familia sigue viviendo entre las huellas que han quedado. Los años del calendario siguen avanzando sin volver a empezar. Las capacidades extraordinarias y las fechas futuras forman parte de esta historia de fantasía.

Había una vez una familia de corales en las profundidades del mar oscuro y frío. En sus ramas vivían pólipos: animales diminutos con tentáculos para atrapar alimento. Lo recogían de la corriente. La familia tenía esqueletos blancos y los corales estaban sanos. Nuestra historia recorre ahora muchas generaciones hacia un futuro inventado. Allí, algunos descendientes podrán hacer cosas que hoy solo son posibles en los cuentos. Muy por encima de la familia navegaban barcos. En tierra, las personas construían casas, carreteras y fábricas. Lo que vertían al aire y al agua no se quedaba arriba: el calor y los residuos también podían llegar al mar oscuro.

Durante mucho tiempo, el mar siguió lleno de vecinos. Muy por encima navegaban barcos. Las personas pescaban, construían puertos y extraían petróleo y gas del fondo. Al principio, la familia solo notaba lo que llegaba a las profundidades. Sus larvas aún encontraban rocas nuevas y formaban nuevas colonias. Las ramas sobre la arena eran amarillas y rosadas. Una medusa pasó lentamente; debajo, un pececito cruzó veloz una horquilla. También había estrellas de mar. La corriente apenas encontraba un hueco sin habitantes. «¿Quién vive aquí?», susurró. La respuesta llegó como un aleteo, un brazo que tanteaba y una diminuta corona abierta de tentáculos de pólipo.

Las personas seguían trabajando sobre el mar, pero algunas rocas profundas aún estaban intactas. Allí podía crecer una colonia casi sin cambios. Los esqueletos claros y los pólipos abiertos formaban un hogar vivo que aún necesitaba protección frente a las intervenciones. Un poco más allá había una pariente muy parecida a los primeros corales claros. Solo destacaba una corona azul y rosada cerca de la base. La corriente rodeó su roca y muchos pólipos se abrieron a la vez. Aquí la familia no necesitaba una gran transformación. Mientras llegaran agua y alimento, incluso una rama casi sin cambios podía seguir creciendo.

Las personas ya cazaban también junto a los arrecifes profundos con sus equipos de buceo. Donde alcanzaban animales y removían el fondo, cambiaba el vecindario. La familia no podía abandonar su lugar para escapar de la caza ni de la nube de partículas que venía después. Una lámpara de buceo iluminó las ramas turquesas. Luego llegó una persona con un pesado traje resistente a la presión y un arpón atravesó el agua. El tiburón giró de golpe; entre las ramas se hizo el silencio. La colonia siguió sujeta a su roca. No podía apartarse. Mucho después de desaparecer la luz, las partículas removidas aún bailaban alrededor de sus pólipos.

Las rutas marítimas tenían cada vez más tráfico y los pescadores perdían redes una y otra vez. Una red se hundió, aunque arriba nadie tiraba de ella. Abajo quedó enganchada en las ramas; cada golpe de agua podía hacer que sus hilos rozaran el arrecife. Un barco retumbaba sobre él. Algo naranja bajó y se enredó entre las ramas: un trozo de red. La colonia azul no podía quitárselo. La corriente tiraba de él, lo tensaba y volvía a soltarlo. Un pececito lo rodeó describiendo una curva. Desde entonces, aquel objeto extraño formó parte de cada día en el arrecife familiar.

Un barco pesquero había perdido parte de su sedal. El trozo fino se hundió más allá de lo que los humanos podían ver con sus ojos. La corriente lo llevó y acabó empujándolo contra un coral del fondo. Un hilo oscuro colgaba junto a un coral claro. Cuando tiraba el agua, se balanceaba contra una rama. Allí, los pólipos habían recogido los tentáculos. Al otro lado podían seguir comiendo. El hilo permaneció prendido mucho tiempo. Para los pequeños animales era un gran obstáculo, aunque apenas era más grueso que un cabello.

Las personas echaban al mar desde un barco cosas que ya no querían arriba. Las partículas desaparecían de su vista, pero seguían hundiéndose. En el arrecife se depositaban entre los pólipos que debían atrapar allí su alimento. Un barco pasó sobre las parientes. De su vientre cayeron partículas marrones que se metieron entre las ramas. Algunos pólipos se retrajeron; otros quedaron cubiertos de suciedad. La corriente también traía comida, pero costaba alcanzarla. Cuando el barco desapareció, su carga siguió abajo mucho tiempo. Una rama tardó horas en quedar limpia otra vez.

Las personas llegaban al arrecife familiar con equipos de buceo y luces. Algunas querían atrapar animales; otras, comprobar su estado. Un visitante cuidadoso podía observar sin romper ramas, pero su cuidado por sí solo no las protegía de los cambios del gran mar. Una persona con un pesado traje resistente a la presión se detuvo junto a la pariente marrón. Al lado de sus grandes ramas parecía diminuta. Tras la ventanilla miró hacia arriba y luego hacia la base. Los pólipos siguieron haciendo lo de siempre: se extendieron hacia la corriente. Cuando el visitante se marchó, no se había llevado nada ni había dejado nada entre sus ramas.

Sobre el mar, las personas discutían sobre la pesca y la protección. Algunas querían cuidar el fondo; otras, seguir trabajando allí. Abajo, las zonas protegidas y las partes dañadas del arrecife pertenecían al mismo hábitat oscuro, unidas por la misma corriente. En el borde del arrecife se encontraron dos mundos. Una lámpara bañaba de rojo el lado izquierdo de la colonia; a la derecha, las ramas seguían a oscuras. La corriente acariciaba ambas mitades. Arriba discutían sobre lo que merecía el mar. Abajo, un pólipo abrió sus tentáculos. No necesitaba grandes palabras, sino agua, comida y un lugar seguro.

Las personas ya medían también en las profundidades las consecuencias de su mundo más cálido. Sus carteles mostraban temperaturas demasiado altas para el hogar frío original. Los números indicaban peligro, no una nueva normalidad agradable. Colgaron pequeños indicadores de temperatura junto a las ramas. Los números hablaban de un agua mucho más cálida que el hogar de los primeros corales de aguas frías. Aquí vivían descendientes lejanos en un mundo cambiado. Un pólipo se retrajo; otro siguió abierto. Los ayudantes volvieron a medir. Los colores por sí solos no les decían cómo estaban los dos.

Las personas ya no medían solo en la superficie. En las profundidades, movimientos de agua fría y más cálida coincidían junto a las mismas rocas. El mundo más cálido afectaba esas rutas, pero una colonia no podía elegir qué corriente la alcanzaba. Dos corrientes se encontraron junto a una pariente clara. Arriba pasaba una franja azul fría; más abajo, otra más cálida. El agua no se quedaba quieta. A veces llegaba un movimiento a las ramas, a veces el otro. Los pólipos se abrían y cerraban. Un ayudante comprobó la temperatura en varios puntos antes de decidir dónde podrían encontrar un lugar mejor los descendientes más jóvenes.

Las personas arrastraban redes pesadas por el fondo del mar. Así podían romperse arbustos de coral enteros, sin importar su color. La pariente gris no estaba muerta por ser gris; el peligro venía de los equipos que la rodeaban. La familia también tenía una pariente gris. Sus pólipos eran claros y solo uno de más abajo era amarillo. El agua pasaba entre las ramas. Un animal diminuto tocó un brazo. El pólipo lo sujetó y se contrajo. Este coral discreto también vivía y comía, en medio de sus vecinos de colores.

Los barcos y las ciudades costeras estaban muy por encima, pero sus huellas también llegaban aquí. En las profundidades llegaban corrientes de distintas direcciones. Las zonas rosadas, azules y verdes de la familia compartían el mismo agua y alimento. Una pariente era rosa arriba, azul abajo y verde en una rama lateral. Un pez rodeó primero la parte clara y luego pasó cerca de la base más oscura. Los pólipos de ambas mitades atrapaban las mismas partículas que pasaban. La familia tenía muchos colores, pero sus comidas seguían siendo pequeñas. Hoy llegaba suficiente agua a cada lado y todas las coronas tenían algo que hacer.

Distintas sustancias llegaban al agua desde las ciudades costeras y los barcos. Las corrientes llevaban algunas muy lejos y hacia abajo. Las personas estudiaban las rocas profundas mientras entre las ramas pasaban partículas que no servían de comida a la familia. Una franja naranja rojiza cruzaba el centro de una pariente clara. Seguía la rama principal, mientras la base y muchas ramas laterales permanecían claras. Aquí la familia parecía tener marcado el camino de una horquilla a otra. Los pólipos no esperaban señales. Giraban sus tentáculos hacia donde el agua traía alimento en ese momento.

Incluso bajo los límites de pesca, el agua seguía moviéndose. Las personas podían desviar las redes, pero el calor y las sustancias disueltas seguían viajando por las profundidades. Por eso, ramas vecinas de la misma familia a veces vivían condiciones distintas. Una pariente seguía clara a la izquierda, mientras un rosa intenso cubría las ramas de la derecha. Entre ellas, pólipos de colores se extendían hacia la misma corriente. Desde lejos, la colonia parecía dos familias unidas. Un pececito cruzó por el centro. Para él, lo importante era que entre las ramas diferentes aún quedaba un escondite.

Las personas habían removido el fondo fuera del arrecife y dejado residuos. Las corrientes traían partículas finas. Aún había sitio para vecinos entre las ramas grises, pero tras cada nube de suciedad los pólipos tenían que quedar libres otra vez. Unas ramas grises se alzaban un poco más allá en la corriente. Arriba ondeaban hilos verdes; abajo, un gran pólipo azul extendía sus tentáculos. Los pequeños vecinos aún encontraban refugio entre las ramas. La familia no había crecido igual de fuerte en todas partes. Aquí había poca actividad, pero cuando pasó alimento, varias coronas de colores se movieron a la vez.

El plástico de las costas, los barcos y las redes perdidas había llegado hasta las profundidades. Los humanos volvieron a subir una parte. Mucho seguía en el agua, pequeño e inadvertido, donde los brazos debían separar el alimento de los objetos extraños que no podían comerse. A algunos pólipos les habían crecido largos brazos para atrapar. Alcanzaban pequeñas presas, pero también quedaba prendida otra cosa: un trozo de plástico. El brazo lo sujetaba, pero el coral no podía comerlo. La corriente tiraba de él. Un pez pasó entre las ramas. El arrecife necesitaba alimento, no basura.

Las ciudades crecían en tierra y las personas seguían consumiendo combustibles. El mar profundo también cambiaba. Los aparejos dañaban algunos arrecifes; el fondo removido cubría otros. ¿Dónde podrían fijarse los próximos corales pequeños? Parte de la familia encontró refugio entre rocas. Otras ramas resistían más afuera. Una pariente casi totalmente clara crecía en una roca tranquila. En la base tenía una pequeña mancha de color cálido. La mayoría de las ramas se parecían a las de sus antepasados. Cuando la corriente las atravesó, muchos pólipos se abrieron. Era fácil creer que la colonia era débil. Pero su vida se veía en los tentáculos que buscaban el alimento diminuto.

Un barco de investigación había descubierto las colonias claras del fondo. Los humanos cambiaron entonces el límite de pesca. En el agua oscura, sus pólipos no necesitaban sol, sino alimento y ramas intactas entre las que los pececitos encontraran refugio. Una colonia clara estaba en un trozo abierto del arrecife. Sus pólipos eran pequeños, pero entre las ramas quedaba espacio para invitados. Un pez se acercó con cuidado y rodeó la base. Detrás, el agua tiraba con menos fuerza. Se colocó allí. Desde fuera apenas se lo veía, aunque el propio coral era casi blanco.

En tierra, las zonas profundas protegidas parecían espacios vacíos en un mapa. Abajo, sin embargo, había muchas rocas habitadas. Las imágenes de investigación ayudaban a los humanos a proteger también las colonias claras y sus pequeños escondites de los equipos pesados. La siguiente colonia compartía su lugar con una piedra lisa. Un pez había descansado detrás, pero un movimiento del agua lo empujó fuera. Ahora buscaba un camino entre las ramas. Un pólipo recogió los tentáculos cuando la aleta de la cola lo rozó. Después el invitado terminó de pasar y los pequeños brazos volvieron a abrirse.

Las personas buscaban a menudo cambios llamativos en las imágenes. Así podían pasar por alto una colonia casi sin color. Abajo, lo que contaba era que sus pólipos atraparan alimento y que las redes, el lodo y el calor no llegaran a su lugar. Una pariente casi totalmente clara se alzaba en una hondonada tranquila. Solo una corona tenía una pequeña mancha amarilla y verde. La corriente también encontró aquel lugar discreto y pasó por cada horquilla. Cuando quedó atrapado un animal diminuto, una corona de tentáculos se cerró a su alrededor. Nadie necesitaba muchos colores para empezar otro día en el arrecife familiar.

Una máquina había removido el fondo cerca del arrecife. Después, la arena fina siguió viajando con el agua. Las personas tuvieron que trasladar sus trabajos para que los pólipos claros no desaparecieran una y otra vez bajo una capa nueva de polvo. Junto a una pariente clara se depositaba arena. Primero había unos pocos granos y después un montoncito. La siguiente corriente fuerte volvió a dispersarlo. El coral no podía saber adónde iba cada granito. Sus pólipos se abrían cuando llegaba alimento y volvían a recoger sus blandos brazos cuando algo los tocaba.

A la luz de su robot submarino, las personas encontraron una colonia casi blanca con los pólipos abiertos. A su lado había fragmentos rotos. Se habían arrastrado equipos de pesca pesados por el fondo y habían dañado parte del arrecife que había crecido tan despacio. En el arrecife de la familia había una colonia casi blanca. En sus ramas vivían tantos pólipos pequeños como en algunas parientes de colores. Un animal que servía de alimento rozó un brazo y quedó sujeto. Eso era lo que contaba aquí. La colonia comía y seguía creciendo despacio, mientras afuera, en el agua libre, los peces trazaban sus grandes círculos.

Los humanos habían observado con qué irregularidad se hundía el alimento hacia las profundidades. Arriba vivían animales diminutos; abajo, otros esperaban lo que llegara. Un movimiento tranquilo del agua podía significar para las colonias un largo día de espera. En un rincón tranquilo del arrecife crecía una colonia clara. El agua apenas se movía. Un pez estaba ante sus ramas y batía despacio las aletas. Entonces la corriente volvió a tirar. Se acercaron partículas finas y los pólipos las atraparon. Esperar formaba parte de su vida tanto como comer.

Durante mucho tiempo, en un mapa este lugar había parecido fondo vacío. Solo una imagen de cámara cercana mostró las pequeñas colonias. Los humanos guiaron la siguiente conducción alrededor de la roca en vez de colocarla entre sus ramas. Junto a una colonia clara, un pez se quedó suspendido en el agua. Primero se movió a la izquierda y después a la derecha. Detrás de las ramas buscaba un lugar donde la corriente lo arrastrara menos. Por fin lo encontró. Los pólipos se movían sobre su cabeza. Incluso sin colores intensos, aquel lugar estaba lleno de pequeños cambios.

Las personas habían alejado algunos aparejos, pero aún podían llegar partículas finas y agua más cálida. Cada corriente útil seguía siendo importante para la discreta familia. Entre las rocas protegidas debía quedar suficiente comida para los pequeños vecinos. Una pariente solo tenía suaves manchas color durazno y rosa. Entre las ramas claras vivía un pequeño habitante al que la corriente hizo salir un momento. Se escondió otra vez cuando pasó un pez mayor. Los pólipos siguieron afuera. Acababa de llegarles comida y cada corona abierta quería atrapar algo antes de que el agua rodeara la siguiente roca.

Una nueva zona protegida estaba muy por debajo de las rutas de los barcos. Allí ya no se arrastraban redes pesadas por el fondo. Entre las rocas podían seguir creciendo incluso colonias pequeñas que apenas habían llamado la atención en las primeras imágenes. Un coral muy claro estaba entre las piedras. Había que nadar cerca para distinguir sus finos tentáculos. Cuando pasó alimento, uno lo atrapó. Luego otro. Un pez pasó detrás del discreto cuerpo. Allí encontró los mismos escondites estrechos que entre las ramas mucho más coloridas de la familia.

Mientras buscaba aparejos de pesca perdidos, un aparato de investigación iluminó los huecos entre los corales. Los humanos retiraron hilos ajenos al lugar sin llevarse las conchas. Más tarde, la corriente siguió desplazando aquellos objetos naturales hasta que algunas bifurcaciones volvieron a quedar libres. Un pólipo azul estaba muy afuera, en una rama clara. Allí el agua pasaba libremente. Detrás había un trozo de concha encajado en la bifurcación. Cuando un camarón trepó por encima, cayó al fondo. La rama volvió a quedar libre. Se acercó flotando una pequeña presa y los tentáculos la atraparon antes de que siguiera de largo.

Al tender un cable, unas máquinas habían removido el fondo del mar. Un lodo fino llegó a la deriva hasta el arrecife. Más tarde, las personas cambiaron la ruta del cable para que no cayera más suciedad sobre los sensibles pólipos. Detrás de una roca crecía una delicada pariente rosa. Allí el agua pasaba más despacio. Un granito se quedó sobre una rama hasta que el siguiente movimiento volvió a llevárselo. Mientras tanto, los pólipos violetas habían atrapado alimento. Afuera había más agitación, pero en ese momento la pequeña colonia podía comer sin molestias.

Las personas no podían devolver el alimento al mar abierto solo con prohibiciones de pesca. La vida de muy arriba y de las profundidades seguía unida: la comida que descendía también dependía de cómo trataban las personas el mar sobre el arrecife. En una pariente clara solo unas pocas coronas destacaban por su color. Una era azul, otra naranja y más arriba había un pólipo verde. Los demás también extendían sus tentáculos al agua. Cuando llegó comida, todos intentaron atraparla. Un pez podía pasar fácilmente por alto aquel grupo de colores, pero cada pequeña comida contaba para la familia.

Las personas habían perforado en busca de petróleo en la ladera junto al arrecife. Las máquinas y los equipos podían alterar el fondo. La colonia clara necesitaba distancia de esos trabajos y un sitio firme para su base amarilla. La base de una colonia casi blanca era amarilla. Un caracol pasó arrastrándose junto a ella y desapareció detrás de una piedra. Arriba, un pólipo atrapó alimento. Después pasó mucho tiempo hasta que el agua volvió a traer algo adecuado. El coral siguió firme en su sitio. No podía seguir al caracol, aunque todo a su alrededor continuara moviéndose.

Las personas buscaban corales vivos en el fondo oscuro con un robot submarino. Delante de su lámpara se abrían pólipos claros. Al lado había un sedal perdido que un brazo con pinza debía sacar con cuidado del arrecife. La corriente se deslizaba junto a un coral casi blanco. En una rama inferior se veía un poco de azul y, arriba, un toque de amarillo. Los pequeños pólipos se extendían hacia el agua. No necesitaban colores intensos para que sus brazos pudieran retener el alimento. Cerca pasó un pez más grande sin tocar la colonia clara.

Los aparejos dejaban libres algunas rocas profundas. Allí quedaban lugares para las larvas y sus vecinos. Las personas podían mejorar esa protección, pero el agua fresca y la comida tenían que venir de fuera; un bonito tono pastel no prometía ninguna de las dos cosas. En un lugar fresco crecía una delicada pariente color menta. Sus coronas eran rosas, amarillas y azul claro. Un camarón diminuto se posó en la base y pronto desapareció tras una rama. Hoy la corriente era suave y traía comida regularmente. Los pólipos podían seguir abiertos. Por ahora, este rincón de la familia no necesitaba más para tener un buen día.

La pesca había dejado sedales entre las rocas profundas. Las personas guiaban despacio un brazo con pinza junto al tronco rosa para recuperarlos. No se podía tirar de un sedal sin más si tenía ramas de coral enganchadas. Unas rayas rosas recorrían el centro de un coral claro. Un pececito se detuvo debajo. Durante mucho rato solo movió las aletas. Después atrapó algo del agua con la boca y desapareció detrás de una roca. En el coral también se cerraron unos brazos. Por un instante, el visitante y los pólipos habían encontrado comida al mismo tiempo.

Al construir una conducción, los humanos habían dejado al descubierto arena fina. Más tarde eligieron otro camino, pero la huella antigua quedó. En sus pequeños surcos se acumulaban conchas, entre las que los animales buscaban nuevos escondites. Cerca del fondo, un coral era rosado; arriba seguía claro. Un cangrejo intentó dar la vuelta a una concha al abrigo de su tronco. Solo lo consiguió al empujarla desde el otro lado. Después se recogió debajo. Sobre su nuevo techo, los pólipos sobresalían en el agua y esperaban alimento.

Las personas enviaron cámaras abajo y descubrieron primero las dos coronas de colores. Los pólipos sin color a su lado también formaban parte del arrecife vivo. Todos necesitaban alimento; las partículas peligrosas del mundo humano llegaban por igual a las zonas claras y a las de colores. Arriba a la derecha, una pariente clara tenía dos coronas llamativas. Una era azul y la otra violeta. Pero al llegar la corriente también se abrieron los pólipos discretos entre ellas. Una presa diminuta tocó un tentáculo claro. Toda la familia vivía de esas pequeñas capturas. Las dos coronas de colores parecían especiales, pero las demás tenían igual de hambre.

Un barco de investigación buscaba pequeños corales entre las rocas de las profundidades. Bajo las lámparas era fácil confundir el tejido pálido con el esqueleto calcáreo desnudo. Por eso, los humanos miraban durante mucho tiempo antes de considerar deshabitado un lugar. Un coral pálido estaba sobre un fondo claro. Un pez pasó tan cerca que casi lo rozó. Solo los pólipos de suaves colores le hicieron apartarse. Detrás de las ramas descubrió un paso libre. Se apretó para atravesarlo y permaneció un rato al abrigo del arrecife, hasta que el pez más grande se alejó.

Unos equipos de pesca pesados arrastraban por una zona vecina del fondo marino. El agua se llevaba el polvo que levantaban. Entre las ramas claras, los pólipos tenían que distinguir el alimento de tantos granitos extraños. Las parientes menos llamativas también recibían visitas. Un pececito pasó tan cerca de una colonia clara que un pólipo se retrajo. Unas líneas rosas recorrían su cuerpo. El pez desapareció detrás de la siguiente roca. Pronto, el pólipo volvió a extender sus brazos para atrapar alimento. La corriente ya había traído la siguiente comida.

Después de unos trabajos en el fondo del mar, un lodo fino había pasado a la deriva junto al arrecife. Las personas pararon las máquinas cercanas. Esto no dio ninguna capacidad nueva a la pequeña colonia, pero sus pólipos dejaron de quedar cubiertos de suciedad una y otra vez. En un lugar protegido crecía una pariente clara con una rama lateral verde suave. Los pólipos rosas estaban repartidos por su cuerpo. Cuando la corriente disminuyó, todo quedó tranquilo entre las ramitas. Un caracolito se quedó sujeto a la base. Solo mucho más tarde siguió arrastrándose, mientras arriba ya volvía a pasar alimento junto a los brazos de los pólipos.

En tierra, unos niños miraban imágenes de grandes profundidades. Las cámaras habían encontrado el arrecife bajo los barcos y las zonas de pesca. Los niños aprendieron que más allá del agua oscura vivían animales cuyos hogares podían verse afectados por las decisiones humanas. Un día, un niño vio imágenes de la familia de corales. Al principio solo buscaba los peces. Después descubrió los muchos pequeños animales de las ramas. Sonrió y levantó el pulgar. Abajo, en el mar, la colonia clara no sabía nada de aquello. Abría sus pólipos mientras arriba alguien había empezado a mirar con más atención.

Las personas buscaban con cámaras las partes conservadas del arrecife. Sobre el fondo oscuro, las finas zonas verdes solo se veían a la luz de una lámpara. El color decía poco; los pólipos abiertos y la llegada de alimento mostraban más sobre la vida diaria de la familia. Solo unas finas manchas verdes distinguían a una pariente de sus antepasados claros. Quien pasaba deprisa podía no verla. La corriente sí la encontraba. Pasaba por cada horquilla trayendo animales diminutos. Un pólipo atrapó uno. Luego volvió el silencio, hasta que empezó otro movimiento de agua en el borde del arrecife.

En largos recorridos, las cámaras de investigación regresaban una y otra vez a los mismos restos del arrecife. Los humanos ya mantenían sus brazos de agarre más lejos de las ramas vivas. Aun así, pequeños invitados pasaban con cuidado entre los pólipos. Sobre un cuerpo claro había un pólipo rojo, uno amarillo y uno azul. Un pequeño camarón caminaba junto a la base. Cuando tocó al pólipo azul, este se recogió. El camarón se detuvo un momento y luego siguió. Poco después, el pólipo volvió a abrirse. Para la colonia, un roce era algo distinto del alimento que pasaba flotando.

Arriba, unos niños aprendieron que los aparejos de pesca y la basura podían llegar incluso a los arrecifes profundos. Pidieron protección a los adultos. Abajo, los pólipos seguían fijos mientras los humanos decidían los caminos de sus barcos y máquinas. Arriba, junto al mar, los niños preguntaban por qué desaparecían tantos arrecifes. Querían que los adultos escucharan. Abajo había una colonia con grandes pólipos rosados. No podía gritar ni enviar una carta. Necesitaba agua despejada, alimento y un lugar para crecer. Los niños decidieron no volver a olvidar sus preguntas.

En tierra, unos niños aprendieron que hasta los residuos diminutos podían llegar a grandes profundidades. Querían ayudar al arrecife y pensaron en una fiesta. Primero, el agua de abajo debía quedar libre de basura nueva que ellos pudieran añadir. Un niño deseaba una fiesta para los corales. Unos copos de colores bailarían en el agua. Entonces pensó en toda la basura del mar. La fiesta no necesitaba más. Abajo, pequeños animales que servían de alimento flotaban alrededor de una colonia con pólipos rosas y amarillos. Los pólipos los atrapaban. Para estos habitantes, tener suficiente comida era un buen motivo para celebrar.

Las personas habían protegido algunos restos de arrecife. La pesca se mantenía lejos, pero el agua de otras zonas seguía pasando. La familia podía aceptar su comida al llegar; proteger una roca no acababa con todos los peligros del mar. Unas pocas manchas verdes salpicaban las ramas claras de la siguiente pariente. Entre ellas destacaban coronas azules. Un pequeño vecino permaneció mucho tiempo en la base y solo se fue cuando la corriente aumentó. Los pólipos se abrieron. Su hogar era discreto, pero hoy pasaba comida regularmente. Durante un día tranquilo, la familia podía dedicarse a su trabajo.

El calentamiento había cambiado el movimiento del agua en esta parte del mar. Algunos días, el alimento pasaba con menos frecuencia por el arrecife. Las personas bajaban instrumentos de medición y buscaban las causas de las esperas más largas. Una colonia azul clara tenía pólipos rosas hasta en las ramas más externas. Cuando el agua corrió con más fuerza, arrastró diminutos animales que servían de alimento. Algunos escaparon; otros quedaron atrapados entre los brazos de los pólipos. La buena comida no duró mucho. Después disminuyó el movimiento. Los pólipos siguieron esperando mientras un pez nadaba sobre el tronco azul.

Las personas habían tocado el fondo con equipos de pesca y levantado polvo. Este se depositaba entre las ramas con puntos. Por eso, más tarde se alejaron las rutas de pesca del arrecife, para que no llegara suciedad nueva continuamente. En las ramas superiores de una colonia clara había puntos naranjas repartidos. Más abajo estaban los pólipos oscuros. El agua llevó un grano de arena contra el tronco. El siguiente movimiento volvió a levantarlo y se lo llevó. Arriba y abajo, los animalitos buscaban alimento. Sus colores no revelaban qué pólipo atraparía algo primero.

Las personas habían removido el fondo junto al arrecife mientras tendían un cable. Más tarde, unas partículas finas flotaban por el agua oscura. La colonia necesitaba un paso libre de agua con alimento en lugar de nuevas nubes de suciedad una y otra vez. Detrás de las ramas claras pasaba agua azul. En el tronco y las ramitas de otra pariente había pólipos naranjas. Un pequeño visitante se acercó, dio la vuelta y siguió su camino. Bajo la colonia, el fondo permanecía tranquilo. Arriba, un pólipo atrapó alimento. Después todos volvieron a esperar hasta que el mar trajera algo nuevo a su hogar.

Una red de arrastre había desgarrado el fondo muy lejos de allí. La nube de lodo fino viajó con el agua hasta el arrecife de la familia. Entre las rocas, los pólipos tuvieron que esperar hasta que volviera a pasar más alimento que arena. Un coral claro estaba entre la fina neblina de arena. En una bifurcación tenía un pólipo azul. Un pequeño cangrejo se detuvo delante. Entonces vio que los tentáculos claros también se movían. Al principio no se había fijado en ellos. La corriente traía alimento y los pequeños animales comenzaron a comer por todo el cuerpo.

Las personas querían reconocer las colonias conservadas en sus cámaras. Las manchas rosas las ayudaban a encontrar de nuevo el mismo lugar. Mientras tanto, a la familia le importaba la siguiente corriente de comida; un nombre humano o una mancha de color no hacían seguro aquel hábitat oscuro. Dos manchas rosas destacaban en una pariente clara: una pequeña corona arriba y una rama lateral baja. La corriente llegaba por caminos distintos. Arriba llegaba directamente; abajo rodeaba primero el tronco. Allí los pólipos esperaban más. Por fin también se abrieron y entre las ramas diferentes comenzó la misma búsqueda silenciosa de alimento.

Una cámara regresó a un trozo protegido del fondo marino. Desde la prohibición de las redes pesadas no se habían roto nuevas ramas. Ahora los humanos también buscaban entre las piedras las colonias claras más pequeñas. Los corales casi completamente claros también pertenecían a la familia. Uno tenía una mancha amarilla cerca de la base. Allí, un pequeño animal se posó en la piedra y se limpió las antenas. Sobre él estaban los pólipos en el agua. Sus suaves movimientos revelaban que en aquel lugar discreto convivían muchos animales.

Tras la prohibición de los aparejos de pesca pesados, una pequeña roca quedó intacta durante mucho tiempo. En visitas posteriores, los humanos vieron ramas nuevas allí. Ninguna máquina las había construido. Durante años, muchos pequeños pólipos habían agrandado su cuerpo común. En un lugar tranquilo crecía una colonia de rosa suave. Sus ramas todavía eran pequeñas. Un animal diminuto podía esconderse entre ellas, pero un pez grande no. A lo largo de muchos años, la colonia siguió creciendo. Se sumaron nuevos pólipos. Más tarde también encontraron espacio invitados más grandes, y aquel pequeño comienzo se convirtió en un trozo del arrecife.

Las personas habían excluido los aparejos pesados de algunas zonas profundas. Allí podían quedarse pequeñas ramas de la familia. Otras influencias seguían llegando con el agua: sustancias disueltas, calor y comida irregular alcanzaban también las rocas tranquilas dentro de los límites protegidos. Un toque de rosa recorría el tronco de una pariente. Mirando de cerca se descubrían los suaves movimientos de sus pólipos claros. La corriente pasaba silenciosa junto a la roca. Traía poco, pero hoy varias partículas pequeñas llegaron a las ramas. La familia atrapó lo que pudo y siguió abierta para el siguiente movimiento de agua.

Una lámpara de investigación se deslizó sobre el fondo rocoso oscuro. Entre ella y el coral pasó un pez más grande. Su sombra desapareció enseguida, cuando el aparato giró la cámara hacia el siguiente trozo de arrecife. Una franja verde recorría un cuerpo blanco hasta la base. Bajo la luz de un aparato de investigación, un pez más grande nadó sobre las ramas. Uno más pequeño desapareció enseguida en una grieta de la roca. Cuando el visitante se fue, volvió a salir. Pronto también se alejó el círculo de luz. Los pólipos siguieron atrapando alimento de la corriente a oscuras.

Los humanos habían medido las huellas de arrastre alrededor de los últimos trozos de arrecife. Protegían las piedras libres donde las crías podían sujetarse. Pero una colonia nueva no crecía con solo pulsar un botón; muchas corrientes pasaban sobre cada comienzo. Una colonia amarillo pálido crecía en una piedra baja. La corriente traía unas veces más alimento y otras menos. Un día tranquilo quedó prendida una larva cerca de allí. Más tarde había allí un nuevo pólipo. Todavía no podía esconder a un pez. Pero entre él y sus grandes vecinos ya había un comienzo.

Unos investigadores dejaron bajar pequeños instrumentos de medición a las profundidades. Querían saber cuándo llegaba alimento al arrecife. Algunas mediciones mostraban corrientes llenas de alimento; otras, largas pausas. Para los pequeños animales del coral, esa diferencia importaba cada día. Sobre un coral amarillo claro había pólipos de muchos colores. Durante un tiempo tranquilo pasó muy poco alimento. Los pequeños animales atraparon lo que podían alcanzar. Luego el agua empezó a moverse más. De pronto había actividad en casi todas las ramas, y un pez que pasaba tuvo que dar un rodeo alrededor de los tentáculos extendidos.

Los humanos habían mantenido las redes pesadas lejos de una zona de rocas empinadas. En sus grietas se conservaba una antigua base de coral. Las ramas nuevas podían crecer hacia fuera, donde la corriente las alcanzaba con más fuerza que en el rincón profundo y protegido. De una grieta sobresalían las ramas de una colonia. Su cuerpo era marrón abajo y azul claro arriba. En las grietas protegidas vivían pequeños animales. Cuanto más crecían las ramas hacia fuera, más agua pasaba junto a ellas. Un pez esperaba detrás del tronco. Conocía la diferencia entre la grieta tranquila y la corriente libre.

Las personas habían renunciado aquí a usar equipos pesados en el fondo. Así se conservaron rocas y escondites. El agua fresca y la comida llegaban de fuera; el lugar protegido ofrecía una oportunidad a la familia verde menta, pero ninguna promesa eterna. En un rincón tranquilo crecía una pariente verde menta. Sus coronas eran magenta y violetas. Hoy pasaba comida regularmente y la mayoría de los pólipos seguían abiertos. Un pequeño camarón caminó bajo las ramas. Al girar la corriente, cambió de lado. Aquí la familia había encontrado un sitio donde, por ahora, podía vivir sin grandes dispositivos protectores.

Los investigadores revisaron sus mapas una vez más. Algunas colonias pálidas habían pasado fácilmente inadvertidas entre las piedras. También eran lugares que debían protegerse de las redes pesadas para que sus ramas siguieran creciendo. Un coral claro solo tenía un brillo azul en un pólipo de arriba. Era fácil no verlo en el agua. Un pez lo descubrió cuando ya estaba justo delante. Rodeó las ramas y encontró un paso estrecho. Detrás esperaba agua más tranquila. Incluso una colonia discreta podía ser importante para un pequeño visitante.

Algunas personas ya protegían ciertas laderas del arrecife frente a los equipos de pesca. En otros lugares se seguía pescando y construyendo. Por eso, el mar ofrecía lugares muy distintos. Donde la corriente traía suficiente alimento podían crecer colonias nuevas. Sus descendientes no tenían todos el mismo aspecto. Un color diferente por sí solo no revelaba quién se adaptaba mejor. En una pariente clara, el pólipo grande de abajo era verde. Arriba había muchos pólipos claros. Cuando un animalito pasó a la deriva junto al tronco, el verde lo atrapó primero. Más tarde, otros también recibieron algo. La colonia vivía de muchas comidas pequeñas como estas. Ninguna era grande, pero juntas ayudaban a sus habitantes a seguir creciendo.

Al medir el fondo, los investigadores habían visto cuántos pequeños animales viajaban por el agua. Los humanos protegieron los trozos conservados del arrecife. Allí, la corriente podía seguir trayendo alimento sin que una nueva red pesada arrasara las ramas. Una franja verde y fina recorría un coral claro. En la bifurcación de al lado quedó atrapado un pequeño animal. Movía las patas, pero no lograba avanzar. Solo la siguiente corriente lo soltó de la rama. Se alejó flotando muy cerca de los pólipos abiertos. Otro pequeño animal fue atrapado por un pólipo.

Una pequeña parte del arrecife había quedado intacta después de que terminaran las salidas de pesca. En visitas posteriores, los investigadores todavía encontraron allí colonias vivas. Sus ramas nuevas no compensaban las pérdidas anteriores, pero seguían ofreciendo pequeños refugios. Un coral de color naranja pálido crecía en una hondonada tranquila. En una rama inferior había un pólipo azulado. Un pececito cabía justo entre la base y la piedra más cercana. Allí se quedó mientras afuera pasaba otro pez más grande. Cuando volvió a salir, descubrió otros huecos en el arrecife. Algunos ya estaban ocupados.

Las personas enviaban cámaras e instrumentos de medición a las profundidades. Querían comprender cómo sus emisiones y la pesca cambiaban el hábitat. Mientras arriba miraban las imágenes, abajo los pólipos esperaban alimento. Otra colonia se veía un poco diferente desde cada lado. Abajo tenía azul, en el centro turquesa y en una ramita naranja suave. Un pez nadó en círculo a su alrededor. Después siguió hacia una roca. El coral permaneció quieto y atrapó alimento mucho después de que su rápido visitante hubiera desaparecido.

Los humanos también habían marcado pequeños trozos de arrecife en sus nuevos mapas. Querían evitar que una máquina posterior los pasara por alto. Bajo las lámparas se veían sus colores; seguían siendo más importantes los espacios estrechos entre sus ramas vivas. Una colonia tenía tantos colores que un pececito solo vio el paso estrecho al mirar por segunda vez. Nadó entre dos ramas y se detuvo detrás. Allí el agua tiraba más despacio. Cuando volvió a salir, lo siguió un pez aún más pequeño. Ahora dos habitantes conocían aquel lugar tranquilo del arrecife de colores.

Un barco había realizado trabajos en el fondo cerca del arrecife. Después llegó suciedad fina con la corriente. Las personas trasladaron sus equipos más lejos para que volviera a flotar menos polvo añadido entre las ramas de colores. Sobre el fondo oscuro había una pariente verde turquesa con pólipos rojos y amarillos. De algunas puntas oscuras de sus ramas salían líneas finas. Un pececito pasó muy cerca por encima. Abajo había una piedra detrás de la que desapareció un habitante diminuto. La corriente pasó sobre ambos y llevó alimento a los brazos que seguían abiertos.

Las personas enviaban lámparas y cámaras hasta las rocas profundas. Su luz revelaba los colores de la familia. Los pólipos no necesitaban esa luz para comer; el agua debía seguir trayendo alimento desde la oscuridad. Una lámpara de buceo mostró una pariente verde lima entre rocas oscuras. Sus ramas tenían coronas de muchos colores intensos. También vecinos diminutos habían encontrado hogar aquí. La familia tenía que convivir con ellos. Era más fácil cuando la corriente traía suficiente alimento. Si el agua empeoraba, ni la comunidad más bonita podía hacer desaparecer las dificultades.

La pesca había dejado sedales en el fondo. Uno colgaba cerca de la punta roja de una rama. Las personas guiaron con cuidado un brazo con pinza junto a ella, porque un movimiento brusco habría podido romper el coral que había crecido tan despacio. En un lado de una colonia clara, la punta de una ramita era roja anaranjada. Debajo había un pólipo que atrapaba alimento. Un pez pasó tan rápido que sus brazos se enrollaron un instante. Después volvió la calma. El pólipo se abrió otra vez y el agua pasó entre la rama roja y sus vecinas claras.

A la luz de una lámpara, las personas descubrieron una rama verde en un coral claro. Observaron cómo comían sus pólipos. Después buscaron sedales de pesca perdidos que se habían enredado en el arrecife. La familia también tenía parientes casi blancas. En una, solo la rama superior izquierda era un poco verde. Debajo, un pólipo pequeño extendía sus brazos hacia el agua. Atrapó algo, se contrajo y más tarde volvió a abrirse. La colonia clara vivía su día a día igual que sus vecinas de colores intensos.

Un robot submarino iluminó la rama amarilla de una colonia clara. Al lado se había enredado un sedal perdido. Las personas acercaron despacio un brazo con pinza para que al recuperarlo no se rompieran más ramitas del tronco. En lo más alto de una pariente clara había una rama amarilla. Las demás seguían blancas. Un pequeño crustáceo pasó a la deriva junto a la ramita amarilla, giró hacia un lado y llegó a un pólipo de más abajo. Allí quedó atrapado. Para el coral contaba cada uno de sus pequeños habitantes, incluso en las partes menos llamativas de su cuerpo.

Las personas llevaron cámaras e instrumentos de medición al coral rosa claro. Querían ver cuánto alimento llegaba y si el fondo seguía sin daños. Sus trabajos debían ayudar sin dejar huellas nuevas entre las ramas de crecimiento lento. Junto a una roca crecía una pariente rosa clara con pólipos violetas. Un animalito se posó en el fondo de debajo y permaneció allí mucho tiempo. Arriba, la espera no transcurría con tanta calma. Primero atrapó algo un pólipo y después otro. La colonia siguió creciendo despacio, mientras abajo el pequeño visitante por fin volvió a alejarse nadando.

Sobre el arrecife profundo, los barcos pesqueros viajaban a nuevos lugares. Abajo, diminutas partículas de alimento aún llegaban a la roca regularmente. Las personas apenas podían ver esas comidas; en las imágenes destacaba primero el verde intenso de la colonia. Una pariente verde vivo se alzaba sobre la roca. Sus coronas naranjas se abrían cuando pasaba alimento. Un pececito la consideró un buen escondite y se metió tras el tronco. Al salir, dejó un pequeño remolino. Varios pólipos extendieron sus tentáculos hacia él. En la gran familia, a veces esos pequeños movimientos ya eran todo un acontecimiento.

Un barco de investigación regresó a las mismas rocas. Los humanos compararon las imágenes nuevas con las antiguas y contaron también los pequeños pólipos. Debajo, la corriente pasaba de manera irregular; algunas presas solo llegaban a una rama dando un rodeo. En un coral casi blanco había un pólipo con tentáculos azules y amarillos. Un animal que servía de alimento pasó flotando muy cerca de él. Ya parecía haberse ido cuando un pequeño remolino lo trajo de vuelta. Esta vez el pólipo lo atrapó. Más arriba atrapó alimento un vecino claro. En el arrecife no todos recibían algo al mismo tiempo.

Los humanos buscaban residuos entre las rocas con pequeños aparatos. Se llevaban el plástico ajeno al lugar, pero dejaban las piedras naturales. Entre ellas, los pequeños animales seguían cazando alimento, mientras los pólipos esperaban las presas que llegaran flotando. En una rama inferior había una mancha anaranjada. Un camarón pasó caminando junto a ella y se detuvo detrás del tronco claro. Encima, los pólipos sobresalían hacia la corriente. Cuando pasó una presa, unos finos tentáculos se cerraron a su alrededor. El camarón siguió buscando en el fondo. Lo que para el coral era un bocado, él apenas podía verlo.

Las personas planeaban ampliar una zona de pesca hasta el arrecife profundo. Las imágenes mostraban muchas colonias pequeñas allí. La pariente clara con la base de colores era una de ellas; el lugar fijo donde vivía debía quedar intacto. En una colonia casi blanca, solo la base tenía colores intensos. El violeta, el verde y el rojo estaban muy juntos. Arriba, los pólipos claros extendían sus brazos. Una larva se posó en una piedra muy cercana. Allí se quedó mientras la corriente seguía su camino. Con el tiempo, el animalito creció y se convirtió en otra pariente.

Los humanos habían levantado con cuidado una red vieja de un resto del arrecife. Después volvió a haber más espacio entre las ramas conservadas. Los pececitos podían pasar, pero eso no haría crecer de inmediato las ramas que faltaban. En un coral claro había algunos pólipos anaranjados. Un pez pequeño iba de una piedra a otra y se detuvo ante las ramas. Cabía por un paso estrecho. Detrás esperaba un segundo pez. Por un instante, los dos se quedaron quietos. Después salieron nadando por lados distintos y volvieron a dejar libre el lugar.

Las personas filmaban ramas conservadas mientras en otros lugares los equipos dañaban el fondo. A la luz de una lámpara, esta pariente parecía verde mar y violeta. Junto al lugar protegido subían nuevas nubes de sedimento que se extendían lentamente por las grietas oscuras. Una pariente verde mar crecía al borde del arrecife familiar. En medio de su cuerpo destacaba una corona violeta bajo la lámpara. Abajo, un animalito corrió alrededor de una rama lateral. Los pólipos se abrieron al aumentar el movimiento del agua. No tenían prisa por explicar su color. Pasaba una comida y eso importaba más ahora.

Un barco estudiaba el arrecife profundo con cámaras e instrumentos de medición. Las personas querían saber cómo sus emisiones y la pesca cambiaban el hábitat. Mientras tanto, entre las ramas claras, un pólipo atrapaba la siguiente comida pequeña. Un pólipo rojo estaba más arriba y uno azul un poco más abajo. Los demás eran claros. Cuando pasó alimento, el primero en atrapar algo fue un pólipo discreto de la derecha. El rojo y el azul siguieron esperando. Los colores no decidían quién se saciaba primero. También dependía del camino que tomaran los animalitos con el agua.

Un barco bajaba instrumentos de medición sobre el arrecife. Las personas querían saber cuándo llevaba la corriente alimento entre las ramas inferiores. El calentamiento de la Tierra había cambiado el mar, y los pólipos hambrientos no podían dejar su lugar. En otra colonia, los pólipos azules estaban más abajo. Arriba, las ramas habían seguido claras. Un pececito nadó despacio alrededor del tronco y después salió disparado. Detrás de él, el agua siguió moviéndose un momento. El coral continuó esperando. Poco después llegó alimento fresco del mar abierto.

Los humanos habían protegido el fondo marino de aquella roca. Pero el agua seguía alterada por los gases de escape anteriores. Los nuevos corales necesitaban lugares firmes y libres, y tiempo para construir allí sus pequeños cuerpos calcáreos. En la base roja de un coral claro, una larva quedó prendida junto a una piedra. Era diminuta y encontró apenas la sujeción necesaria. Mientras la corriente pasaba sobre ella, comenzó a fijarse. La gran colonia de arriba llevaba mucho tiempo allí. Ahora recibía un vecino mucho más pequeño que su rama más pequeña.

Al recoger una red vieja, los humanos trabajaban despacio con un pequeño brazo de agarre. No querían arrancar también ramas vivas. Después volvió a haber más espacio para el agua y los pequeños visitantes entre las ramas conservadas. En una colonia clara destacaban dos pólipos rojos. Un pececito se detuvo ante el de abajo. Detrás había una bifurcación por la que cabía justo. Se deslizó dentro. Encima, los pólipos atrapaban alimento. Cuando la corriente cambió, no tuvo que irse. Detrás del tronco había un lugar tranquilo a ambos lados.

Los investigadores aprendieron a contar también las colonias discretas. En cada visita, sus cámaras iluminaban un momento los huecos entre las piedras. Así ya no pasaban por alto a los animales claros solo porque llamaban menos la atención. En medio de una rama clara había un pólipo azul intenso. Más arriba había uno anaranjado y otro amarillo. Un pequeño cangrejo pasó por debajo cuando comenzó la corriente. Sobre él también se abrieron los tentáculos claros. El coral tenía dentro más vecinos vivos de los que el cangrejo podía reconocer a primera vista.

Las personas usaban el mar para pescar y transportar. Aun así, en algunas rocas profundas quedaban lugares para la familia. Donde la corriente llegaba en golpes breves, los pólipos debían atrapar la comida entre largas pausas. Unas ramas color durazno se alzaban junto a una grieta. Sus coronas eran azules, rojas, verdes y amarillas. Hoy la corriente llegaba en golpes breves. Cada vez, los pólipos se abrían, buscaban comida y volvían a esperar. Un pequeño vecino se sujetaba tras el tronco. Entre dos golpes de agua hubo tanta quietud que hasta el rastro de arena suelta de la base quedó inmóvil.

Cuando los humanos sacaron del arrecife un viejo nudo de red, las conchas naturales quedaron en el fondo. Más tarde, los pequeños animales siguieron empujándolas y girándolas. Entre los corales y las piedras surgían así nuevos lugares diminutos que ningún humano había construido. Algunos pólipos de un coral claro eran rosados. Bajo el más bajo había un trozo de concha. Un pequeño cangrejo lo empujó con cuidado por el fondo hasta apoyarlo contra una piedra. Ahora tenía un techo. Encima se movían los tentáculos en el agua libre. En el arrecife, muchas cosas pequeñas creaban una y otra vez nuevos lugares para vivir.

Las personas descubrieron las zonas amarillas y oscuras del coral a la luz de las lámparas. Al lado había ramas rotas. Unos equipos de pesca pesados habían tocado el fondo; ahora un nuevo límite de protección debía impedir que se rompieran más colonias. Una rama amarilla se alzaba sobre la base oscura de una pariente. Otras ramitas seguían claras. En un lado había un pólipo oscuro junto a otro naranja. Cuando pasó alimento, sus brazos se movieron. Una parte quedó atrapada y otra siguió a la deriva. La corriente conectaba esta colonia con los vecinos de detrás de la siguiente roca.

Los humanos habían marcado un nuevo límite para los aparejos de pesca delante de un resto del arrecife. Detrás aún había piedras firmes y libres. Las larvas podían sujetarse allí, siempre que ninguna máquina pesada volviera a enterrar aquel pequeño comienzo bajo suelo suelto. El amarillo recorría el centro de un cuerpo claro. Al lado había pólipos rosados y azules. Cuando una larva logró sujetarse en una piedra libre, apenas se veía. Las grandes ramas sobre ella frenaban un poco el agua. Allí comenzaba una nueva parte de la familia, lo bastante pequeña para desaparecer bajo una concha.

Cerca de allí, una red pesada había desgarrado el fondo. Las personas marcaron en un mapa los lugares que no habían sufrido daños. Por ellos ya no debían arrastrarse equipos de pesca, para que más descendientes encontraran un sitio firme. Un descendiente azul claro había crecido entre dos piedras. Sus pólipos tenían colores suaves. Una larvita se posó en la roca de al lado, volvió a soltarse y siguió a la deriva. La colonia más vieja permaneció bien sujeta. Poco a poco formaba nuevos pólipos en sus ramas, mientras a su alrededor llegaban y se marchaban cada vez más animales.

Se iba a tender un cable junto al arrecife. Solo las imágenes de un robot submarino mostraron a las personas cuántos corales había allí. Cambiaron la ruta prevista para conservar las ramas de crecimiento lento. Más adentro del arrecife volvían a aparecer más colores. El amarillo recorría el centro de una colonia y había naranja en una rama. La base seguía clara. Una larva pasó a la deriva entre las ramitas. Se dejó llevar hasta que tuvo delante un pedazo de roca libre. Quizá allí crecería y se convertiría en un coral nuevo.

Arriba se construía en las costas y salían más barcos. Abajo llegaban sus huellas en forma de partículas finas y ruido lejano. Aun así, la corriente seguía trayendo comida a las ramas de distintos colores de la familia en esta roca. En una hondonada tranquila, una colonia brillaba azul y violeta. Sus puntas eran amarillas; algunos pólipos tenían varios colores. Un camarón miró una corona y luego otra. «¿Cuál es tu color favorito?» La corriente no esperó la respuesta. Trajo una ración de comida y todos los pólipos se pusieron a trabajar enseguida.

Las personas midieron los cambios del mar durante muchos años. El agua no se calentaba por igual en todas partes y el alimento llegaba por distintos caminos. Esta pariente de colores suaves también necesitaba buenas condiciones en su lugar fijo. En otra pariente, el amarillo empezaba en la parte baja del tronco. Arriba solo había pequeños puntos rosas entre las ramas claras. Un pólipo acababa de atrapar una presa. Recogía sus brazos mientras los demás seguían esperando. El arrecife no se llenaba de comida todo a la vez. Para cada animalito, la siguiente comida llegaba en un momento diferente.

Durante décadas, las emisiones humanas habían calentado el agua. En el arrecife profundo cambiaban los caminos y las cantidades del alimento. Las personas bajaban instrumentos de medición entre las rocas y observaban cuándo recibían comida los pólipos. Los pólipos rosas de una pariente clara estaban muy separados. Aun así, todos formaban un conjunto. Cuando pasaba alimento, algunos atrapaban algo enseguida y otros más tarde. Un animalito diminuto escapó entre dos brazos. El siguiente pólipo lo atrapó. Así, también en esta parte del arrecife, el agua que pasaba se convirtió en una pequeña comida.

Al construir en el fondo del mar, los humanos habían levantado mucha arena. Una parte se depositó junto a las rocas protegidas. Ahora bastaba el movimiento de un pececito para volver a llevar granos entre los pólipos. Una rama verde sobresalía de una colonia clara. Tenía dos pólipos rojos. Un pez pasó bajo la bifurcación y levantó un grano de arena. Quedó un momento prendido en la punta de un tentáculo. Después cayó al fondo. Justo entonces llegó algo comestible con la corriente, y los pequeños animales volvieron a atrapar alimento.

Los humanos mantenían una pequeña zona libre de redes y conducciones pesadas. En visitas posteriores vieron más ramas que antes. El lugar protegido seguía a oscuras; sus colonias crecían gracias al alimento que atrapaban. Sobre una piedra tranquila crecía un coral de rosa suave. Al principio sus ramas eran estrechas. Durante muchos años se sumaron nuevos pequeños animales. Una concha que antes estaba junto a la base fue desapareciendo poco a poco entre las bifurcaciones. Cuando un cangrejo la buscó, encontró en su lugar un nuevo escondite en el arrecife que había crecido.

Durante mucho tiempo, los coches, los barcos y las centrales eléctricas habían emitido mucho dióxido de carbono. Una parte llegó al mar y cambió el agua. Esto hizo más difícil que los corales construyeran sus ramas sólidas de carbonato de calcio. En un coral claro había cuatro pólipos rojos. Cuando el agua trajo alimento, extendieron sus brazos para atraparlo. Los demás pólipos pertenecían a la colonia tanto como ellos, aunque no fueran rojos. Un animalito diminuto quedó atrapado. Después, el agua siguió hacia la siguiente rama de la gran familia.

Las personas observaron a la familia con cámaras durante muchas generaciones. Sus colores cambiaban mientras el mar profundo seguía oscuro. También importaban cambios casi invisibles en las imágenes: alimento, temperatura y sustancias del agua que pasaba. Una pariente llevaba sus colores en una larga transición suave. Desde las puntas rosas pasaban por azul y verde hasta la base amarilla. Un pequeño vecino trepó por ese camino y desapareció tras una horquilla. Los pólipos siguieron en sus lugares. Al llegar la corriente, se movieron todas las coronas, desde la ramita clara más alta hasta la rama de colores más baja.

En algunos lugares, los humanos reducían sus emisiones, pero el mar solo cambiaba despacio. Las muestras de agua del fondo seguían mostrando los rastros antiguos. Por eso, una sola roca protegida no podía resolver todas las dificultades de las colonias. Una colonia verde claro tenía un pólipo rojizo cerca de la base. Allí pasaba un cangrejo con una concha junto a las ramas. En un lugar estrecho, su casa quedó enganchada. Retrocedió, giró e intentó pasar por el otro lado. Esta vez cupo. Detrás, los tentáculos volvieron a moverse libremente en el agua.

Durante unas investigaciones, los humanos habían tomado muestras de sedimentos junto a los corales. Encontraron depósitos finos de distintas épocas. La colonia no extraía de ellos alimento mediante raíces; sus pólipos atrapaban pequeños animales del agua que pasaba. Una franja amarilla recorría a lo largo un coral claro. Entre sus ramas pasaban pequeñas presas. Algunas eran atrapadas; otras seguían flotando hasta una colonia vecina. La corriente unía los lugares del arrecife sin detenerse en ninguno. En el fondo, un cangrejo avanzó un trecho contra ella y después desapareció bajo una concha.

Las personas investigaban cómo bajaba el alimento a través de muchas capas de agua. Si algo cambiaba en la parte alta del mar, también podía cambiar la comida del fondo. Los corales no podían cultivar su propio alimento y seguían dependiendo de la corriente. Un coral claro tenía muchos pólipos azules. Cuando se acercaron pequeñas presas a la deriva, los tentáculos empezaron a moverse por todas partes. Algunos atraparon algo; otros tuvieron que esperar. Bajo el tronco, un pez se mantenía en el agua más tranquila. Se quedó hasta que pasó la corriente más fuerte. Después siguió nadando y dejó a los animalitos con su comida.

Los investigadores encontraban a veces restos de la tierra y la costa en el fondo profundo. Una hoja podía atravesar muchas capas de agua antes de quedarse entre las rocas. Abajo no crecía de ella ningún árbol ni jardín en busca de luz. El agua seguía caminos sinuosos alrededor de un coral claro. Una pequeña hoja giró primero alrededor de la rama superior, luego se hundió y volvió a subir arrastrada por el agua. Un pez la siguió con la mirada. Al final se alejó flotando. A su lugar llegaron diminutos animales que servían de alimento. Los finos tentáculos de la colonia ya estaban extendidos.

Durante muchos años, el dióxido de carbono de las emisiones humanas llegó al mar. Esto cambió el agua y dificultó la formación de su esqueleto calcáreo. Por eso, la pariente amarilla y rosa seguía necesitando alimento para crecer despacio. Una pariente era amarilla de un lado y rosa del otro. Su base era oscura. Cuando el agua pasaba entre sus ramas, llegaba a ambos lados. Aquí atrapaba algo un pólipo y allá otro. Todos pertenecían a la misma colonia. Un pececito rodeó el tronco y encontró nuevos huecos por donde nadar a cada lado.

Las personas podían distinguir las zonas de colores a la luz de sus cámaras. Entre visitas, el arrecife seguía oscuro. Arriba trabajaban barcos y las corrientes llevaban una y otra vez partículas finas de fondos cercanos al hogar de la familia. Había azul arriba a la izquierda, verde a la derecha y turquesa abajo. Entre ellos se veían coronas rojas y bordes oscuros separaban algunas zonas. Un pequeño camarón cruzó todos los colores y desapareció tras el tronco. La pariente siguió en su roca. Al llegar la corriente, sus pólipos se movieron juntos. Ninguna zona de color podía bloquear por completo el paso del agua hacia la siguiente rama.

Los humanos reunían series de mediciones cada vez más largas del fondo profundo del mar. También allí cambiaban con el tiempo la temperatura y el alimento. Entre las visitas, las colonias tenían que arreglárselas con el agua que llegaba a su lugar fijo. Un hilo quedó prendido en una rama azul plateada. Se balanceaba ante un pólipo amarillento. La siguiente corriente tiró de él hasta soltarlo. Detrás se abrieron finos tentáculos. Una pequeña presa quedó atrapada en ellos. Por discreto que pareciera el cuerpo, la vida que guardaba necesitaba alimento cada día.

En este futuro se pescaba mucho por encima del arrecife. Los sedales perdidos se hundían hasta el fondo y quedaban enganchados entre las ramas. Las personas los buscaban con robots submarinos para que sus equipos no hirieran a más animales. En una colonia clara había pólipos rosas junto a otros azules, verdes y amarillos. El agua pasaba primero por el lado derecho. Allí atrapaban alimento los animalitos. Cuando cambiaba de dirección, les tocaba a las otras ramas. El coral necesitaba sus muchos brazos, porque no llegaba la misma cantidad a cada ramita.

Los investigadores comparaban el alimento de la corriente con lo que vivía arriba en el mar. La comida de los corales profundos recorría largos caminos. Por eso, los humanos también debían cuidar el mar más allá del arrecife visible. En un coral amarillo había pólipos rosados. Cuando un pececito pasó demasiado cerca, recogieron los tentáculos. Se detuvo detrás del tronco y se quedó quieto. Después de un rato, los pequeños animales volvieron a abrirse. El siguiente alimento llegó desde el otro lado y el pez tuvo que desplazar un poco su escondite tranquilo.

En una nueva investigación, los humanos encontraron diminutos corales nuevos sobre piedras protegidas. Los equipos pesados ya no podían tocar aquel fondo. Aun así, las pequeñas colonias necesitaban muchos años antes de que animales más grandes cupieran entre sus ramas. Junto a una piedra oscura crecía un coral de amarillo suave y rosa. Una larva quedó prendida en una grieta de su base. Allí aún había espacio. Después de un tiempo, un nuevo pólipo diminuto estaba en el arrecife. Era mucho más pequeño que sus vecinos. Pero hasta las ramas más grandes habían comenzado así.

Las personas observaban los pólipos oscuros y los de colores con la misma cámara. Algunos estaban comiendo y otros esperaban. En el barco comparaban las imágenes con las mediciones, porque sus intervenciones habían cambiado el agua y el fondo. Entre los pólipos de colores de una colonia clara también había algunos muy oscuros. Pertenecían a ella tanto como los azules y los amarillos. Cuando pasó alimento, varios animalitos atraparon algo. Otro se quedó sin nada y siguió esperando. El mar no repartía sus comidas por igual. En el arrecife de la familia, la paciencia formaba parte de cada día.

Las personas observaron a la familia con cámaras durante muchas generaciones. Descendientes de colores crecían en distintas rocas mientras seguían la pesca y el tráfico marítimo alrededor. Entre visitas, también llegaban cargas indeseadas al fondo oscuro y allí quedaban. Una pariente tenía rosa y rojo arriba, naranja en el centro y azul, violeta y verde abajo. Los colores estaban juntos como retazos de una manta. Pero entre las ramas quedaba sitio para el agua. Un pececito pasó por un hueco. Los pólipos atraparon alimento de su estela mientras él ya desaparecía al otro lado del cuerpo de colores.

Un cable submarino pasaba ahora lejos del arrecife. Los humanos habían cambiado su recorrido después de descubrir los corales. Las colonias antiguas podían permanecer en sus rocas mientras a su alrededor se sucedían generaciones de pequeños vecinos. Unas rayas oscuras cruzaban el tronco claro. Un pequeño animal caminó por él, se detuvo ante un pólipo y tomó otro camino. El coral llevaba mucho tiempo en su sitio. A su alrededor se habían movido piedras, se habían asentado mejillones y se habían escondido peces. El arrecife nunca era exactamente igual, aunque creciera despacio.

Las personas habían descubierto un sedal perdido cerca de las ramitas violetas. Un robot submarino debía recogerlo. El brazo con pinza se movía despacio para que la ayuda no rompiera más ramas y las hiciera caer al fondo. Unas rayas violetas recorrían el cuerpo claro de una pariente. Un pececito miró un momento entre sus ramas y después siguió su camino. Los pólipos seguían abiertos. Cuando llegó alimento, algunos brazos se cerraron. Un animal diminuto escapó y fue llevado hasta la siguiente colonia. Así, la misma corriente conectaba a muchos miembros de la gran familia.

Con cámaras, las personas descubrían cada vez más corales en la oscuridad. Al mismo tiempo cambiaban el mar con las emisiones y la pesca. Por eso, algunas protegían zonas enteras del arrecife frente a las redes de fondo, para que las colonias conservaran sus lugares fijos. En una pariente clara había pólipos de muchos colores. Uno amarillo era pequeño y uno naranja era más grande. Más a la derecha se abría uno azul. Todos esperaban alimento. Cuando una pequeña oleada de agua pasó entre las ramas, varios brazos atraparon algo. Después volvió el tiempo de esperar, mientras por encima pasaba despacio un pez.

Los humanos recogían muestras junto a un trozo dañado del arrecife y se llevaban los residuos sueltos. Dejaban las conchas antiguas en su sitio. Entre bordes naturales como aquellos, los pequeños habitantes encontraban refugio incluso donde aún faltaban ramas altas de coral. Unos pólipos amarillos estaban sobre un tronco muy claro. Un pececito empujó con la nariz una vieja concha del fondo. Se inclinó y dejó libre una grieta estrecha. El pez desapareció dentro enseguida. Arriba, la colonia atrapaba alimento. El arrecife estaba formado por muchos lugares como aquel, cada uno adecuado para alguien.

Con el tiempo, el calentamiento causado por las emisiones humanas también llegó a aguas más profundas. Las personas buscaban lugares del arrecife que aún fueran adecuados. Allí tenían que mantener alejados los equipos de pesca pesados para que los descendientes de la familia crecieran seguros. Una colonia azul clara tenía pólipos amarillos y verdes. El grande de la parte baja del tronco acababa de atrapar una presa. Más arriba, los pequeños aún esperaban alimento. Un pez pasó nadando en una curva amplia. Entonces la corriente cambió de dirección. Ahora también llegaban animalitos a las ramas más altas y se cerraban más brazos.

Las personas también buscaban nuevos caladeros mar adentro. Bajo sus barcos, algunas rocas profundas seguían intactas. Aquí las partículas de alimento aún llegaban a los pólipos abiertos, mientras cerca trabajaban equipos en el fondo y subían nuevas nubes de partículas. A la luz de una lámpara de buceo, la siguiente pariente parecía naranja intenso. Sus coronas verdes parecían florecitas, pero eran animales hambrientos. Un pez se acercó, se asustó por un movimiento y salió disparado. Los pólipos atrapaban partículas diminutas. En esta roca profunda la familia había encontrado comida y, mientras durara la corriente, muchas coronas seguirían abiertas.

Sobre el fondo oscuro, la corriente llevaba alimento a los pólipos naranjas. Las personas medían ese flujo porque las emisiones cambiaban el mar. Con sus imágenes buscaban lugares que siguieran siendo adecuados para la familia. Sobre un fondo amarillento crecía una pariente clara con pólipos naranjas. Un pequeño crustáceo pasó junto a la base. Arriba, un pólipo extendió sus brazos, pero el crustáceo quedó fuera de su alcance. Trepó hasta detrás de una piedra. El coral siguió esperando. La siguiente corriente llevó presas mucho más pequeñas a sus ramas.

Donde los humanos habían arrastrado antes redes pesadas, las grandes colonias estaban muy separadas. Los pececitos tenían que nadar más tiempo sobre fondo descubierto. Por eso, cada bifurcación conservada podía ser importante de camino al siguiente trozo de arrecife. En un coral anaranjado claro había pólipos azules, rojos, verdes y oscuros. De frente solo se veía una parte. Solo cuando un pez rodeó el tronco aparecieron los demás. La colonia llegaba más lejos de lo que había pensado. Detrás de la última bifurcación encontró un lugar tranquilo y se quedó hasta que el agua tiró con menos fuerza.

Un barco de investigación estudiaba cómo llegaba el alimento al arrecife rodeando las piedras grandes. Sus aparatos se quedaban junto a las colonias. Entre ellas, los pólipos ocupaban lugares muy diferentes, aunque pertenecían al mismo cuerpo conectado. En una rama superior había un pólipo oscuro; debajo, zonas azules y amarillas. El agua giró alrededor de una piedra y alcanzó las ramas desde atrás. Una presa diminuta quedó atrapada en los tentáculos. Más abajo, el alimento llegó después. Los pequeños animales compartían el mismo cuerpo, pero cada uno tenía su propio lugar.

Las personas estudiaban las ramas claras con cámaras y observaban cómo comían los pólipos rojos. Cerca había sedales perdidos. Había que retirarlos sin romper más ramitas de coral al recuperarlos. En las ramas claras había pólipos rojos. Cuando el agua pasaba junto a ellos, abrían sus brazos. Un pequeño crustáceo quedó atrapado; otro siguió a la deriva fuera de su alcance. El color de las ramas no decía si un animal tenía hambre. En esta colonia había vida: comía, crecía despacio y formaba parte de la gran familia.

Las personas usaban lámparas y cámaras para estudiar qué colonias habían sobrevivido a sus intervenciones. Un rojo intenso era fácil de reconocer. También debían medir y observar si llegaba suficiente comida y qué contenía el agua. Una pariente roja se alzaba junto a las piedras oscuras. Sus coronas tenían azul, amarillo, verde y violeta. Un pececito rodeó la rama principal y se detuvo en medio del agua. La corriente venía de frente. Varios pólipos extendieron sus tentáculos y atraparon lo que alcanzaban. Pronto el pez siguió su camino, dejando atrás a la familia roja en su roca.

Los humanos habían colocado pequeñas trampas que recogían el alimento que se hundía. Más tarde volvieron a subir los recipientes. A los corales no les llevaban platos llenos; seguían dependiendo de las comidas cambiantes del mar abierto. Las puntas más altas de este coral eran violetas. Debajo se abrían pólipos claros en la corriente. Un pequeño animal pasó flotando por un lado; el agua lo arrastró alrededor del tronco y llegó a una rama inferior. Abajo también había algo que comer. Para una colonia grande era importante cada rama bien bañada por el agua.

Al borde de una zona de trabajo, unas máquinas habían aflojado el fondo. Los pequeños montones de arena seguían viajando con los movimientos del agua. Arriba, los humanos podían haber terminado hacía mucho mientras sus partículas removidas aún llegaban abajo, entre las ramas. Una colonia clara tenía pólipos azules, rojos y verdes. Una fina franja de arena avanzaba por el fondo. En la base quedó un montoncito que volvió a hacerse más pequeño con la siguiente corriente. Las ramas estaban libres por encima de la arena. Allí, los pólipos podían extender los tentáculos y atrapar pequeñas presas.

Las cámaras de investigación mostraron a los humanos huellas de pesca despejadas junto a rocas conservadas. Allí no querían permitir nuevos daños. Las ramas que quedaban ofrecían lugares más tranquilos a los pequeños animales, mientras el agua pasaba libre sobre las puntas más altas. El cuerpo de un coral era anaranjado arriba y claro abajo. Un pececito nadó desde la base hasta las ramas más altas. Allí el agua tiraba con más fuerza. Dio media vuelta y buscó refugio en una bifurcación inferior. Encima, los pólipos atrapaban alimento. Cada lugar del arrecife se sentía distinto para un pequeño nadador.

Unos equipos de pesca perdidos se habían enredado en algunas ramas del arrecife. Por eso, las personas limitaron la pesca allí y limpiaron con cuidado. Entre las ramas rosas conservadas, los animales pequeños podían seguir nadando y encontrando alimento. Una pariente rosa tenía pólipos azules. A su alrededor, unos animalitos se movían rápidamente por el agua. Uno se detuvo un momento entre dos ramas antes de seguir. La colonia no se movió con él. Permaneció en su roca y extendió sus muchos brazos. Para comer no tenía que perseguir a nadie nadando por el mar.

Con las emisiones y la pesca, las personas cambiaban las condiciones de vida en el mar. Por eso, un robot submarino también observaba a esta pariente azul clara. En el barco, las personas buscaban formas de mantener sus trabajos lejos de las ramas sensibles. Una pariente azul clara tenía pólipos verdes, naranjas, rosas y azules. Un pececito se acercó tanto que uno se retrajo por un momento. Los demás siguieron abiertos. Cuando el visitante se alejó nadando, este pólipo también volvió a extender sus brazos. Poco después atrapó un animalito diminuto que llegó con el agua.

Los humanos recogían muestras del agua que pasaba junto al arrecife de la familia. Los pequeños animales que servían de alimento llegaban de forma irregular. Mientras arriba se discutía sobre las zonas protegidas, abajo los pólipos también tenían que superar los tiempos tranquilos. Una colonia azul claro crecía junto a una roca baja. Sus pólipos rosados alcanzaban el agua de arriba. Algunos días pasaba mucho alimento flotando; otros, poco. Por eso el arrecife no crecía todos los días. Un pequeño cangrejo que había encontrado aquí un escondite solo notó ramas nuevas después de mucho tiempo.

Las personas comparaban las colonias protegidas con zonas donde aún se pescaba. La sencilla pariente roja no necesitaba aparatos en sus ramas para ello. Aun así, que su hogar siguiera siendo adecuado dependía de las intervenciones cercanas y las corrientes que llegaban. Una pariente borgoña se alzaba en una roca sencilla. No había sombrillas, muros ni aparatos alrededor de sus ramas. Sus coronas rojas y magenta esperaban comida. Al empezar la corriente, los finos tentáculos se inclinaron en la misma dirección. Un pequeño vecino se metió bajo la rama más baja. Hasta un lugar sencillo podía bastarle a la familia durante un tiempo.

Muy por encima del arrecife oscuro, unos animales diminutos y unas algas vivían a la luz del día. Lo que ocurría allí también influía en el alimento de abajo. El calentamiento causado por las emisiones humanas cambiaba aquellas comidas durante su largo viaje. En una rama amarilla se abrió un pólipo violeta. Un pequeño crustáceo pasó flotando cerca y desapareció con un rápido movimiento. Más abajo, un segundo pólipo también atrapó alimento. Así ocurría en este coral muchas veces al día: esperar, tantear y atrapar. La familia no necesitaba dientes grandes para eso.

En tierra se seguían quemando carbón, petróleo y gas. Esto también calentaba el mar. Incluso en las profundidades, las temperaturas cambiaban lentamente, mientras el coral tenía que seguir atrapando alimento en su lugar fijo. Otra colonia era de color naranja parduzco por abajo y casi blanca en las ramas superiores. Entre las dos zonas había pólipos de colores. Una larva pasó a la deriva y se posó en una piedra. Allí se quedó. Mientras el coral más viejo atrapaba alimento, junto a su base ya comenzaba la historia de una nueva pariente.

En otro lugar, un aparato había roto el fondo marino. Las partículas finas no se quedaron junto a su huella, sino que fueron arrastradas más lejos. Cuando la nube llegó al arrecife, de pronto había más lodo que alimento entre los pólipos. Alrededor de un coral pálido pasaba arena fina por el agua. Algunos pólipos se cerraron cuando les cayeron granos encima. La siguiente corriente empujó la arena más allá. Los pequeños animales solo se abrieron de nuevo poco a poco. Necesitaban agua despejada junto a los tentáculos. El alimento era bienvenido; una manta de arena, no.

Mientras arriba navegaban barcos y las centrales eléctricas emitían gases, el coral rosa seguía viviendo en la oscuridad. Sus pólipos amarillos atrapaban alimento del agua. No necesitaban luz para hacerlo, pero seguían necesitando buenas condiciones en el agua. En las ramas rosas había pólipos amarillos, pequeños junto a grandes. Un crustáceo diminuto pasó a la deriva entre ellos. Escapó dos veces y después unos brazos lo sujetaron. Para el coral, fue una buena comida. Pasó un pez que también buscaba alimento. El mar alimentaba de formas muy distintas a los animales hambrientos, grandes y pequeños.

Las personas bajaron cámaras e instrumentos de medición hasta el coral profundo. Querían ver cómo llegaban el agua y el alimento a sus ramas. Sus emisiones y sus trabajos en el fondo habían cambiado el hábitat durante muchos años. En una pariente, los colores se mezclaban suavemente. El rosa estaba junto al amarillo y el azul junto a una rama verde clara. Un animalito que servía de alimento pasó muy cerca del tronco. Un pólipo lo sujetó. Más arriba, otros seguían esperando. Para la colonia, su lento crecimiento continuaba gracias a muchas comidas pequeñas en muchos lugares.

Las personas estudiaban las huellas que dejaban sus residuos y trabajos del fondo en el agua profunda. Las lámparas revelaban las ramas y pequeños instrumentos examinaban el agua. Mientras tanto, la familia esperaba la siguiente corriente de comida desde la oscuridad. Una pariente gris y marrón se alzaba entre las piedras. Solo sus coronas tenían pequeñas manchas verdes, naranjas y rosas. Un pez pasó cerca sin detenerse. Justo después, un fino flujo de alimento llegó a las ramas. Los pólipos se movieron juntos aunque se veían distintos. Para esa comida, el color no importaba; cada uno debía atrapar su propia presa.

Las personas observaban los pólipos de colores a la luz de las lámparas de sus robots. Algunos atrapaban alimento y otros esperaban. Como las personas cambiaban el mar con las emisiones y la pesca, ahora también debían estudiar más de cerca los caminos de esa comida. Una pariente tenía tantos pólipos de colores que un pececito rodeó su tronco dos veces. El amarillo estaba junto al violeta y el azul junto al rojo. Después el pez siguió su camino. Los pólipos permanecieron abiertos. Debajo de él, uno acababa de atrapar un crustáceo diminuto. El coral no tenía que mostrarle a nadie sus colores para conseguir una comida.

Se pescaba por encima del arrecife, y en el fondo quedaban cada vez menos escondites intactos. Los pequeños visitantes se apiñaban entre las ramas conservadas. No todos los huecos eran lo bastante anchos cuando pasaba un pez más grande. En un coral había secciones amarillas, azules y rosadas muy juntas. Un pececito nadó hacia arriba junto a ellas y desapareció detrás de la bifurcación más alta. Abajo esperaba otro. Cuando el primero reapareció, los dos corrieron por el paso estrecho. Los pólipos recogieron un momento los tentáculos y después volvieron a abrirlos.

Con una lámpara, las personas observaban las puntas de colores de las ramas. Querían ver cuándo llegaba alimento. Su pesca y sus emisiones habían cambiado el hábitat; ahora tenían que cuidar mejor el arrecife profundo. Una pariente clara tenía color sobre todo en las puntas de sus ramitas. Allí había pólipos azules, verdes y rosas. Un pez casi rozó una rama y se desvió a tiempo. Poco después regresó nadando más despacio. Entre las puntas de colores encontró un hueco. La colonia quedó intacta y siguió atrapando alimento del agua.

Durante unos trabajos en un cable se había levantado mucho lodo fino. Las personas trasladaron la siguiente obra más lejos. Esto no daba más comida a los pólipos rojos, pero entre sus ramas flotaba menos suciedad añadida. En las ramas rosas pálidas de otra pariente había pólipos rojos. Un pececito se detuvo delante, miró y siguió su camino. Detrás de él llegó alimento con el agua. Un pólipo atrapó algo y el siguiente todavía esperaba. Muchas cosas en el arrecife ocurrían tan silenciosamente que un visitante de paso apenas las habría notado.

Un aparato de investigación avanzaba despacio sobre las rocas y dirigía sus lámparas hacia las ramas. Solo bajo aquella luz se veían sus colores. Detrás del aparato, las profundidades seguían tan oscuras como antes. La luz de un aparato de investigación recorrió un coral. En su centro había una sección azul y, al lado, pólipos rosados. El círculo de luz siguió avanzando y dejó las ramas otra vez a oscuras. Aun así, los pequeños animales atrapaban alimento. Para ellos contaba lo que traía la corriente, incluso cuando el aparato ya estaba junto a la siguiente roca.

Las máquinas humanas llegaban a las rocas oscuras con lámparas. Solo su luz permitía ver claramente las coronas de colores. Al seguir los aparatos su camino, el arrecife quedaba oscuro; la familia seguía buscando alimento a tientas en la corriente. Una pariente marrón se alzaba entre rocas oscuras. Una lámpara que pasaba reveló sus coronas azules, rojas, amarillas y violetas. Al desaparecer la lámpara, el mar siguió oscuro. Pero los pólipos continuaron atrapando comida. Su familia había crecido con la corriente mucho antes de que una persona llevara luz hasta sus ramas.

Desde un barco de investigación bajó un aparato sin tripulación. Sus lámparas mostraron por un momento los colores de las ramas. Cuando siguió su camino, el arrecife quedó a oscuras; aun así, el alimento llegaba con el agua. Entre unas piedras grises destacaba un coral amarillo. El agua sobre él estaba oscura, y sus pólipos no necesitaban sol para comer. Esperaban a la corriente. Cuando pasaron pequeñas presas flotando, se movieron finos tentáculos por todas partes. Un pez diminuto se colocó detrás del tronco, donde el agua corría más despacio.

En la superficie del mar, las algas vivían a la luz del día. Desde aquel mundo de arriba llegaba más tarde alimento al fondo. Con sus emisiones, las personas cambiaban las condiciones de ambos lugares, aunque el propio coral amarillo comía en la oscuridad. Una pariente amarilla dorada tenía pólipos rosas en sus ramas. Cuando pasaba alimento, los animalitos se estiraban mucho. Un brazo tocó una presa y la sujetó. Justo al lado escapó otro animalito. El mar traía nuevas oportunidades una y otra vez. El coral tenía que esperar hasta que algo pasara lo bastante cerca de uno de sus pólipos.

Un barco de investigación seguía cuánto alimento llegaba al fondo desde las capas superiores del agua. El arrecife no necesitaba luz del sol para ello. Bajo las lámparas de los aparatos, sus colores se veían un momento; luego los pólipos seguían atrapando alimento a oscuras. Un coral amarillo estaba entre las piedras. En una rama alta, un pólipo atrapó un pequeño animal. Al principio no llegó nada abajo. Después el agua giró alrededor del tronco y llevó alimento también hasta allí. Un cangrejo recorrió el fondo buscando restos. El arrecife ofrecía algo que comer en muchos lugares.

En tierra se seguía quemando mucho carbón, petróleo y gas. Las consecuencias no se quedaban en la superficie. También el agua de las profundidades cambiaba poco a poco, mientras las colonias seguían necesitando alimento regular. Un coral amarillo tenía pólipos rojos, azules y oscuros. Al pasar junto a una piedra, la corriente alcanzó primero el lado izquierdo. Allí, los pequeños animales atraparon alimento. Poco después, el agua cambió de dirección y el otro lado recibió su parte. Nadie tuvo que cambiar de lugar. El mar pasaba por sí solo.

En tierra, los humanos intentaban enviar menos gases de escape al aire. En el mar profundo, los cambios anteriores seguían teniendo efecto. Las colonias aún necesitaban alimento del agua y un fondo que ninguna máquina pesada desgarrara. Un coral amarillo estaba donde el arrecife dejaba un pequeño hueco. Una larva flotó sobre el fondo libre. Tocó una piedra, volvió a soltarse y siguió arrastrada por el agua. No todos los lugares ofrecían sujeción. La colonia amarilla llevaba mucho tiempo allí. Bajo sus ramas, un pececito estaba protegido de la corriente.

Las personas enviaban más cámaras y lámparas para seguir los cambios en sus zonas de arrecife. Así se veían los lugares de colores. Los rayos del sol no llegaban aquí; el peligro venía de hábitats dañados y agua alterada, no de quemaduras solares. Manchas azul oscuro, verdes y violetas cubrían una pariente por lo demás clara. Entre ellas quedaban grandes espacios libres. Una lámpara recorrió las ramas y reveló cada trazo de color. Luego su luz pasó a la siguiente roca. La colonia quedó en el agua oscura, donde sus pólipos sentían los mismos pequeños movimientos que las otras ramas de la familia a su alrededor.

Los humanos observaban con cámaras dónde se asentaban las nuevas colonias. No todas las larvas se quedaban en la zona protegida. La corriente llevaba muchas más lejos, hasta que algunas lograban sujetarse a una piedra firme entre dos antiguos trozos de arrecife. Unas secciones amarillas, azules y rosadas daban color a una colonia. Una larva pasó flotando junto a ella. Tocó una rama un momento, se soltó y siguió con el agua. Solo en una piedra libre logró sujetarse. Allí aún había espacio para un nuevo pólipo. La familia no se extendía con pasos, sino con muchos pequeños comienzos.

Al instalar una conducción se había removido el fondo. Más tarde, el lodo fino se depositó entre las rocas. Cuando la corriente regresaba con más fuerza, volvía a llevarse una parte. Sobre un coral anaranjado había pólipos azules y amarillos. Un día, un pez levantó la arena de la base. Una parte cayó entre las ramas inferiores. Los pequeños animales se recogieron hasta que el agua volvió a estar más despejada. Entonces llegó una nueva corriente y se llevó los finos granos.

Los aparejos de pesca habían destruido algunos escondites, mientras otros se conservaban entre rocas empinadas. Los humanos mantenían alejadas las redes nuevas. Abajo, los peces más grandes buscaban alimento y los pequeños tenían que conocer las bifurcaciones estrechas que quedaban. Una rama azul sobresalía a la izquierda de un coral verde claro; debajo había una rama rosada. Cuando llegó un pez desde arriba, uno más pequeño se metió rápido en la bifurcación inferior. Era lo bastante estrecha para que el grande no pudiera seguirlo. Se alejó. Los pólipos habían recogido un momento los tentáculos y ahora volvían a abrirlos.

En una antigua huella de pesca había conchas y pequeñas piedras sueltas. Las redes ya no pasaban por allí. Pero las corrientes fuertes seguían empujando por el fondo lo que habían dejado. Unas ramas amarillo anaranjado tenían pólipos rosados. Entre ellas quedó un trozo de concha que había traído la corriente. Con el siguiente impulso fuerte se inclinó, se deslizó por la bifurcación y cayó abajo. Un cangrejo lo examinó enseguida. Encima de él, los tentáculos volvieron a quedar libres y la vida cotidiana de la pequeña colonia continuó.

Las personas mantenían las redes pesadas lejos del coral rojo. Así se conservaba su hogar fijo. Muy por encima se producía alimento en la parte alta del mar; una parte llegaba después por el agua oscura hasta sus pólipos verdes. En una pariente roja había pólipos verdes turquesa. Un animalito rozó uno de sus brazos y quedó atrapado. Justo después se abrió otro pólipo. Así, los muchos habitantes pequeños atrapaban alimento para su colonia. Afuera, el mar seguía cambiando. Aquí, por el momento, contaban la siguiente comida y un lugar firme en el fondo.

Las personas podían proteger rocas concretas de los aparejos, pero no desviar cada movimiento del agua. Incluso los lugares protegidos recibían sustancias lejanas. Por eso, entre las ramas rosas debían compartir camino la comida, los pequeños vecinos y las partículas indeseadas. Una pariente rosa se alzaba donde quedaba un hueco entre rocas. Sus coronas de colores se movían en el agua: unas azules, otras amarillas o violetas. Un pez se detuvo delante y pasó por el hueco por muy poco. Detrás volvió a animarse la corriente. La familia atrapaba comida mientras el visitante ya buscaba otro refugio al otro lado.

Los barcos pasaban sobre el arrecife, pero sus ramas estaban muy por debajo de su vista. Solo los aparatos de investigación las habían dado a conocer. Ahora los humanos planificaban nuevos trabajos a distancia para que el alimento siguiera pasando libremente por las colonias. Un tronco amarillo se dividía en una rama rosada y varias claras. Entre ellas había pólipos azules. Un camarón trepó hasta sentir con más fuerza la corriente. Entonces dio media vuelta. El coral permaneció donde había crecido. Sus finos brazos atrapaban alimento sin que tuviera que nadar detrás de una presa.

El alimento no siempre bajaba de manera regular desde la superficie del mar, cada vez más cálida. Los humanos estudiaban cuánto llegaba al fondo. Abajo, los animales no tenían un jardín que cultivar; debían atrapar lo que traía la corriente. Unas ramas verdes y amarillas estaban muy juntas. Cuando el agua se despejó, un pececito pudo volver a ver el coral entero. Nadó una vez a su alrededor y desapareció detrás de la base. Los pólipos seguían ocupados comiendo. Incluso un día de agua clara podía ser un día de mucho trabajo en el arrecife.

Un aparato de investigación se detuvo a cierta distancia junto a las rocas. Los humanos que lo controlaban desde el barco querían ver los caminos del agua sin tocar las ramas. Mientras tanto, los pequeños invitados buscaban por sí mismos los lugares más tranquilos entre las colonias. Desde una base azul subían ramas verdes y amarillo anaranjado. Un camarón buscó su camino entre ellas. Por un lado, la corriente tiraba con más fuerza. Trepó al otro y descansó bajo una bifurcación. Encima, los pólipos rosados atrapaban pequeñas presas. Así, una misma rama podía ser lugar de trabajo para sus habitantes y escondite para un invitado.

Los humanos habían cerrado una parte del fondo profundo a los aparejos de pesca pesados. Allí las piedras antiguas permanecieron en su sitio. Entre ellas, las larvas de coral encontraron dónde sujetarse, mientras la corriente traía pequeñas presas desde aguas abiertas. Algunos descendientes de la familia tenían ramas azules y pólipos verdes y violetas. Entre dos piedras fue creciendo una de esas colonias. Al principio, un pez pequeño cabía bajo su rama más baja. Más tarde tuvo que nadar por fuera. El arrecife crecía despacio, pero mientras tanto cambiaban muchas cosas para sus habitantes.

Arriba, en los barcos, los humanos solo veían fragmentos del mundo profundo. Sus aparatos de investigación buscaban colonias que quedaran entre las laderas dañadas. Un punto claro en la pantalla les indicaba dónde aún había vida. Muchos cientos de metros por encima del arrecife, el sol estaba sobre el mar. Abajo, ningún rayo alcanzaba al coral rosado. Solo la lámpara de un aparato de investigación hacía visibles sus ramas. Junto a la base había restos hundidos de plantas. Un cangrejo se metió debajo. Cuando el círculo de luz siguió su camino, los pólipos continuaron atrapando alimento de la corriente en el agua oscura.

Las personas buscaban protección frente a las partículas que sus ciudades y barcos habían llevado al mar. Una fina cubierta rodeaba a una pariente amarilla. Aquí abajo no había que ocuparse del sol; la cubierta debía frenar la suciedad y dejar pasar el agua. A la luz de una lámpara, la nueva rama de la familia era toda amarilla. Una cubierta fina y transparente envolvía sus ramas. Algunas partículas resbalaban por fuera; otras llegaban con el agua a las coronas de colores. Los ayudantes revisaban el borde para mantenerlo suficientemente abierto. Dentro, los pólipos esperaban comida mientras fuera pasaba la gran corriente oscura.

Los corales violetas del mar profundo tampoco necesitaban luz del día para comer. Las personas los encontraban a la luz de sus robots submarinos. Cerca había ramas rotas que los equipos de pesca pesados habían arrastrado por el fondo. Una colonia violeta estaba junto a peces más pequeños. Sus pólipos tenían casi el mismo tono que las ramas. Un pez desapareció detrás del tronco y otros dos siguieron su camino. El coral se quedó atrás. Cuando la corriente trajo agua fresca, extendió sus brazos. Llegaron pequeños animales que servían de alimento y la espera había valido la pena.

Un aparato de investigación dirigió su círculo de luz hacia las ramas violetas. Un pez más grande cruzó el haz. Por un instante, su sombra cayó sobre el arrecife antes de que el aparato siguiera sobre el fondo oscuro. El violeta y el azul cubrían las ramas de un coral. En el círculo de luz de un aparato de investigación pasó un pez grande. Su sombra se deslizó sobre el tronco. Uno más pequeño se metió rápido en un hueco. Cuando el visitante se alejó, volvió a salir. Después también siguió su camino la lámpara. Los pólipos atrapaban sus diminutas presas en el agua oscura.

Un barco de investigación se detuvo muy por encima del coral de tres colores. Las personas bajaron instrumentos de medición porque sus emisiones habían cambiado el mar. Abajo, los pólipos seguían con su búsqueda diaria de alimento. Un pez nadó junto a una pariente de colores poco comunes. Era naranja abajo, verde en el centro y rosa arriba. Sus pólipos eran azules. El pez rodeó primero la base y luego la rama superior. Cuando siguió su camino, algunos pólipos habían atrapado alimento. Sus muchos colores no cambiaban que todos necesitaban comer.

Las personas descubrieron la pariente azul verdosa y rosa a la luz de las lámparas de su robot. Cartografiaron el arrecife para que los cables previstos lo rodearan. Poco a poco se formaba arriba un mapa que podía evitar muchas ramas rotas abajo. Una pariente tenía un tronco azul. A la izquierda sus ramas eran rosas y a la derecha verdes, con pólipos amarillos y rojos entre ellas. Un pequeño crustáceo se arrastraba bajo la ramita inferior. Arriba pasaba la corriente. El coral atrapaba alimento. El crustáceo siguió buscando por el fondo hasta que también encontró algo adecuado.

A la luz de las lámparas de un robot submarino, la colonia parecía especialmente colorida. Las personas la registraron en un mapa y mantuvieron alejadas las redes de fondo. Así, los lentos años de su crecimiento podían volver a crear un hábitat grande. El amarillo, el azul, el verde y el rojo estaban en un solo tronco. La colonia de colores pertenecía a la misma gran familia que sus vecinas claras. Un pólipo atrapó alimento en una ramita violeta. En una amarilla todavía esperaba otro. Entonces el agua cambió de dirección. Ahora también llegó algo allí y los brazos se cerraron.

Las personas no observaban el mismo calentamiento en todas partes. A las profundidades también podían llegar corrientes especialmente frías y cambiar de rumbo. Esos cambios seguían siendo difíciles para la familia cuando un nuevo movimiento apenas llevaba comida a sus ramas. Las siguientes ramas eran azul suave en el agua oscura. Sobre ellas había coronas rosas y lavanda. Una corriente fresca pasó junto a la roca trayendo alimento. Los pólipos se abrieron uno a uno, hasta que pequeños tentáculos ondularon por todo el cuerpo. Un pez que pasaba se detuvo un momento y volvió a desaparecer tras las ramas azul claro de la familia.

Al cartografiar el fondo, los humanos ya guiaban sus aparatos con más cuidado alrededor de las ramas vivas. Un roce podía romper ramas que habían tardado mucho en crecer. En cambio, los pequeños animales entre las bifurcaciones tenían que pasar sin chocar con ellas. Unas bandas azules, amarillas y violetas rodeaban las ramas de un coral de muchos colores. Un camarón trepó por ellas. Se detuvo ante una corona de tentáculos extendida y dio media vuelta. Encontró otro camino entre dos bifurcaciones. En el arrecife había mucho espacio para los pequeños visitantes, pero todos debían tener en cuenta a sus habitantes.

En tierra, los humanos buscaban la relación entre su vida y el lejano fondo marino. Unos aparatos de investigación recogían muestras de agua. Abajo, mientras tanto, todo giraba en torno a la siguiente pequeña comida que un cuerpo de coral conectado podía compartir entre sus pólipos. Una colonia turquesa tenía pólipos de muchos colores. Los pequeños animales estaban unidos en un cuerpo común. Lo que uno atrapaba también podía alimentar a sus vecinos. Cuando la corriente pasó junto a una rama superior, allí atraparon alimento unos finos tentáculos. Más abajo se movió un pólipo que no había alcanzado nada en ese momento.

Las emisiones de los humanos habían calentado el mar durante mucho tiempo. Aquel cambio no se quedaba solo en la superficie. Los aparatos de investigación también revisaban en las profundidades el agua de la que las colonias recibían su alimento. Un coral especialmente colorido había crecido durante muchos años. Entre sus ramas rojas, azules y amarillas ya habían encontrado refugio muchos pequeños animales. Ahora llegó un pez nuevo. Todavía no conocía el arrecife y dudó ante la bifurcación. Después se metió dentro. Detrás del tronco ancho, el agua estaba más tranquila de lo que esperaba.

Al borde de una zona protegida, los humanos dejaban intacto el fondo marino. El alimento seguía llegando con el agua abierta. Bajo las ramas conservadas, los camarones encontraban un apoyo momentáneo cuando una corriente más fuerte los llevaba de lado. Un coral anaranjado tenía pólipos verdes. La corriente empujó de lado a un pequeño camarón contra el tronco. Se sujetó un momento y encontró un apoyo más tranquilo entre dos ramas. Después siguió nadando. Detrás quedaron diminutas presas en el agua. Los pólipos abrieron sus finos tentáculos y atraparon lo que podían alcanzar.

Las personas llegaban con lámparas e instrumentos a las rocas profundas. Comprobaban hasta dónde había llegado el agua alterada. Las puntas pálidas seguían visibles bajo la luz mientras desde la oscuridad llegaban más partículas entre los pólipos. Un delicado tono durazno cubría las ramas superiores de una pariente clara. Más abajo, el cuerpo seguía casi blanco. La corriente acariciaba primero las puntas y luego cruzaba las horquillas inferiores. Allí esperaban más pólipos. Un animal diminuto quedó atrapado. Para la familia, esa pequeña captura importaba más que la diferencia entre sus colores pálidos.

Los pólipos oscuros vivían en el mismo mar profundo que sus vecinos de colores. Las personas estudiaban el arrecife con lámparas. Mantenían alejados los equipos de pesca y buscaban sedales perdidos antes de que más animales se enredaran en ellos. En una pariente naranja había pólipos de colores y oscuros unos junto a otros. Un pececito pasó junto a la rama superior y después junto a la inferior. La colonia siguió firmemente anclada al fondo. Cuando el agua trajo presas frescas, se cerraron brazos aquí y allá. Pronto, los animalitos volvían a esperar el siguiente movimiento entre las ramas.

Junto a una antigua huella de arrastre solo quedaban unas cuantas colonias grandes. Los humanos querían proteger aquellos restos en el futuro. Para un pececito, la distancia hasta el siguiente escondite seguía siendo grande cuando tenía que cruzar el fondo descubierto. Un coral rojo tenía pólipos amarillos y puntas azules. Un pez pequeño pasó tan rápido entre sus ramas que levantó la arena de la base. Detrás se detuvo. Nadie lo seguía. Había encontrado un escondite. Después de un rato, el agua se despejó y se atrevió a salir de nuevo.

Las personas encontraron la colonia de colores entre muchos otros corales profundos. Registraron el hábitat con cámaras. Después establecieron un límite para las redes pesadas de fondo, para que aquel lugar que había crecido tan despacio no volviera a sufrir daños. Una pariente tenía colores desde la base hasta las ramas más altas. El amarillo, el verde, el azul y el rosa estaban muy juntos. Un pez desapareció detrás del tronco y volvió a salir por el otro lado. Los pólipos esperaban en el agua. Entonces atraparon alimento en varias ramas a la vez y, durante un rato, toda la colonia estuvo ocupada.

Las emisiones de las ciudades y las fábricas calentaban el mar, y la basura se hundía hasta el fondo. La colorida familia de corales vivía en medio de estos cambios. Las personas recogían los objetos hundidos y, al mismo tiempo, debían causar menos daños nuevos. En el arrecife de la familia, el rojo, el rosa, el amarillo y el azul estaban uno junto a otro. Un coral reunía una cantidad especial de colores. Un pez lo rodeó, pasó entre dos ramas y regresó. Aquí todavía había vida en movimiento. Los pequeños habitantes seguían haciendo lo que necesitaban cada día: comer, crecer y dejarse paso unos a otros.

Los barcos pesqueros ya mantenían la distancia de un trozo de coral conservado. Aun así, las ramas profundas seguían expuestas a los movimientos del agua. Los pequeños habitantes buscaban calma entre las bifurcaciones cuando fuera aumentaba la corriente. En un coral anaranjado, un camarón encontró un espacio libre entre las ramas. Se quedó allí mientras a su alrededor los pólipos de colores atrapaban alimento. Cuando cambió la corriente, sus largas antenas bailaron en el agua. El camarón se metió más dentro de la bifurcación. Allí podía esperar hasta que fuera volviera la calma.

Las personas ya medían también las sustancias que sus aguas residuales y equipos dejaban en el mar. La familia no podía seguir los instrumentos. Se quedaba en su roca y debía vivir con el agua que pasaba por sus ramas naranjas y claras. Arriba del todo, a la derecha, una pariente llevaba una franja naranja. Al lado había una corona del mismo color cálido. Un camarón recorrió la rama, se detuvo ante el pólipo y siguió trepando por el otro lado. La corriente traía partículas finas. Algunas quedaban en los tentáculos; otras pasaban y solo las alcanzaban las siguientes coronas de la familia clara.

Las personas iluminaban el arrecife con sus lámparas solo para observarlo. Con ellas no podían alimentar al coral. Si los cambios en las corrientes traían menos comida, una luz adicional no ayudaba a sus pólipos hambrientos. En una colonia azul intenso había un pólipo rojo entre muchos amarillos. Más abajo, algunos eran turquesas. Cuando pasaban animales diminutos, los brazos se extendían para atraparlos. Nadie necesitaba luz del sol para eso. Aquí abajo, la comida llegaba con el agua. La colonia atrapaba lo que podía alcanzar y dejaba que el resto siguiera con la corriente.

Un instrumento de medición en la roca se quedó más tiempo que una sola visita de investigación. Los humanos también querían comprender los días tranquilos. Abajo, el alimento llegaba unas veces tarde y otras de golpe, mientras el coral conservaba su lugar fijo. Arriba, en un coral claro, había un pólipo rojo. Un pececito pasó muy cerca. El pólipo recogió los tentáculos y esperó. Más abajo, sus vecinos atrapaban alimento. Poco después volvió a abrirse. El agua no tenía un horario fijo. Los pequeños animales debían estar preparados cuando llegara algo comestible.

Unas máquinas habían abierto una franja en el fondo para un nuevo cable submarino. Al lado había quedado arena fina. La corriente la movía despacio entre las piedras, donde pequeños animales buscaban sus caminos. En el centro de un coral muy claro había una franja anaranjada. Un cangrejo joven pasó junto a la base y quedó atrapado en una bifurcación. Con cuidado buscó otro camino. Encima de él se abrieron los pólipos. Se deslizó entre dos piedras mientras la corriente iba cubriendo sus huellas de arena.

Una nueva conducción había provocado una nube de lodo lejos del arrecife. Los humanos cambiaron sus planes, pero las partículas ya estaban en camino. Se hundieron entre rocas donde, más tarde, cada movimiento de agua más fuerte podía volver a mover arena. Unas líneas rojas y estrechas recorrían un coral claro. En la bifurcación de al lado quedó arena fina. Un camarón la rozó con las antenas y retrocedió. Pronto la corriente se hizo más fuerte. Se llevó los granos. Los pólipos pudieron volver a abrirse libremente y el camarón se aventuró con cuidado entre las ramas.

Los humanos recogían restos sueltos de plástico junto al arrecife. Aun así, no era posible construir un camino seguro por el mar para las larvas diminutas. La corriente las llevaba entre huellas antiguas y rocas protegidas hacia nuevos lugares. Junto a un coral de rosa suave y verde flotaban larvas diminutas. Algunas fueron llevadas muy lejos. Una permaneció un momento en un pequeño remolino junto al tronco y después también salió. La familia no podía saber dónde encontrarían sujeción sus descendientes. Pero en las piedras libres esperaba espacio para nuevas pequeñas colonias.

Durante mucho tiempo se habían producido grandes cantidades de gases de escape en tierra. Una parte entró en el mar como dióxido de carbono y cambió el agua. Por eso, los investigadores no solo comprobaban la temperatura, sino también cómo estaban los esqueletos calcáreos. En la bifurcación central de un coral claro había una sección rosa anaranjada. Justo allí quedó prendida una pequeña concha. La corriente la empujó de un lado a otro hasta que giró y cayó al fondo. Un cangrejo salió de su escondite. Para él, la concha era un hallazgo. Para los pólipos, el camino hacia el agua volvía a estar libre.

Los investigadores encontraron solo unas pocas colonias intactas en un antiguo lugar de pesca. Marcaron la zona en sus mapas. Para los pequeños peces del fondo, aquellas bifurcaciones que quedaban ya eran todo el escondite disponible. Una rama anaranjada sobresalía de una colonia clara. Enfrente había puntas azules. Un pececito se metió entre ellas y se quedó en la bifurcación. La corriente tiraba de sus aletas. Retrocedió un poco hasta que el tronco le dio cobijo. El arrecife estaba lleno de lugares estrechos como aquel, que solo servían a los habitantes más pequeños.

Habían retirado un aparejo de pesca perdido de las cercanías del arrecife. Los humanos se llevaron el plástico ajeno al lugar, pero dejaron las piedras y las conchas. Los pequeños habitantes podían seguir utilizando esos escondites naturales. En una colonia clara había una rama lateral de rojo intenso. Justo debajo quedó una concha vacía de caracol. Un cangrejo se acercó, examinó la entrada y desapareció dentro un momento. Después volvió a salir. Era demasiado pequeña. Arriba, los pólipos seguían atrapando alimento mientras él buscaba en el arrecife una casa más adecuada.

Un barco de investigación había descubierto antiguas huellas de pesca alrededor de la roca y los humanos habían protegido la zona. Los pequeños animales buscaban alimento entre las bifurcaciones que quedaban. El fondo descubierto de al lado les ofrecía poco cobijo. Unas finas rayas azules recorrían un cuerpo claro. En las ramas se abrían pólipos rosados. Un pequeño cangrejo caminó junto a la base y se detuvo detrás de la bifurcación. Desde allí observó a un pez que pasaba en aguas abiertas. Solo cuando se fue el gran visitante siguió buscando alimento entre las piedras.

Al borde de una antigua huella de pesca aún había algunos corales. Los humanos bajaban sus aparatos al agua más lejos. Los pequeños visitantes podían quedarse entre las ramas conservadas, mientras las larvas buscaban nuevo fondo con la corriente. Entre ramas amarillas y anaranjadas había pólipos rosados. Abajo, un cangrejo pasó junto a la base y desapareció detrás de una piedra. En aguas abiertas, una larva giraba despacio sobre sí misma. La corriente se la llevó. Muchos animales iban y venían en el arrecife. La familia de corales seguía teniendo aquí su hogar gracias a sus colonias firmemente asentadas.

Una nueva obra en el fondo habría puesto en peligro el arrecife de colores. Las personas cambiaron el plan después de ver las imágenes de su robot submarino. Así, las colonias fijas siguieron en pie en lugar de desaparecer bajo cables y lodo removido. En la mitad superior de una pariente se reunían muchos colores intensos. Abajo seguía clara. Un pececito nadó primero alrededor de la parte de colores y después bajó bajo una rama blanca. Allí se detuvo. El coral extendió sus pólipos. El alimento pasaba por ambas partes cuando la corriente tomaba el camino adecuado.

Las máquinas de una antigua obra llevaban mucho tiempo apagadas. Aun así, la corriente seguía moviendo allí la arena suelta. Cuando llegaban nuevos montones a los corales, los pececitos tenían que buscar otros huecos hasta que el agua volviera a llevárselos. Una colonia anaranjada crecía junto a una piedra. Cuando pasó arena por el arrecife, quedó un pequeño montón detrás de la piedra. Un pez intentó colocarse allí y chocó con el vientre. Nadó más arriba y encontró espacio entre las ramas. El mar cambiaba incluso los escondites conocidos sin mover al coral de su lugar.

Los investigadores habían marcado en sus mapas la última colonia grande de aquella roca. Los equipos pesados debían tomar otro camino. Bajo las ramas, los pequeños animales seguían encontrando espacio, mientras fuera había más fondo descubierto. Un coral amarillo pálido tenía pólipos rosados y algunas puntas azules. En la base, un pequeño cangrejo buscaba un escondite. Entre dos piedras encontró un hueco justo de su anchura. Mientras desaparecía dentro, pasaba alimento flotando junto a las ramas. El coral y su invitado podían utilizar de distintas maneras el mismo lugar.

Los investigadores llevaron instrumentos de medición a una cresta rocosa profunda. Allí querían seguir cómo habían cambiado el agua las emisiones anteriores. Los corales no podían explicar sus colores ni abandonar su lugar. Un coral era rosado abajo, azul en el centro y casi blanco más arriba. Un pececito nadó junto a él. En la bifurcación azul desapareció detrás de una rama. Enseguida volvió a salir por el otro lado. Había encontrado un camino corto. Para un pez más grande, el paso habría sido demasiado estrecho.

Tras el cierre de una antigua zona de pesca, el lodo fino permaneció mucho tiempo en el fondo. Hasta los pequeños habitantes volvían a levantarlo al buscar alimento. Los humanos debían mantener a distancia los nuevos trabajos para que no se añadiera cada vez más. Una sección marrón recorría el centro de un coral claro. Al lado nadaba un pez que buscaba alimento en el fondo. Apartó arena y levantó una pequeña nube. Algunos pólipos se recogieron. Solo cuando el agua volvió a despejarse se abrieron y atraparon sus propias presas, mucho más pequeñas.

Arriba, los grandes barcos pescaban; abajo, los pequeños habitantes buscaban alimento entre las rocas que quedaban. Los humanos ya protegían algunos restos del arrecife. Allí, las colonias y sus invitados podían utilizar de distintas maneras el mismo espacio de agua. Unos puntos azules recorrían un tronco claro. Un pez diminuto nadó junto a él y se detuvo ante un pólipo rojo. Los tentáculos se movieron. El pez retrocedió y buscó su alimento detrás de una piedra. Ambos vivían de lo que traía el mar, pero lo encontraban de maneras distintas.

A la luz de las lámparas, las personas vieron ramas verdes, rosas y azules entre las rocas profundas. Cambiaron la ruta prevista de un cable. Así se conservó el lugar firme donde la colonia podía seguir creciendo despacio. El verde, el rosa y el azul compartían el tronco de una pariente. Algunos pólipos eran muy oscuros y otros claros. Un pez rodeó una vez la colonia y después se detuvo bajo una rama lateral. Cuando llegó alimento, tuvo que volver a salir. Los pólipos lo tenían más fácil: ya esperaban donde el agua pasaba entre sus brazos.

El calor que el mar absorbía arriba no se quedaba solo en la superficie. Las corrientes también llevaban agua alterada a las profundidades. Además, el dióxido de carbono humano cambiaba la química del agua. Ante una pared rocosa oscura y en una ladera profunda recorrida por corrientes esperaban retos distintos. Lo que ayudaba aquí podía servir poco allí. Con el tiempo, las larvas de la familia encontraron distintos lugares en las laderas oscuras. Algunas se quedaron en rocas empinadas; otras crecieron en grietas protegidas. Aquí pasaba comida a menudo; allí, pocas veces. Tras muchas generaciones, las ramas eran diferentes. Unas tenían ramas cortas y firmes; otras, más largas. Nada surgió por un deseo y no todos los lugares nuevos siguieron siendo habitables.

Las personas medían las condiciones del agua junto al coral claro. El dióxido de carbono de sus emisiones llegaba al mar y lo cambiaba. La colonia permanecía en su lugar fijo mientras arriba las personas buscaban formas de reducir las emisiones. Una zona azul estaba más arriba y una mancha rosa en el centro de una pariente clara. Entre ellas, el cuerpo seguía blanco. Un pequeño visitante pasó apretándose por un hueco en el tronco. Arriba pasaba la corriente. Cuando salió por el otro lado, algunos pólipos ya habían atrapado alimento. Otros seguían esperando con sus brazos extendidos.

Al trabajar en el fondo, las personas removían lodo fino. La nube viajaba con el agua hasta alcanzar los pólipos abiertos. Las colonias debían librarse de las partículas y mientras tanto perdían algunas comidas de la corriente. Una fina película de mucosidad cubría las siguientes ramas. Al llegar el lodo, una parte quedaba pegada y luego se alejaba con ella. Eso costaba energía. La colonia esperaba a que pasara la nube y abría sus pólipos con cuidado. A su lado había ramas viejas y gruesas. Ofrecían apoyo, pero también necesitaban agua donde sus esqueletos pudieran mantenerse intactos.

Los barcos pesqueros habían desaparecido de esta parte del mar, pero sus huellas aún tardarían en irse. En los viejos surcos había arena suelta. El movimiento del agua la llevaba una y otra vez hasta las ramas que quedaban. En un cuerpo claro destacaba una rama lateral amarillo anaranjado. Detrás se acumulaban finos granos de arena. Un cangrejo intentó trepar por el montoncito, resbaló hacia atrás y buscó un camino más llano. Mientras tanto, la corriente cambió de dirección. Se llevó algunos granos y abrió un nuevo paso estrecho delante del coral.

Una estación de medición vigilaba el agua entre las rocas profundas. Las personas querían comprender mejor las consecuencias de sus emisiones. Mientras arriba comparaban las cifras, los pólipos azules de las ramas naranjas esperaban comida. En unas ramas de color naranja suave había pólipos azules. Cuando un pez más grande pasó sobre la colonia, hubo un momento de agitación. Un pequeño animal que servía de alimento pasó girando por un lado. El primer pólipo no lo alcanzó y el siguiente lo atrapó. Después el pez se fue. El coral volvió a estar quieto en el agua y esperó al siguiente animalito.

Las personas habían cambiado la comunidad marina con la pesca. Algunos vecinos escaseaban; otros pasaban más a menudo. No todos los visitantes entre las rocas oscuras eran inofensivos; la pariente espinosa compartía su lugar con animales hambrientos. Pequeñas espinas bordeaban una colonia rosa. Un visitante hambriento se acercó, se detuvo ante las puntas y siguió su camino. Entre ellas, los pólipos seguían atrapando comida diminuta. En el arrecife familiar había muchas formas de proteger una rama. Esta llevaba su respuesta en el borde, pero ni la espina más afilada ayudaba contra el agua cálida.

En tierra, las personas seguían quemando grandes cantidades de petróleo y gas. Con el tiempo, una parte del calor adicional llegó también a las aguas profundas. Las personas enviaban instrumentos de medición hacia abajo y buscaban lugares del arrecife que aún fueran adecuados. El azul claro y el amarillo se encontraban en un tronco. Los pólipos rosas estaban repartidos por él. Un pequeño habitante se arrastró entre las ramas inferiores y se detuvo bajo un saliente. Arriba pasaba la corriente. Aquí el refugio y el agua libre estaban muy cerca, y los distintos animales aprovechaban el espacio a su manera.

Las personas cambiaban las zonas de pesca y dejaban residuos en un mar cuyas corrientes también cambiaban. Distintas masas de agua se encontraban junto a la roca profunda. Entre las ramas de distintos colores, los pequeños vecinos debían buscar refugio y los pólipos, comida. Una pariente espinosa se alzaba en la roca, verde claro arriba y verde mar abajo. Puntas marrones dibujaban su borde. Un pequeño visitante las tocó con el hocico y retrocedió. Mientras, los pólipos de ambas mitades atrapaban alimento de la misma corriente. Sus colores eran distintos, pero ninguna corona podía hacer sin más el trabajo de otra. Cada una necesitaba su parte.

Los trabajos humanos en el fondo volvieron a poner arena en el agua. La corriente la llevaba entre las ramas inferiores. Las personas tenían que mantener suficiente distancia del arrecife para que los pólipos no tuvieran que soportar esas nubes constantemente. Unas rayas azules recorrían un tronco claro. Algunos pólipos de más abajo eran amarillentos. Un granito pasó junto a una ramita, hizo una pequeña curva y se hundió hasta el fondo. Allí quedó. Ahora la corriente pasaba más arriba entre las ramas. Con cada cambio de agua llegaban nuevos animalitos que servían de alimento al coral.

Al arrastrar redes pesadas, las personas habían removido el fondo junto al arrecife. La corriente llevaba agua y polvo de lado entre las ramas. No todos los movimientos fuertes del agua eran nuevos, pero los equipos habían añadido suciedad. Una oleada de agua pasó de lado junto a un coral claro. Un pececito tuvo que nadar con fuerza para mantener su sitio. Al final cedió y se dejó llevar un trecho. El coral seguía firme en el fondo. Cuando el agua se calmó, el pez buscó detrás de sus ramas inferiores un lugar mejor donde esperar.

Las personas dejaban sustancias disueltas y partículas pequeñas en el mar, mientras la corriente no llevaba igual cantidad de comida a todas partes. Los pólipos de una colonia seguían conectados. Aun así, la corriente de alimento debía llegar regularmente hasta la última rama. Líneas rojas seguían las ramas verde turquesa de una pariente. Debajo estaban los pequeños caminos por los que los pólipos compartían alimento. Cuando algo quedaba atrapado delante, no llegaba todo de inmediato a la última punta. La familia necesitaba tiempo. Mientras la corriente seguía, se abrían poco a poco también las coronas del otro lado.

Al extraer materiales y construir en el mar, las personas habían removido mucho fondo. Las partículas se depositaban en otros lugares. Una roca firme sostenía a la familia, pero con cada nube nueva los pólipos debían interrumpir su pesca y reanudarla después. Una pariente clara se alzaba sobre una roca oscura. Líneas finas azules, rojas y verdes recorrían sus ramas. Abajo, un pequeño vecino pasó junto a la base y levantó arena. Los pólipos ocres se retrajeron un momento. Cuando el agua volvió a aclararse, buscaron comida de nuevo, mientras la roca mantenía tranquila a toda la colonia en su sitio.

Los barcos y las fábricas habían contribuido al calentamiento con sus emisiones. El calor no se repartía por igual en todas partes. Por eso, las personas bajaban instrumentos de medición al borde del arrecife profundo y observaban el agua durante muchos años. En el arrecife también crecía una pariente de color naranja suave con muchos pólipos de colores. Permanecía firme mientras un trocito de hoja pasaba a la deriva. El trocito era demasiado grande para comerlo. Se quedó enganchado un momento en una rama y luego se soltó. Los pólipos atrapaban los animales mucho más pequeños que llegaban en la misma corriente.

Las personas medían la temperatura y el movimiento del agua al borde del arrecife profundo. Sus emisiones habían cambiado las condiciones del mar. Desde el barco seguían cuándo llegaba alimento entre las ramas amarillas. Una pariente amarilla tenía pólipos azules y rosas. Cuando el agua corría con más fuerza, pequeños animales que servían de alimento rozaban las ramas exteriores. Al interior llegaba menos. Un pez pasó nadando y volvió a desaparecer. Los pólipos siguieron esperando. Después de un rato, la corriente cambió de dirección y entonces llegó también al otro lado.

Durante muchos años, las emisiones humanas cambiaron el calor del mar. Por eso, un barco investigaba el agua alrededor de esta colonia rosa. Las personas observaban cuándo llevaba la corriente agua fresca y alimento entre sus ramas. Una pariente rosa tenía pólipos azules por todos lados. El agua pasaba unas veces más rápido y otras más despacio. Un pececito esperaba detrás del tronco. Cuando llegó alimento, salió disparado. El coral seguía tranquilo en su lugar. Sus brazos solo alcanzaban lo que pasaba lo bastante cerca de los pólipos azules.

Las personas cambiaban el calor y las sustancias del mar. Entre las corrientes profundas había pausas más largas en las que escaseaba el alimento. La familia ramificada dependía de sus conexiones internas y del siguiente golpe de agua exterior. En la siguiente roca se alzaban ramas naranja dorado. Finas líneas rojas y azules las recorrían. En esta familia se habían ramificado caminos internos por los que el alimento pasaba de un pólipo a otro. Pero ninguno podía compartir a cualquier distancia. Cuando una rama trasera atrapó poco, la colonia esperó el siguiente golpe de agua que alcanzara también esas coronas.

El calentamiento causado por las emisiones humanas había cambiado el mar en muchos lugares. Las personas seguían los caminos del agua con instrumentos de medición. Todas las ramas de distintos colores estaban en la oscuridad y recibían su alimento de la corriente. En el arrecife de la familia había corales con zonas rosas, azules y naranjas. En uno, esos colores se reunían en el mismo tronco. El agua llevó un animalito que servía de alimento junto a una rama. Otro pólipo lo atrapó. Aunque las ramitas parecían diferentes, sus muchos habitantes pequeños estaban conectados y alimentaban a la misma colonia.

Solo las lámparas de un robot submarino mostraban los colores del coral rojo. Los rayos del sol no llegaban a este lugar. Las personas habían bajado para ver qué partes del arrecife había dañado su pesca. Una pariente roja tenía pólipos claros. En el agua oscura, sus colores solo podían verse cuando los alcanzaba un haz de luz. No necesitaba esa luz para comer. Sus brazos esperaban a los animales pequeños. Un poco más allá, la corriente era más fuerte. Allí también vivían descendientes de la familia, cada uno en su propio lugar fijo.

Entre las rocas flotaban hilos finos de residuos humanos. Algunas colonias también tenían sus propios hilos protectores imaginarios. Los ayudantes debían mirar bien qué pertenecía a la familia y qué solo bloqueaba el paso del alimento y del agua. Hilos de arcoíris rodeaban a la siguiente pariente. Pasaban sobre ramas doradas y claras y se movían con cada golpe de agua. Un pólipo quedó oculto un instante. Luego un hilo se dobló a un lado y reapareció su corona. La corriente se llevó algunas partículas sueltas. Los pequeños ayudantes tuvieron que soltar con cuidado las demás del entramado.

Con el tiempo, una red perdida se fue deshaciendo en hilos cada vez más finos. Los humanos ya no podían volver a encontrarlos todos. Algunos flotaban por las profundidades, donde los corales buscaban algo comestible en el agua. Entre los pólipos claros de un coral anaranjado había unos pocos azules. Un hilo fino pasó flotando por la bifurcación. Tocó una rama, se deslizó por ella y volvió a soltarse. Poco después llegó una pequeña presa. Esta vez los tentáculos la atraparon. No todo lo que traía el agua se podía comer.

Las personas no controlaban las rutas de las corrientes, aunque cambiaban el mundo de arriba. Algunas rocas profundas recibían alimento de forma irregular. Entre las ramas, los hilos dibujados se movían con el agua; no sustituían un suministro fiable. Unas cintas finas se movían junto a una pariente verde menta. Al llegar el agua, oscilaban y rozaban las coronas de colores. Abajo había pequeñas formas de arrecife en la arena. Un pez las rodeó antes de meterse entre las ramas. La corriente se dividió en la base, giró un momento y retomó su camino por el arrecife familiar.

Las personas midieron durante mucho tiempo la corriente del arrecife oscuro. Sus emisiones cambiaban el clima y, con él, las condiciones del mar. El coral rosa seguía necesitando agua que llevara alimento entre sus ramas. El agua alrededor de una colonia rosa parecía azul. Un pececito se deslizó junto al tronco y desapareció hacia arriba. Abajo, los pólipos seguían con su trabajo. De vez en cuando les llegaba alimento. Entre una comida y otra apenas se veía movimiento. Estas horas tranquilas también formaban parte de la larga vida del arrecife de la familia.

Por encima del arrecife, las personas estudiaban qué alimento se hundía hasta el fondo. Sus emisiones también habían cambiado la parte alta del mar. Entre las ramas amarillas, los pólipos seguían esperando animales pequeños y partículas comestibles. Una pariente amarilla tenía pólipos azules. Abajo, en el fondo, había surcos finos. Un animalito se arrastró por ellos hasta desaparecer detrás del tronco. Más arriba atrapaban alimento. El arrecife tenía muchos niveles: fondo, base, ramas y agua libre. En todas partes encontraban sitio habitantes diferentes, si les quedaban suficiente alimento y espacio.

Las personas habían llevado residuos finos y nubes de sedimento al agua. Alrededor de algunas colonias surgieron filtros de raíces imaginarios que atrapaban partículas. Filtrar no bastaba para enriquecer el agua con oxígeno; la corriente fresca aún debía llegar a la familia profunda. Bajo una pariente clara se extendían filtros parecidos a raíces. Formaban parte de un nuevo sistema protector en la base. A su lado subían burbujas naranjas mientras el agua pasaba por finas aberturas. Arriba, los pólipos aún debían buscar comida. Un pequeño vecino cruzó el borde y la corriente se dividió alrededor de ambos antes de reunirse entre las ramas.

Las personas querían comprender cómo pasaban el agua y el alimento por el arrecife. Colocaron instrumentos de medición cerca de los pólipos rojos. Como sus intervenciones podían cambiar el fondo, ni siquiera la propia observación debía dañar las ramas. El agua giraba en pequeños círculos junto a una colonia clara. Sus pólipos rojos estaban en medio. Un animal que servía de alimento trazó una curva, rozó un brazo y quedó sujeto. Otros siguieron a la deriva hasta que el movimiento volvió a cambiar. El coral no podía decidir el camino de la corriente. Tenía que aprovechar lo que pasara lo bastante cerca.

Las emisiones humanas habían calentado el mar y algunos lugares del arrecife profundo habían dejado de ser adecuados. Un coral que enfriaba el agua formaba parte del rescate inventado. Las personas medían la pequeña zona donde actuaba y tenían que seguir reduciendo las causas del calentamiento. Donde otros corales ya no podían vivir, crecían descendientes con una capacidad especial. Enfriaban el agua alrededor de sus ramas. Pronto llegó un pececito. Más tarde encontraron sitio otros animales. Una colonia amarilla y rosa estaba en medio de este vecindario nuevo. Su enfriamiento también ayudaba a otros, pero solo podía alcanzar una pequeña parte del mar.

Arriba, en una costa lejana, los humanos habían dañado bosques de algas. Los trozos arrancados se hundían a través de muchas capas de agua. Uno llegó hasta el arrecife frío y quedó atrapado entre las ramas. Una colonia tenía naranja y amarillo en el centro, y azul y violeta en las ramas exteriores. Un día, la corriente empujó un trozo de alga entre sus ramitas. Un pez tiró de él hasta soltarlo. La hoja siguió flotando. Detrás, los pequeños pólipos volvieron a tener libre acceso al agua.

El calentamiento y los cambios de corrientes dificultaban la llegada de agua fresca. Las personas medían también el oxígeno abajo. El resplandor verde de fantasía hacía visible la dificultad, pero no la resolvía; la familia aún necesitaba agua con oxígeno para respirar. Pequeñas burbujas verdes brillaban alrededor de una pariente clara. Rayos amarillos dibujaban un resplandor entre las ramas. En este rincón del futuro también brillaban diminutos compañeros de hogar. Pero la luz sola no ayudaba a respirar a la familia. Debía llegar agua fresca. Cuando volvió por fin la corriente, los finos tentáculos se movieron otra vez y el resplandor bailó alrededor de sus coronas abiertas.

Un aparato en el fondo medía el movimiento del agua junto al arrecife. Los humanos querían planificar conducciones y lugares de pesca a mayor distancia. Abajo, cada concha de caracol que rodaba revelaba con cuánta fuerza pasaba la corriente entre las rocas. El agua pasaba a ambos lados de un coral claro. Traía alimento y sacudía todo lo que no estaba sujeto. Una concha vacía de caracol rodó por el fondo. Se quedó detrás del tronco. Un pequeño cangrejo examinó el hallazgo mientras, encima, los pólipos extendían sus tentáculos hacia la corriente más tranquila.

Unos investigadores siguieron con instrumentos por dónde corría el agua sobre la cresta rocosa. Los humanos habían mantenido alejados los aparejos de pesca. Ahora quedaban en pie ramas altas entre las que un pececito podía protegerse de los impulsos de agua especialmente fuertes. Bajo una bifurcación azul esperaba un pez pequeño. Encima, unos pólipos rosados extendían los tentáculos. Primero el agua corría desde la izquierda y después desde la derecha. Cada vez, el pez se colocaba en el lado más tranquilo. El coral no podía cambiar de sitio. Sus ramas alcanzaban el agua desde varias direcciones.

Las personas encontraron el coral azul y rosa muy por debajo de la superficie. Allí midieron el agua que sus emisiones habían cambiado. Al mismo tiempo, mantuvieron alejados los equipos de pesca pesados para que su hogar fijo quedara sin daños. Una pariente era azul arriba y rosa abajo. Un pez nadó desde su base hasta la rama más alta y después desapareció en el agua libre. La colonia se quedó atrás. Sus pólipos esperaban en ambas partes del cuerpo. Cuando llegó alimento, lo atraparon arriba y abajo. Los muchos animalitos formaban un conjunto, aunque sus ramas parecieran distintas.

Las personas probaban nuevas cubiertas y reservas porque la temperatura y la calidad del agua seguían siendo poco fiables. Las pequeñas burbujas eran una de sus ideas inusuales. Aun así, debía llegar agua fresca abajo antes de agotarse la comida en los espacios protegidos. Sobre una pariente clara flotaban burbujas rojas y junto a su base, azules. Un pececito empujó una y la siguió hacia arriba. La colonia permaneció en el fondo atrapando alimento de la corriente. En los espacios protegidos de la familia había muchas cosas extrañas. Pero los pólipos solo se saciaban cuando sus tentáculos atrapaban una comida diminuta del agua.

Un instrumento en el fondo registraba cómo cambiaba el movimiento del agua. Los humanos podían leer después las cifras. Los pequeños animales sentían aquel mismo cambio al instante: detrás de un tronco había más calma que al lado. La corriente recorrió un coral azul plateado y sus pólipos anaranjados. Detrás del tronco se formó un pequeño espacio tranquilo. Allí se detuvo un camarón. Movía las antenas como si comprobara el agua. Luego nadó con cuidado alrededor de la bifurcación. Justo después, la corriente ya tiraba otra vez con más fuerza.

Un barco de investigación dejó placas e instrumentos de medición junto a un trozo de arrecife protegido. Los humanos querían descubrir dónde se fijaban las nuevas larvas. Para las crías contaban las piedras firmes y el agua que traía alimento. Un coral era rojo en la base y, más arriba, naranja y amarillo. Una larva quedó prendida en una piedra a su lado. La corriente tiraba de ella, pero la piedra ofrecía sujeción. El pequeño animal se convirtió en un pólipo. Mucho antes de poder tener ramas propias, la familia ya tenía allí un nuevo miembro.

Los gases y las aguas residuales humanos cambiaban el agua que mucho después recorría las laderas profundas. Aquí también la familia debía vivir con lo que llegaba de fuera. La corriente repartía su carga entre todos los pólipos abiertos. Una pariente tenía menta arriba y rosa abajo. La corriente venía de la izquierda, rozaba primero las ramas altas y luego bajaba hacia la base. Allí esperaban más pólipos. Una partícula quedaba atrapada; otra seguía de largo. Así, el mar nunca repartía las comidas por igual. La familia atrapaba lo que alcanzaba y esperaba la siguiente corriente.

Las personas habían cargado el mar con cada vez más sustancias. La corriente las llevaba por ramas y grietas. Un flujo protector podía retirar partículas sueltas, pero así no desaparecían las sustancias disueltas; sus causas debían cambiar más arriba. Líneas naranjas serpenteaban por las ramas claras de una pariente. Un fino flujo de agua retiraba partículas sueltas. Algunas se juntaban en la base color menta hasta que pequeños ayudantes las quitaban. Los pólipos no esperaban todos el mismo tiempo. A unos les llegaba agua clara antes; a otros, después. Cuando quedó libre la última rama, varias coronas delanteras ya habían atrapado su comida.

Los investigadores colocaban mapas de las antiguas huellas de pesca junto a imágenes nuevas. En algunas superficies aún faltaban las ramas altas. Entre los corales conservados, la corriente seguía llena de pequeños caminos por los que llegaban alimento y trozos sueltos de conchas. El rojo y el azul estaban muy juntos en este coral. El agua rodeó sus ramas y levantó un pequeño trozo de concha en la base. Chocó con un golpecito contra la piedra y quedó quieto. Un cangrejo salió, lo palpó y siguió adelante. Encima, la colonia atrapaba alimento sin abandonar su lugar fijo.

Los humanos ahora instalaban nuevas conducciones rodeando el arrecife conocido. Así, su base firme quedaba intacta. La corriente seguía pasando entre las ramas y traía alimento, mientras los pequeños peces encontraban calma detrás de los troncos. La base de un coral azul claro estaba bien sujeta al fondo. Cuando la corriente aumentó, un pececito se lanzó detrás del tronco. Arriba, los pólipos anaranjados sobresalían libremente en el agua. Unos recogían los tentáculos; otros atrapaban alimento. El pez esperó. Después se dejó empujar con cuidado hasta la siguiente piedra.

Las personas examinaban con lámparas una colonia clara con marcas azules. Cerca flotaban fibras y partículas de residuos humanos. Con el siguiente golpe de agua, una rama limpia podía volver a recibir algo perdido muy arriba. Marcas azul oscuro recorrían las ramas bajas de una pariente clara. Al lado, la corriente arrastraba hilos sueltos. Un pequeño vecino se detuvo entre dos coronas y luego buscó otro camino. La familia mantuvo su lugar en la roca. Cuando el agua volvió a fluir más libremente, varios pólipos se abrieron, también donde las marcas azules cruzaban el cuerpo.

Una red pesada había dejado una ancha huella cerca del arrecife. Allí faltaban las ramas altas. Por eso, los pequeños animales buscaban refugio junto a las colonias que seguían en pie entre rocas intactas. Sobre el fondo marrón había un coral rojo con pólipos amarillos. Un cangrejo apartó un grano de arena y desapareció bajo su base. Cuando llegó una corriente más fuerte, se quedó allí. Arriba, el agua alcanzaba las ramas. Los pólipos atrapaban alimento mientras abajo, detrás del tronco, todo seguía mucho más tranquilo.

Unos investigadores colocaron pequeños aparatos en la corriente sin tocar los corales. Así vieron que no todas las rocas recibían la misma cantidad de alimento. Una larva también tenía que encontrar un lugar por donde pasara agua. Azul en la base, rojo en el centro, verde y amarillo más arriba: así era otra rama de la familia. Una larva pasó flotando muy cerca de sus ramas. Era tan pequeña que ningún pez la vio. La corriente la llevó hasta una piedra libre. Allí se sujetó y comenzó una nueva vida.

Un barco de investigación había colocado aparatos alrededor de la cresta rocosa. Mostraban con qué irregularidad llegaba la corriente al arrecife. Los humanos querían planificar los futuros trabajos del fondo de modo que los caminos del agua quedaran abiertos. El agua recorría largos caminos alrededor de un coral rojo. Un pececito intentó nadar en contra. Apenas avanzaba y se desvió detrás del tronco. Allí podía descansar. Encima, los pólipos de colores se extendían hacia la corriente. Atrapaban alimento en un lugar donde al pez le costaba permanecer.

Las personas no habían encontrado una solución común para todos los arrecifes profundos. En unos lugares ayudaban las cubiertas y los aparatos que movían el agua; en otros, nuevos residuos volvían a estorbar enseguida. Por eso seguía siendo importante que la corriente alcanzara los delicados pólipos entre las ramas de colores. La siguiente pariente era un mosaico de retazos. Rosa, rojo, verde y amarillo se encontraban en sus horquillas. Por un lado corría un pequeño flujo que retiraba partículas sueltas. Un pólipo desapareció un momento tras el velo azul y reapareció. La familia no necesitaba un solo color mientras llegaran suficiente agua y comida entre sus muchas ramas.

Donde las personas mantenían alejadas las redes de fondo, las ramas verdes podían seguir en pie. Los instrumentos de medición también seguían el alimento y las condiciones del agua. Entre las rocas profundas debía conservarse un hogar donde los descendientes pudieran crecer durante mucho tiempo. Una pariente verde turquesa tenía pólipos azules hasta en sus ramas exteriores. Cuando el agua corría con más fuerza, el alimento llegaba primero a las puntas expuestas. Más adentro, los animalitos tenían que esperar. Después cambió la dirección del movimiento. Ahora también atrapaban algo detrás del tronco. El coral fijo aprovechaba el lugar donde había crecido.

Por encima del arrecife, unos aparejos de pesca pesados habían levantado arena. La nube llegó a las profundidades más tarde. Entre dos de esas oleadas volvió a pasar por las ramas agua más despejada con pequeñas presas. Más lejos crecía un coral de azul intenso. Sus pólipos de colores sobresalían hacia todos lados. Un remolino arrastró arena y los pequeños animales recogieron los tentáculos. Cuando se calmó, volvieron a extenderlos. Poco después llegó alimento. La familia vivía entre la espera y el momento de atrapar la comida.

Las personas instalaron pequeñas tuberías y aparatos para mover agua en algunos arrecifes profundos. Solo podían ayudar localmente. Mientras funcionaban seguían llegando sustancias del mar habitado; los ayudantes debían comprobar que la corriente alcanzara realmente los pólipos. Un fino flujo rodeaba a una pariente verde pálido. Un pequeño aparato arriba lo mantenía en movimiento. Las coronas rosas quedaban protegidas detrás sin separarse del todo del mar. Un ayudante revisó la tubería y apartó una partícula atascada. El agua volvió a alcanzar todo el borde, hasta que también los pólipos de abajo abrieron sus tentáculos.

Las personas habían cambiado el clima y el agua ya no repartía el calor y el alimento exactamente como antes. Ahora había instrumentos de medición entre las rocas profundas. Desde un barco, los investigadores observaron los cambios durante muchos años. Las parientes violetas y azules también formaban parte de la familia. Una colonia tenía colores especialmente intensos arriba y abajo. Cuando la corriente cambió de dirección, el alimento llegó por el otro lado. Ahora los animalitos alcanzaban primero a otros pólipos. El tronco seguía firme en el fondo. Solo el agua había cambiado su camino entre las ramas.

Surgían nuevas molestias en el fondo. Donde las personas extraían material o arrastraban equipos pesados, subían nubes de lodo. La familia debía proteger sus delicados pólipos y alcanzar comida a la vez. Sobre sus ramas no brillaba el sol. Sus techos y cubiertas inusuales eran ideas para vivir en el agua oscura. Un velo suave se movía junto a una pariente clara. Sus hilos finos retenían algunas partículas removidas. Las personas habían fijado la protección a la roca profunda y la revisaban regularmente. Un pececito se refugiaba entre el velo y las ramas. Los pólipos esperaban a que volviera a pasar alimento por la corriente frenada. Cuando el entramado se llenaba, había que vaciarlo.

Un sedal se había enredado en la base oscura del coral. Las personas tenían que soltarlo con cuidado usando un brazo con pinza. Si solo tiraban, podían romper el tronco aunque quisieran ayudar. Una pariente tenía la base oscura y la punta de una rama también oscura. El resto de su cuerpo era claro. Junto a sus pólipos pasaban pequeños animales que servían de alimento. Abajo, la corriente empujaba arena sobre el fondo. Un granito se quedó un momento junto al tronco y después siguió a la deriva. El coral se mantenía firme y esperaba la siguiente comida.

El lodo de los trabajos humanos del fondo viajaba en una nube. Un fino entramado verde debía proteger algunas colonias. En la oscuridad era un filtro imaginario, no una planta de hierba marina; las partículas recogidas debían retirarse del refugio. Un velo verde en forma de abanico rodeaba a una pariente clara. Sus hilos finos se doblaban con el agua y volvían a erguirse. Algunas partículas quedaban atrapadas. Pequeños ayudantes debían llevárselas para que el velo no pesara demasiado. Detrás, la corriente llegaba a los pólipos en golpes menores. La familia esperaba pacientemente entre un movimiento y el siguiente.

Durante unos trabajos en el fondo, las personas habían levantado suciedad. Las partículas que se hundían amenazaban a los pólipos abiertos. Ahora unos ayudantes intentaban atrapar parte de ellas sin bloquear también la corriente que llevaba alimento. Un robot submarino extendió una sábana grande sobre una pariente clara. Debía recoger la suciedad que caía. Las personas incluso habían pensado en protección solar, aunque ningún rayo de sol llegaba hasta aquí. Una capa especial cubría el cuerpo y unos apéndices largos lo sujetaban abajo. El robot dejó abiertos los lados. Entre las ramas tenía que poder seguir pasando agua con alimento.

Los trabajos del fondo habían dejado partículas sueltas que viajaban con el agua. El abanico verde ofrecía protección imaginaria contra esas nubes. No era hierba marina que necesitara luz y tuviera que crecer en el hogar oscuro de la familia. A la derecha de una pariente de colores había un gran abanico verde de filamentos finos. Cuando el agua llegaba con más fuerza, se doblaba y volvía a erguirse lentamente. Un pececito se escondía detrás. Entre el abanico y las ramas, el movimiento era más tranquilo. Allí los pólipos atrapaban alimento mientras fuera pasaban partículas veloces y los filamentos volvían a inclinarse.

Las cuerdas de plástico y otros residuos humanos soltaban fibras finas al agua. Algunas quedaban en el arrecife. Por eso había que cuidar el entramado protector imaginario; un filtro lleno podía dificultar el acceso al alimento tanto como la propia basura. Hilos azules y verdes rodeaban a una pariente de coronas violetas. Atrapaban muchas cosas que habrían llegado a las ramas. Pero la red debía estar limpia. Pequeños ayudantes sacaban partículas y se las llevaban. Solo entonces volvía a pasar suficiente agua. La familia esperaba tras los hilos y abría lentamente sus pólipos.

La pesca había vuelto a levantar lodo del fondo. Por eso, las personas dejaron más distancia entre sus rutas de pesca y el arrecife profundo. Las rayas oscuras de las ramas no eran una protección segura frente a los equipos pesados. Unas rayas oscuras rodeaban algunas ramas de una pariente clara. Un pececito se detuvo delante y después nadó por arriba a su alrededor. Los pólipos seguían extendiéndose hacia el agua. Abajo, una larva se posó en una piedra. Allí se quedó. Mientras el pez seguía su camino, junto a las rayas oscuras empezaba un nuevo capítulo de la historia de la familia.

Finas fibras de plástico de cuerdas y residuos flotaban muy por debajo de los barcos. Las personas construían e inventaban filtros para las colonias amenazadas. Necesitaban cuidados; si juntaban demasiadas partículas, la protección se volvía un obstáculo para el alimento. Un entramado suelto de hilos azules y verdes rodeaba a una pariente clara. Se movía con el agua y recogía partículas sueltas. Pequeños ayudantes volvían a despejar los huecos. Detrás quedaba sitio para los pólipos que buscaban su comida. La corriente se desviaba por el entramado, pero no podía faltar del todo si la familia quería seguir viviendo allí.

Se iba a tender un cable nuevo por el fondo. Primero, las personas enviaron un robot submarino y descubrieron el coral con la banda oscura. La ruta del cable tenía que guardar distancia para no dañar su hogar fijo. Una zona oscura rodeaba la parte baja del tronco de una pariente clara. Debajo, la base era rosa y por encima había pólipos claros. Un pececito pasó nadando y desapareció detrás de una piedra. El coral se quedó atrás. Con la siguiente corriente, sus brazos se abrieron más. Aquí también, la comida diaria llegaba con la corriente.

Los barcos y las aguas residuales habían repartido pequeñas partículas de plástico hasta el agua profunda. Las personas buscaban filtros y nuevas ideas protectoras. Algunas parecían protección solar, aunque los corales de abajo vivían a oscuras y necesitaban protegerse de la suciedad. En las profundidades, una pariente amarilla se alzaba sobre suelo gris firme. Pequeños ayudantes recogían partículas de su superficie. Bajo una fina protección, los pólipos seguían abiertos. Una lámpara mostraba dónde quedaba basura atrapada. Las personas se llevaban los trozos recogidos. Solo así había sitio para la siguiente carga que la corriente traía sin invitación hasta las ramas.

Durante mucho tiempo, el plástico del mar se había roto en trozos cada vez menores. Las personas podían recoger los grandes; los diminutos eran más difíciles de encontrar. Las corrientes los llevaban hasta los pólipos hambrientos del arrecife oscuro. Entre las ramas flotaban partículas diminutas de plástico. En algunas zonas había pequeñas cápsulas que, en esta historia del futuro, podían descomponer basura. Pero los pólipos debían seguir comiendo; el trabajo de sus ayudantes costaba energía. Donde llegaban demasiadas partículas, se cerraban los tentáculos. Entonces la familia esperaba una corriente más clara antes de continuar su difícil vida diaria.

Con sus emisiones, las personas habían añadido cada vez más dióxido de carbono al agua. Eso causaba problemas a los esqueletos calcáreos. En la historia del futuro, los ayudantes buscaban capas protectoras; un resplandor de colores por sí solo no podía revertir la química alterada del agua. Un velo brillante rodeaba a una pariente clara. La familia la llamaba Corallus colorius porque sus coronas de colores apenas parecían quietas bajo el resplandor. Una sustancia gelatinosa espesa protegía zonas delicadas del tronco. Pero debía llegar agua buena. Al llegar la corriente, cruzó el velo como una cinta fresca y los pólipos buscaron su carga.

En esta ladera también habían dejado huellas los equipos de pesca. Las personas querían ayudar a los corales, pero una buena idea para tierra no siempre ayudaba en las profundidades. Arriba, a bordo, pensaron y probaron durante mucho tiempo. Incluso enviaron una sombrilla de rayas a las profundidades. Aquí abajo no había rayos de sol. Habían traído todo lo que se les había ocurrido para proteger. Un robot colocó el poste junto al coral. Bajo aquel techo extraño, el agua podía seguir pasando libremente entre las ramas. Un pez nadó por allí mientras arriba las personas seguían pensando en mejores ayudas.

Desde las ciudades y barcos humanos llegaban muchas sustancias distintas al mar. Algunas se disolvían; otras seguían flotando como partículas. Una cubierta adicional debía proteger a la colonia y dejar pasar agua y comida a sus pólipos. Una membrana verde rodeaba a una pariente clara. Algunas partículas quedaban fuera; otras entraban con el agua. Los pólipos extendían sus tentáculos hacia ellas. La protección no debía hacerse demasiado densa. Cuando se acumulaba suciedad en el borde, un ayudante debía retirarla para que la familia siguiera conectada al mar.

Las personas solo veían los pólipos oscuros a la luz de su robot. Los rayos del sol no llegaban a su hogar. El peligro venía aquí, por ejemplo, de los equipos de pesca pesados y del agua alterada, no de un sol caliente sobre las ramas. En el centro naranja de una pariente clara había varios pólipos muy oscuros. A su lado se veían uno amarillo y otro rosa y amarillo. Un pececito pasó tan despacio que parecía examinar cada rama. Después siguió su camino. Detrás de él, un pólipo oscuro atrapó alimento mientras los demás aún esperaban en el agua.

La suciedad de las aguas residuales humanas y las finas nubes de sedimento se alternaban en el arrecife. Los ayudantes buscaban cubiertas adicionales para los animales delicados. El manto rojo era una de esas ideas del futuro; la comida y el agua fresca aún debían pasar. Una pariente verde llevaba un manto rojo. Seguía cada horquilla, pero dejaba libres las coronas de colores. Debajo, la familia parecía estar bajo una segunda piel. Un animalito tanteó el borde y desapareció otra vez en el agua. El manto no convertía a la colonia en otro habitante. También necesitaba la corriente y cada día la recibía con tentáculos abiertos.

En las profundidades oscuras se acumulaba lo que las personas perdían o tiraban desde arriba. Los ayudantes incluso pusieron un gran paraguas a la familia. Esa idea podía desviar trozos que caían, pero no impedir el calentamiento ni las sustancias disueltas. Un gran paraguas azul cubría a una pariente en el fondo profundo. Las personas habían anclado bien su palo. Cuando caían partículas sueltas desde arriba, algunas resbalaban por el techo. El paraguas no servía contra el calor de toda el agua. La colonia no conocía ni sol ni lluvia. Aun así, sus ayudantes llamaban así al techo, como si estuviera en una playa.

Las personas habían calentado el mundo durante mucho tiempo. Las corrientes más cálidas también llegaban abajo. Ahora los ayudantes buscaban cómo salvar a la familia y hasta bajaban sombrillas, aunque aquí no brillaba el sol. En las profundidades, la familia había recibido un techo extraño. Sobre las ramas había pequeñas sombrillas, aunque allí no había sol. Debajo giraban aparatos que movían agua. Los ayudantes limpiaban la cubierta y en la base esperaba comida. «Despacio, uno por uno», murmuró la colonia al abrir sus pólipos. Incluso bajo aquel techo tan raro, todos debían recibir algo de comer.

Durante unos trabajos, un barco había desprendido mucho lodo del fondo. El lodo llegó a la deriva hasta los corales. Ahora las personas soñaban con pequeños techos protectores, aunque aquí abajo no brillaba el sol y los pólipos necesitaban agua libre. Sobre algunas parientes ya había pequeños paraguas. Una colonia clara tenía tantos que casi ninguna rama se quedaba sin techo. Un pez nadó entre sus varillas. Los pólipos amarillentos se extendían hacia el agua bajo los paraguas. Su familia había creado nuevos refugios, pero el alimento tenía que seguir llegando desde afuera.

Las personas buscaban ayuda contra el agua profunda calentada y pensaban en días calurosos en tierra. Así llegaron una sombrilla, unas gafas y una crema a la fantasía de rescate. Abajo, la familia necesitaba agua más fresca en vez de protección contra quemaduras solares. En el agua profunda y oscura, una pariente recibió todo un equipo de playa. Había una sombrilla, gafas y un tubo de crema; al lado giraba un aparato para mover agua. Las personas habían traído sus objetos conocidos. La familia necesitaba sobre todo agua más fresca y en movimiento. Algunos pólipos seguían abiertos en una cuevita mientras fuera los ayudantes colocaban sus aparatos extraños.

Las personas llevaban sus imágenes de la vida terrestre a las profundidades. Allí un sombrero y unas gafas de sol resultaban extraños, pues no llegaba luz solar. Pero el agua calentada seguía siendo peligrosa y las ayudas de refrigeración bien cuidadas podían servir localmente. Una pariente recibió un sombrero. También llegaron gafas oscuras, un ventilador de mano, un tubo y una botella. Las personas los colocaron alrededor de la colonia aunque allí no brillaba el sol. La familia tampoco tenía nariz para las gafas. Pero el pequeño aparato movía agua y los pólipos buscaban la comida que pasaba entre los objetos extraños.

La basura de las ciudades y los barcos llegaba hasta el arrecife oscuro. Las personas intentaban atraparla antes de que alcanzara a los sensibles pólipos. Un robot submarino bajaba material y más tarde se llevaba los recolectores llenos. Arriba, a bordo, las personas cultivaban largas cintas de algas a la luz del día. Más tarde, un robot submarino las colocaba como recolectores de basura en el borde del arrecife profundo. Aquí abajo no podían seguir creciendo. Cuando se acumulaba basura entre ellas, un brazo con pinza volvía a recoger las cintas. Detrás, el coral rosa seguía atrapando alimento. La protección necesitaba cuidados y recambios.

Las personas diseñaron incluso un velo reflectante para corales muy por debajo de la luz solar. En la oscuridad profunda era una fantasía de rescate inusual. La comida y el oxígeno aún debían llegar con el agua; un brillo plateado no podía producir ninguno. Sobre una pariente flotaban diminutos compañeros plateados. Al pasar una lámpara, brillaron como un velo móvil. La colonia daba parte de su comida a los pequeños vecinos. Cuando aumentaba la corriente, se dispersaban y volvían a reunirse lentamente. Luego se apagó la luz extraña. La familia quedó a oscuras esperando su próxima comida.

Las personas buscaban películas protectoras para los corales a los que llegaban partículas finas. En la historia del futuro, un gran pólipo podía tejer su propio velo. Abajo protegía de lo que contenía el agua, no del sol; el mar profundo seguía oscuro. Una pariente de colores tejía un velo fino. Un gran pólipo lo extendía sobre las ramas hasta cubrir la horquilla trasera. Las partículas sueltas quedaban pegadas y luego se desprendían. Las demás coronas seguían libres y atrapaban alimento. Cuando la corriente levantaba la película, el pólipo tejedor ponía pacientemente una nueva franja sobre el tejido protegido.

Las personas habían dejado llegar plástico al mar de muchas formas. Una parte se rompía; otra seguía como botellas o láminas. El peine filtrante verde recogía esos trozos; solo al retirarlos volvía a despejarse el hogar de la familia. Junto a una pariente oscura había un peine filtrante verde. Atrapaba botellas flotantes y piezas pequeñas antes de que entraran en las ramas. Pronto se volvió pesado. Los ayudantes soltaron la basura recogida y se la llevaron. Detrás, los pólipos violetas esperaban su próxima comida. Un filtro solo ayudaba a la familia mientras su contenido lleno volviera a salir del agua.

Las personas encontraban residuos grandes incluso donde apenas podían llegar. Los embudos de succión eran su fantástico intento de recogerlos en las profundidades. Las botellas y latas debían retirarse, no sustituir el alimento natural de la familia. La siguiente pariente recogía basura con embudos. Una botella giró en el agua, fue aspirada y quedó en un recipiente. Luego llegó un resto pequeño que un pez casi había atrapado. Los pólipos rosas no tenían que ocuparse de esas cosas grandes. Atrapaban su propia comida diminuta mientras los ayudantes sacaban del mar los recipientes llenos.

Las personas seguían tirando plástico aunque en otros lugares se recogía basura. Las bocas recolectoras imaginarias alcanzaban algunos trozos antes de que se enredaran en las ramas. Eso no significaba que la familia comiera botellas; los ayudantes debían retirar los residuos del agua. Largos tentáculos con bocas redondas buscaban basura junto a una pariente de tonos pastel. Una boca atrapó un trozo grande mientras filtros rayados retenían piezas pequeñas. Después, los ayudantes lo recogieron todo. Mientras, los pólipos de las ramas atrapaban sus presas diminutas. Así la familia hacía dos tareas a la vez: despejaba su hogar y procuraba que nadie se quedara con hambre.

Las personas habían cambiado el agua, donde ahora costaba más mantener los esqueletos calcáreos. La piel de diamante pertenecía a la fantasía de rescate de esta familia de las profundidades. Allí no había sol para compañeros productores de oxígeno; el agua fresca aún debía llegar a los animales y permitirles respirar. Una pariente rosa tenía una piel que debía ser dura como diamante. Pequeñas luces enviaban señales a sus vecinos y finos rastros de olor acompañaban las coronas. Entre las ramas quedaba sitio para el agua. Los pólipos tomaban oxígeno de ella y atrapaban comida con los tentáculos. Ni aquella protección extrañamente dura podía hacer esas dos tareas por la familia.

Las laderas dañadas del arrecife ofrecían menos escondites. En las rocas que quedaban, peces, crustáceos y corales se encontraban más juntos. Algunos humanos mantenían esos lugares libres de aparejos de pesca. Las muchas ideas de protección ayudaban a colonias individuales. Un arrecife entero también necesitaba a sus vecinos. En esta colonia, a los pequeños animales se les daban especialmente bien cosas diferentes. Uno atrapaba alimento incluso en agua agitada. Otro resistía más cuando llegaba poco. Estaban unidos al mismo cuerpo. Por eso, lo que ayudaba a uno también podía ayudar a sus vecinos. Así crecía en el arrecife una familia cuyos miembros no eran todos iguales.

Los aparejos habían destruido escondites cercanos. Los peces se reunían donde aún había colonias ramificadas. El agua seguía oscura, pero entre las ramas conservadas faltaba espacio para tantos vecinos. Cuatro peces llegaron por el agua verde. Uno se detuvo ante la colonia; los otros giraron y lo siguieron entre las ramas. Allí aún había sitio para nadar y esconderse. El coral no los contaba. Solo sentía cómo sus movimientos ondulaban el agua. Tras un largo silencio, volvía a haber actividad en el arrecife familiar.

Durante la pesca se habían perdido algunas redes en el fondo. Las personas las buscaban con robots submarinos para que no se enredaran en ellas más animales. Los corales claros de debajo debían tratarse con cuidado cada vez que se recuperaba una red. Un pececito se detuvo delante de un coral claro. De lejos, sus pólipos recordaban a pequeñas flores. Pero en cuanto pasaba una presa, sus brazos la atrapaban. El pez dio un respingo y siguió nadando. En este lugar no crecían flores en un jardín. Aquí vivían muchos animales pequeños juntos sobre las ramas de un coral.

Los humanos habían aprendido a tener en cuenta también los espacios entre las colonias al proteger el fondo marino. Por allí iban los peces de un escondite al siguiente. Los aparejos de pesca pesados podían dañar a la vez esos caminos y sus lugares de descanso. Dos peces rayados se acercaron a una colonia clara. Uno rodeó el tronco por la izquierda y el otro por la derecha. Detrás de las ramas volvieron a encontrarse. Los dos permanecieron un momento en el agua más tranquila. Después siguió el más grande. El más pequeño se quedó un poco más antes de dejar también su escondite y desaparecer entre las piedras.

Las personas habían pescado intensamente las poblaciones de peces cercanas. Por eso llamaba la atención que volvieran a quedarse animales en el arrecife. Tres peces aún no significaban un mundo salvado; había que seguir protegiendo su comida y sus escondites. Tres peces azules pasaron a la derecha de una pariente clara. El primero giró, el segundo lo siguió y el tercero tuvo que darse prisa. Desaparecieron tras las ramas y salieron por el otro lado. Los pólipos ondularon en su pequeño remolino. Durante mucho tiempo había pasado poco allí. Ahora la corriente volvía a tener compañía.

Muchos escondites de peces habían desaparecido con los corales dañados. Por eso los humanos protegían tanto animales individuales como trozos enteros del arrecife. Entre sus bifurcaciones conservadas, los visitantes grandes y pequeños podían encontrar lugares distintos en la misma agua. Varios peces estaban ante un coral claro con un pólipo azul. Uno se metió entre las ramas; otro se quedó delante. Uno más pequeño se deslizó al fondo de la bifurcación. Para él aún había espacio. Cuando la corriente aumentó, se giraron juntos para hacerle frente. El coral daba a cada uno un rincón tranquilo diferente.

En otros tiempos, muchos peces grandes habían desaparecido en las redes. Más tarde, las personas limitaron las capturas y dejaron intactas partes del arrecife profundo. Allí se conservaron las ramas de los corales y los lugares por donde podían pasar los peces. Dos peces grandes aparecieron junto a una pariente clara. Eran demasiado anchos para los huecos entre sus ramas. Nadaron por fuera y siguieron buscando en el fondo. El coral permaneció en su sitio. Cuando los visitantes desaparecieron, el agua volvió a traer alimento pequeño, justo del tamaño adecuado para sus pólipos.

Las profundidades no eran un lugar donde las personas pudieran nadar libremente. Estudiaban el arrecife desde sumergibles y con robots. Allí veían peces, corales y las huellas de sus redes pesadas en el fondo. Un robot submarino se detuvo delante del arrecife de la familia. Junto a su cabeza con cámara nadaba un pez grande y, más abajo, pasaba un tiburón. El coral claro estaba entre todos aquellos visitantes. Arriba, en el barco, las personas miraban sus imágenes. Mantenían los brazos con pinzas a distancia. Solo cuando el robot siguió despacio su camino volvieron a acercarse animales más pequeños a las ramas.

Sobre el arrecife trabajaban barcos, pero el fondo entre estas rocas se había conservado. Las personas podían descubrir distintos vecinos en sus imágenes. Para todos importaba que la corriente llevara suficiente comida al hogar oscuro. A la izquierda flotaba un calamar; a la derecha nadaba un pez. Debajo pasaba una pequeña medusa y en el fondo una almeja abría su concha. La pariente clara estaba entre todos ellos. Nadie tenía que comer lo mismo ni tomar el mismo camino. La corriente los reunió un instante y luego llevó pequeñas presas entre los pólipos abiertos.

Muy por encima del arrecife se seguía pescando. Abajo, las redes anteriores ya habían destruido algunos escondites. En los restos protegidos, los visitantes pequeños y grandes se encontraban entre unas pocas ramas conservadas. Varios peces se reunieron ante un coral claro. Uno pequeño intentó entrar en la misma bifurcación que otro más grande. Quedaba demasiado estrecho. Retrocedió y nadó al otro lado. Allí encontró su propio sitio. Encima, un pólipo de colores y otro oscuro sobresalían en el agua y atrapaban diminutos animales que les servían de alimento.

Los humanos ya protegían también las piedras libres junto a las colonias antiguas. Querían dejar espacio para las crías. Aun así, la corriente llevaba larvas más allá de los límites; no todos los pequeños comienzos llegaban a un lugar adecuado. En la base azul de un coral empezaba una sección rosada y estrecha. Encima, las ramas eran verde claro. Una larva pasó arrastrada muy cerca y aterrizó en una piedra libre. Allí se quedó. Entre las ramas grandes había comenzado un nuevo pólipo. Aún pasarían muchas corrientes sobre él antes de que pudiera ofrecer refugio algún día.

Muy arriba, las personas pescaban cada vez más y cambiaban hábitats enteros. Abajo solo quedaban intactas algunas zonas de arrecife. Allí se juntaban camarones, almejas y peces; debía pasar suficiente alimento por las ramas oscuras para todos. Entre las rocas oscuras crecía el vecindario sin que apareciera una sola rama nueva. Los camarones corrían, las almejas abrían sus conchas y los pececitos desaparecían entre hilos verdes. Cada especie necesitaba algo distinto. A veces se ayudaban; otras se estorbaban. La corriente traía comida. Si llegaba suficiente, todos podían encontrar una comida.

Las imágenes de investigación habían mostrado que los pececitos también usaban restos discretos del arrecife. Los humanos incluyeron esos lugares en sus mapas de protección. Para un pez, un escondite no tenía que ser grande, solo encajar bien entre las ramas. Entre las piedras había un coral amarillo. Un pez diminuto se metió bajo su rama más baja. Cabía exactamente. Encima, los finos tentáculos se recogieron cuando su aleta los rozó. Después todo volvió a calmarse. El pez se quedó un rato más mientras los pequeños animales de arriba seguían atrapando alimento.

Los aparejos habían dejado algunas zonas planas y vacías. Muchos animales se refugiaban en las ramas restantes. Las cámaras mostraban imágenes llenas, pero las personas también debían pensar en cuánto hábitat faltaba fuera de ellas. La colonia verde tenía muchos visitantes. Un pez grande metió la cara entre dos ramas, uno pequeño lo siguió y debajo había una estrella de mar. Un instante parecieron un público curioso. Luego el grande giró, el pequeño se escondió y los pólipos siguieron atrapando alimento. En el arrecife nadie tenía que esperar a que todos miraran.

Una cámara iluminó los huecos entre las rocas oscuras. En el círculo de luz, un pececito pudo distinguir al visitante más grande sobre él. Después se alejó su sombra; más tarde también se apagó la luz extraña sobre las ramas. En el círculo de luz de un aparato de investigación, un pez oscuro pasó junto a un coral blanco con pólipos rosados. Se detuvo detrás del tronco. Un pez más grande pasó por encima. El pequeño esperó hasta que se fue su sombra. Luego salió y siguió buscando alimento en el fondo. Cuando el aparato continuó, el arrecife volvió a quedar a oscuras.

Los humanos mantenían las redes pesadas lejos de un trozo conservado del arrecife. Los cardúmenes podían seguir pasando entre sus rocas. Cuando regresaban los aparatos de investigación, sus lámparas mostraban por un momento el gentío en el agua que normalmente estaba oscura. Entre peces y caminos azules de agua había un coral claro. En su rama inferior estaba un pólipo azul. Pasó un cardumen y, por un momento, todo se agitó. Después regresó el movimiento habitual del agua. Detrás del tronco se quedó un pececito. Había encontrado un lugar tranquilo mientras los demás seguían de largo.

Bajo el agua, un cable recorría una ladera rocosa. Las personas comprobaban su recorrido con un robot submarino. No debía tocar las ramas rosas, porque una ramita podía destruirse mucho más rápido de lo que una colonia tardaba en volver a crecer. Una pariente rosa crecía sobre el suelo rocoso. Un pez amarillo grisáceo pasó muy cerca, mientras los peces más pequeños guardaban más distancia. Detrás de una piedra había un espacio libre. El agua llevó hasta allí una larva de coral. Se quedó sujeta. Entre los visitantes grandes y la colonia vieja había encontrado sitio un nuevo comienzo.

Las personas habían reducido mucho algunas poblaciones de peces y dañado otras zonas de arrecife. Los cardúmenes restantes seguían buscando escondites. Donde aún había ramas, peces y colonias se juntaban más; la corriente debía pasar entre ambos. Un cardumen se reunió ante una pariente. Los peces nadaron muy juntos, giraron a la vez y formaron un muro por un instante. Detrás seguían abiertas las coronas violetas. Un visitante curioso esperó un hueco. Luego los peces se alejaron. La colonia quedó atrás con sus pólipos esperando la siguiente pequeña comida del agua abierta.

Un barco de investigación había encontrado huellas de pesca al borde del arrecife. Los humanos situaron la siguiente zona protegida alrededor de las rocas conservadas. Allí quedaban espacios estrechos entre las ramas, donde los pequeños animales podían apartarse de la corriente más fuerte. En el agua tranquila había un coral verde claro con pólipos azules. Un pez diminuto se detuvo delante. Era lo bastante pequeño para caber entre las ramas y buscaba un lugar para pasar la noche. Lo encontró detrás de la bifurcación ancha. Mientras descansaba allí, fuera seguían moviéndose los finos tentáculos.

Las personas cartografiaron a la pariente de base verde antes de tender un cable. La ruta prevista pasaba muy cerca del arrecife. Con otro recorrido podían conservar el hogar fijo de la familia. En la base de una pariente había un verde suave. Más arriba, las ramas eran amarillas claras y rosas. Un pequeño habitante se arrastraba detrás del tronco. Un pez llegó desde arriba, dio la vuelta y siguió nadando. Entre ambos caminos, los pólipos estaban en sus sitios. La familia compartía el arrecife con muchos vecinos, pero cada coral permanecía fijo en su propio lugar.

En muchos lugares, las personas habían pescado demasiados peces y dañado sus hábitats. Aquí dejaron tranquila una parte del arrecife. Los peces pequeños podían quedarse entre las ramas amarillas mientras los corales seguían atrapando alimento. Tres peces pasaron junto a una pariente amarilla. Uno era tan pequeño que cabía sin esfuerzo entre las ramas. A los pólipos azules no les molestaba su visita. Cuando volvió a salir, el pez más grande ya había dado la vuelta hacía rato. El pequeño lo siguió. Detrás de ellos, el coral se quedó en su sitio y siguió atrapando alimento.

La pesca y las zonas dañadas habían cambiado el vecindario. En algunas colonias conservadas se amontonaban animales. El muro de peces globo pertenecía a esta comunidad inventada; no sustituía ni la comida ni el rescate de otros hábitats por las personas. Alrededor de una pariente de colores se inflaron peces globo. Sus cuerpos espinosos formaron un muro extraño. Un visitante frenó y dio la vuelta. Dentro, los pólipos se mecían en un estrecho flujo de agua. Al cabo de un rato, los guardianes se desinflaron y se separaron. Los protectores también debían buscar comida y la familia necesitaba caminos abiertos a la corriente.

Los humanos habían mantenido los aparejos de pesca lejos de una sección conservada del arrecife. Pero en la superficie seguía habiendo mucho tráfico. Lo que nadaba arriba podía seguir de largo; abajo, las colonias fijas mantenían pequeños espacios abiertos entre sus ramas para los invitados. Junto a un coral rosado pasó nadando una tortuga. Un pez dobló rápidamente alrededor del tronco y en el fondo había una estrella de mar. Por un momento hubo poco espacio entre las ramas. Después, la gran visitante siguió su camino. Los pequeños animales se quedaron. Cada uno necesitaba algo distinto en el arrecife, y aun así compartían el mismo espacio.

Después de muchas salidas de pesca, los restos del arrecife estaban muy separados. Los humanos querían conservar los escondites que aún existían. Entre ellos, un pececito tenía que cruzar el fondo descubierto antes de volver a encontrar agua más tranquila detrás de un tronco. Entre piedras separadas había un coral con pólipos rosados. Un pez pequeño llegó de fuera y se detuvo detrás del tronco. Allí no tenía que nadar con tanta fuerza. Más tarde siguió rápido hasta otra piedra. Para él, la colonia era una parada en el camino. Para sus pólipos, era el hogar que ellos mismos habían construido.

Las personas habían ampliado la pesca y la navegación, pero no habían alcanzado todas las rocas profundas. Aquí aún vivían peces grandes y pequeños alrededor de la familia. Sus lamparitas pertenecían a aquel vecindario extraño; allí no llegaba luz solar. Peces grandes nadaban alrededor de una pariente de colores. Ante sus caras colgaban luces pequeñas y rayos amarillos llenaban el agua. Abajo, peces menores cruzaban dos marcos angulosos. Los pólipos seguían en sus ramas. Los visitantes podían recorrer todo el arrecife; la familia debía esperar a que la corriente llevara comida justo a su lugar.

En otros lugares, las redes de fondo habían destruido tanto corales como escondites de peces. Por eso, las personas cerraron esta parte del fondo a esos equipos. Las colonias oscuras y ramificadas siguieron entre las rocas como hogar para otros seres. Un pez de ojo grande miró entre dos ramas. Una figura más pequeña desapareció detrás del tronco naranja parduzco. Aquí se encontraban muchos habitantes del mar. Algunos se quedaban poco tiempo; otros buscaban más rato por el fondo. El coral no podía seguirlos. Con sus pólipos de colores, esperaba lo que trajera la corriente.

Un robot submarino mostró zonas verdes en la parte baja del tronco. Detrás se escondían pequeños habitantes del mar oscuro. Las personas protegieron el fondo firme frente a las redes de fondo para que el coral y sus vecinos conservaran los hogares que habían crecido tan despacio. La parte baja del tronco de una pariente era verde y las ramas superiores eran marrones grisáceas. Entre ellas había pólipos de colores. Un animalito se arrastró detrás de la base y quedó escondido. Más arriba, el agua pasaba sin obstáculos. La colonia necesitaba ese camino libre para su alimento. Debajo, el pequeño visitante encontró un lugar más tranquilo.

La pesca había sacado del mar muchos animales grandes y pequeños. Por eso, las personas dejaron tranquilas ciertas partes del arrecife. Entre las ramas conservadas, los peces pequeños podían seguir buscando refugio cuando pasaban otros más grandes. La silueta de un pez grande y oscuro se deslizó sobre el fondo. El pececito que estaba junto al coral verde desapareció enseguida detrás de una rama. Esperó. Solo cuando la gran silueta se alejó lo suficiente volvió a salir. Mientras tanto, los pólipos rosas habían atrapado sus propias presas diminutas. En el arrecife de la familia, cada uno estaba pendiente de algo diferente.

Donde las personas habían destruido ramas quedaban menos escondites. Los vecinos buscaban juntos lugares protegidos. En este mar profundo inventado, una raya llevaba a una pariente entera mientras fuera seguían flotando residuos humanos sueltos. Bajo la siguiente pariente descansaba una raya negra. En aquel mundo extraño, la colonia estaba sobre su ancho lomo. Arriba tenía pequeñas tapas de sombrilla y al lado pasaba una medusa. Cuando la raya se movía, los pólipos ondulaban en el agua. Juntas permanecieron en un lugar tranquilo hasta que la corriente trajo suficiente comida para ambas vecinas.

Cuando las personas destruían el arrecife profundo con redes pesadas, los peces y las estrellas de mar también perdían su hábitat. Por eso protegieron zonas enteras del fondo. Allí, la pariente verde siguió formando parte de un vecindario que incluía más seres que solo corales. Una estrella de mar estaba junto a una pariente verde. Más arriba pasaban varios peces. El coral tenía pólipos azules, rosas y naranjas. Cada habitante buscaba alimento a su manera. La estrella de mar se quedó mucho tiempo en el fondo y los peces siguieron su camino. La colonia esperaba en su lugar fijo hasta que llegaban pequeñas presas con el agua.

Los humanos habían medido los restos dañados del arrecife y mantenían una zona libre de aparejos de pesca. Entre las ramas conservadas, los pequeños animales marinos seguían encontrando sitio. La corriente unía sus escondites con el resto del mar oscuro. Entre las ramas de colores vivían muchos pequeños invitados. Un pez pasó veloz por un lado mientras un animal de nariz larga flotaba despacio junto al tronco. Cada uno encontró un lugar distinto. El coral permaneció sujeto al fondo. Sus pólipos atrapaban alimento y, a su alrededor, el arrecife se animaba un poco más con cada nuevo habitante.

Las personas habían pescado intensamente en grandes zonas del mar. Más tarde protegieron algunos arrecifes profundos frente a los equipos de pesca pesados. Donde seguían los corales ramificados, los peces aún encontraban lugares entre el fondo y el agua libre. Junto a un coral amarillo nadaba un pez de ojos grandes. Se detuvo un momento delante de la parte roja inferior y luego dio la vuelta. Entre las ramas había poco espacio para él. Los habitantes más pequeños se acercaban más. La colonia estaba en medio de todos los visitantes y abría sus pólipos de colores hacia el agua que pasaba.

Las personas habían destruido algunos hábitats junto al arrecife. Los animales buscaban nuevos escondites entre las ramas conservadas. Sus movimientos empujaban un poco el agua localmente, pero no sustituían una gran corriente que trajera comida y agua fresca de lejos. Un pececito azul daba vueltas alrededor de una pariente clara. Pasó entre las ramas y salió al otro lado. Tras él se movía el agua. Algunos pólipos atraparon las pequeñas partículas que pasaban. El pez buscaba refugio; el coral, comida. Por aquel instante, sus dos caminos encajaron bien.

En muchos lugares, los humanos habían sacado del mar tanto a los peces como sus escondites. Por eso quedaba poco espacio tranquilo entre los corales que aún había. Una sola rama intacta ya podía dar cobijo a un pez pequeño. Una rama verde apenas era más ancha que el pececito. Aun así, un pez pequeño encontró detrás refugio frente a otro más grande. Se quedó muy quieto; solo le temblaban las aletas. Encima de él, los pólipos amarillos atrapaban alimento. Solo cuando se alejó el pez grande salió el pequeño de su escondite y nadó entre las piedras siguientes.

En otros lugares, la pesca y las redes pesadas habían hecho desaparecer habitantes y escondites. Las personas cambiaron las rutas de pesca permitidas. La colonia amarilla dorada permaneció en su lugar y los peces pequeños pudieron seguir visitándola. Varios pececitos se reunieron junto a un coral amarillo dorado. Uno nadó hacia arriba, otro bajó y un tercero se quedó cerca de la base. Pasaron mucho tiempo allí. Después siguieron su camino. La corriente pasó entre las ramas amarillas y llevó alimento a los pólipos que se habían quedado.

Donde las personas habían arrastrado redes de fondo sobre las rocas, después faltaban ramas de coral y escondites para peces. Aquí quedó protegida una zona. Entre la pariente rosa y el fondo firme podían seguir viviendo distintos animales. Un pez grande de borde amarillo nadaba muy cerca del fondo. Delante había una colonia rosa. No cabía entre sus ramas y pasó por fuera. Unos peces más pequeños lo siguieron a cierta distancia. En el fondo, una larva quedó sujeta a una piedra firme. El arrecife de la familia tenía un habitante nuevo y diminuto.

Las personas buscaban nuevos ayudantes contra el agua más cálida y las corrientes poco fiables. Los comedores de calor azules eran uno de esos inventos del futuro. En las profundidades también debían soltar calor; sin una corriente más fresca no podían producir frío gratis. Pequeños compañeros azules vivían en las ramas de una pariente clara. La familia los llamaba comedores de calor. En su futuro extraño ayudaban a entregar el calor sobrante al agua más fresca que pasaba. Si la corriente paraba, los ayudantes debían revisar. Ni esos pequeños compañeros podían hacer desaparecer el calor. Los pólipos esperaban hasta que volviera el agua fresca entre las ramas.

Una nueva zona protegida mantenía los aparejos de pesca lejos del fondo profundo. Entre las piedras había restos hundidos de plantas costeras, pero aquí abajo no crecía hierba marina. Los peces y otros animales seguían encontrando pequeños escondites entre los corales. Alrededor del coral verde nadaban peces entre piedras y organismos que cubrían el fondo. Un pececito todavía no podía nadar tan rápido como los grandes. Cuando el agua tiraba con más fuerza, se colocaba detrás de una rama. Allí podía descansar. Más tarde volvía a salir nadando. El arrecife ofrecía muchos pequeños lugares seguros como aquel.

En una sección protegida ya no se podía tocar el fondo con aparejos de pesca pesados. Sus grietas estrechas se conservaron. Allí encontraban espacio los pulpos y los peces pequeños, mientras los corales seguían atrapando alimento en su lugar fijo. Junto a un coral rojo había un pulpo pequeño. Metió un brazo entre las piedras y buscó alimento al tacto. Un pez esperaba a cierta distancia. Cuando el pulpo siguió avanzando, quedó libre el lugar detrás del tronco. El pez entró enseguida. El coral permaneció en su sitio mientras a su alrededor cambiaban los habitantes.

Las personas habían protegido una parte del arrecife profundo frente a las redes de fondo. Allí siguió creciendo el coral verde. No hacía falta que a su alrededor creciera un bosque de algas: las propias ramas ofrecían huecos a los animales pequeños en el agua oscura. Entre las ramas verdes de una pariente había espacio suficiente para pequeños visitantes. Un pez pasó velozmente y se detuvo un momento detrás del tronco. Los pólipos rosas tenían sus brazos extendidos. Cuando llegó alimento, algunos lo atraparon. El pez siguió cazando. La colonia se quedó atrás, fija en el lugar que su larva había encontrado una vez.

Las personas habían removido parte del fondo y perdido redes. Aun así, los animales encontraban refugio entre las ramas conservadas. Un cangrejo podía vivir allí como animal independiente y soltar hilos; sus ojos y pinzas no eran órganos heredados de repente por el coral. Bajo una pariente clara asomaron dos ojos de la arena. Allí se había escondido un cangrejo. Cuando un hilo se enganchó en una rama, tiró de él y lo cortó con las pinzas. Luego volvió a desaparecer bajo la colonia. Con aquel vecino, un refugio estrecho se convirtió en un hogar compartido útil.

En la parte alta del mar, unas algas diminutas producían alimento con la luz del sol. Una parte llegaba más tarde a las profundidades y servía de comida. Las emisiones humanas cambiaban las condiciones de arriba y, abajo, el coral verde esperaba sus comidas. En una colonia verde clara había pólipos rosas y azules. Un pequeño habitante desapareció detrás del tronco. Primero solo se veía su cola y después ya no se veía nada. La corriente pasaba entre las ramas. Cuando el animal apareció por el otro lado, los pólipos se abrían sin molestias hacia el agua libre.

Una antigua huella de arrastre terminaba cerca del arrecife. Más allá seguían en pie corales altos porque los humanos habían protegido esa parte del fondo. Entre las ramas conservadas, los peces encontraban lugares que faltaban en la franja despejada. Una colonia al borde del arrecife tenía ramas verdes y pólipos anaranjados. Un pececito se dejó llevar detrás de su tronco. Allí el agua estaba más tranquila. Se quedó quieto hasta que pasó uno más grande. Después se deslizó rápido entre dos ramas. Los pólipos recogieron un momento los tentáculos cuando los rozó.

Con la pesca, las personas habían cambiado depredadores, presas y escondites. Entre las ramas restantes surgió una comunidad extraña. Los peces defensores violetas pertenecían al invento del futuro; no hacían al arrecife independiente del alimento ni de un hábitat protegido. Una pariente verde ponía cara feroz. Pequeños peces defensores violetas salieron disparados de lado entre sus ramas. Un visitante curioso prefirió dar la vuelta. Poco después, los guardianes regresaron al refugio de la colonia. Los pólipos se abrieron. También en aquel rincón bien defendido, el trabajo más importante empezaba cuando la corriente traía presas diminutas.

Las personas querían proteger mejor el fondo marino rocoso. Aquí las redes pesadas ya no podían tocarlo. Así se conservó el lugar firme donde vivían la pariente verde y muchos vecinos pequeños. Una colonia verde había encontrado sitio en una roca. Sus pólipos eran naranjas, azules, rosas y amarillos. Un caracolito se arrastraba junto a la base. Avanzaba muy despacio, pero el coral estaba mucho más quieto todavía. Arriba, un pólipo atrapó un crustáceo diminuto. Abajo, el caracol siguió su camino sobre la piedra.

Las imágenes de investigación mostraban que los aparejos de pesca no solo habían golpeado a los corales. Su vecindario también había cambiado. Donde los humanos dejaron después el fondo en paz, las estrellas de mar y otros invitados pudieron seguir viviendo entre los restos del arrecife. Alrededor de un coral rojo había estrellas de mar en el fondo. Una se movía tan despacio que un pez podría haberla tomado por una parte del suelo. Al día siguiente estaba un poco más lejos. El coral seguía en el mismo sitio. Sus pólipos de colores se extendían hacia el agua, que siempre estaba en movimiento.

Las personas habían capturado animales y dañado muchos refugios. En las ramas conservadas, los vecinos vivían más juntos. Los pólipos limpiadores inventados encontraban visitantes allí; su trabajo especial no cambiaba su necesidad de alimento del mar oscuro. Una pariente azul se había preparado para pequeños visitantes. Un pez se quedó quieto mientras un pólipo limpiador claro recorría suavemente su costado. Después siguió nadando. Puntas violetas marcaban el borde y algunas coronas brillaban en la oscuridad. Su trabajo inusual traía nuevos vecinos a la familia. Pero hasta los limpiadores más trabajadores debían atrapar su comida entre tareas.

Un robot submarino mostró a las personas las ramas verdes en la oscuridad. Marcaron su ubicación en un mapa. Allí no debía tenderse ningún cable nuevo, para conservar el lugar fijo donde vivía la colonia. Una pariente de verde intenso había crecido lentamente durante muchos años. Sus pólipos rosas estaban ahora en ramas grandes y pequeñas. Un caracol diminuto se detuvo bajo una rama lateral. Sobre él atrapaban alimento y a su lado pasaba el agua. Así vivían animales diferentes muy cerca unos de otros, sin tener que seguir el mismo camino por el mar.

Las personas habían aprendido que un arrecife necesitaba más que corales individuales. Mantuvieron alejados los equipos de pesca pesados y redujeron la pesca a su alrededor. Entre las ramas de colores quedó espacio para muchos habitantes del mar profundo. Alrededor de una colonia especialmente colorida había mucho movimiento. Un pez daba la vuelta entre las ramas y otro nadaba por encima. Por un instante casi se encontraron. Los dos se apartaron a tiempo. Los pólipos permanecieron en sus lugares y atraparon pequeños animales que servían de alimento. Así, los habitantes que nadaban y los que vivían fijos compartían la misma parte del gran arrecife de la familia.

Las personas habían prohibido aquí la pesca con redes pesadas de fondo. Las ramas azules ya no eran arrancadas. Entre ellas se conservaban escondites para animales pequeños, aunque más allá se seguía pescando en las aguas profundas. Un pulpo pequeño avanzaba tanteando el fondo. Delante había un coral azul con pólipos amarillos, rosas y verdes. Metió un brazo entre sus ramas y se quedó allí. Pasaban peces pequeños. En esta parte del arrecife de la familia había espacio suficiente para vecinos muy distintos.

Las personas imaginaban una casa habitada entre ramas de coral profundas. En la historia se convirtió en un asentamiento diminuto. Allí también debían dejar espacio para los pólipos mientras fuera seguían pasando residuos humanos por el agua oscura. Una pariente se había convertido en casa del árbol. Entre sus ramas colgaban una escalera y ventanitas; del borde pendía un columpio de neumático. Arriba había una tumbona. Los diminutos habitantes habían construido con cuidado, dejando libres los pólipos. Cuando llegaba la corriente, se mecía la ropa tendida. Abajo, el coral seguía creciendo y a veces alguien debía mover una pasarela para dejar sitio a una rama nueva.

Después de que los humanos cerraran una zona de pesca, allí se conservaron las últimas ramas altas de coral. Los peces pequeños seguían encontrando huecos entre ellas. El fondo estaba muy por debajo de la luz del sol; allí, una rama verde era el cuerpo de un animal, no un árbol submarino. En una hondonada protegida crecía un coral verde. Sus pólipos parecían pequeños círculos de colores sobre las ramas. Un pez buscaba un lugar del arrecife donde descansar. La hondonada era estrecha, pero detrás del tronco quedaba suficiente espacio. Se colocó allí y dejó pasar fuera la corriente más fuerte.

También más adelante, las personas seguían interviniendo en el mar. En algunas regiones, el calor y el alimento llegaban de forma distinta que antes; en otros lugares, los sitios firmes desaparecían bajo el lodo. La familia tuvo que volver a encontrar un hogar para sus descendientes. En este futuro lejano e inventado, algunas ramas encontraron una salida poco común. Algunos pólipos de la familia ya podían abandonar su lugar. Con brazos largos se movían por el agua, casi como medusas diminutas. Detrás quedaba la colonia rosa. Delante había un lugar más frío. Allí buscaban un sitio firme. Los viajeros podían volver a formar una colonia si encontraban suficiente alimento.

Una bolsa había llegado al mar desde la costa y finalmente se había hundido a gran profundidad. Los humanos de arriba ya no podían verla. Abajo la movía la misma corriente que llevaba alimento a peces y corales. Dos peces pasaron junto a un coral claro. Delante flotaba una bolsa que se hinchaba en el agua. La rodearon y se metieron entre las ramas. Allí no había tapa ni cristal. El camino hacia el mar seguía abierto. Más tarde, ambos dejaron su escondite y siguieron nadando sobre el fondo.

Una red de pesca pesada había roto ramas detrás de la roca y había levantado lodo. La pariente caminante de fantasía podía buscar otro lugar. Las colonias que crecían fijas tenían que quedarse y necesitaban protección frente a los equipos de las personas. Algunos descendientes ya podían hacer algo asombroso. Un coral avanzaba por el fondo sobre patas negras. El agua de su antiguo hogar ya no le venía bien. Despacio, ponía un pie delante del otro. Se detuvo junto a una roca. Allí, el agua fresca fluía entre sus ramas y abrió sus pólipos de colores.

Mientras las personas calentaban el mundo, también cambiaban los movimientos de agua muy bajo las olas. Se añadía lodo de los trabajos del fondo. A veces una nube densa atravesaba el arrecife; la familia fija debía esperar a que pasara. Esta vez la corriente llegó del otro lado. Velos rojos, azules y naranjas giraron alrededor de una colonia hasta casi ocultar sus ramas. Un pequeño vecino se agachó tras el tronco. Los pólipos se cerraron. Al calmarse el agua, quedó algo de lodo en la roca y la familia tuvo que liberar primero sus diminutas manos cazadoras.

Donde las personas habían trabajado en el fondo quedaba mucho material suelto. El agua lo llevaba a otros lugares. En este arrecife había que proteger la base del hundimiento y los pólipos abiertos de nuevas partículas de lodo. El suelo bajo una pariente se ablandó. Los ayudantes pusieron soportes marrones bajo su base y mantuvieron libre un pequeño espacio alrededor. El agua entraba por agujeros. Desde arriba seguía cayendo arena. Los pólipos esperaron a que pasaran las partículas. Luego se abrieron otra vez mientras alguien comprobaba abajo que los soportes siguieran firmes.

Las personas planeaban un cable nuevo sobre el fondo profundo. Las imágenes de las cámaras mostraron un coral con una ramificación poco común. Se cambió la ruta del cable, porque un descendiente con otra forma también necesitaba un lugar sin daños para seguir viviendo. No todos los descendientes tenían la misma forma. En una pariente, una rama principal roja recorría el cuerpo en diagonal. Otras ramas más pequeñas apuntaban hacia afuera y hacia abajo. El agua pasaba entre ellas. Un pólipo atrapó alimento en un lugar donde otros corales no tenían ninguna rama. Así también podía encontrar espacio la familia en el arrecife.

Las personas habían dejado huellas en el fondo y los lugares seguros quedaban muy separados. En el futuro inventado, esta colonia podía marcharse. Aun así debía encontrar agua oscura y fresca y comida por el camino. Una pariente lila podía hacer algo que sus antepasados nunca habían podido. Bajo su base se movían piernas verdes. Al llegar agua mala, se levantó del fondo y dio un paso cuidadoso tras otro. Un pez asombrado nadó a su lado. La familia viajera no buscaba un gran tesoro. Le bastaba un lugar donde pudiera abrir otra vez sus pólipos con tranquilidad.

Las personas habían cambiado un mar cuyos lugares seguros quedaban ahora más separados. En este futuro inventado, una colonia podía caminar. El pequeño termómetro servía para buscar agua más fresca, no un camino hacia el sol. Una pariente clara se puso en marcha. Siguió el agua más fresca muy despacio, mientras un pequeño termómetro confirmaba la dirección. Detrás, la familia quedó en la roca antigua. Para esta viajera no había un salto rápido hasta la meta. Se detenía una y otra vez y abría sus pólipos. También durante el viaje debía quedar suficiente tiempo para comer.

Sobre el mar cambiaba el tiempo mientras los humanos aportaban cada vez más calor al mundo. Abajo, unos instrumentos registraban las variaciones del agua. Las profundidades no sentían ninguna ráfaga de viento, pero sus corrientes no permanecían iguales. Arriba, sobre el mar, rugía una tormenta. También en el arrecife el agua tiraba con más fuerza. El coral pálido seguía firme, pero muchos de sus pólipos se habían recogido. Un pececito se apretó detrás de una piedra. Cuando la corriente aflojó, salió. En las ramas se fueron abriendo poco a poco los tentáculos rosados.

Las personas crearon aparatos para soltar basura en arrecifes profundos amenazados. Después debían recogerla; de lo contrario, un trozo grande solo se convertía en muchos residuos pequeños. Mientras, la colonia viajera de fantasía buscaba caminos entre las rocas contaminadas. Una pariente rosa caminaba por el fondo con pequeños pies. A su lado colgaba un escudo azul. Rayos rojos de limpieza soltaban basura atrapada que luego recogían los ayudantes. Sola, la tarea no habría terminado. Con sus puntas como manos, la colonia mantenía contacto con sus vecinos. Paso a paso buscaban un lugar donde volviera a fluir suficiente agua fresca entre las rocas.

Las personas habían dañado zonas del fondo entre las que aún sobresalían rocas firmes. En el futuro inventado, Super Bernt podía trepar allí. Su capa y cabeza de cabra no eran fruto de un deseo del coral, sino parte de esta historia inusual de las profundidades. Super Bernt era una pariente singular. Sobre las ramas turquesas había una cabeza de cabra amarilla; debajo se extendían miembros rojos y una capa ondeaba a un lado. Bernt trepaba con cuidado por una roca. Entre los pólipos seguía sentado un camarón. Cuando ambos encontraron una repisa tranquila, se detuvieron. Hasta un héroe cabra debía dar tiempo a la familia para comer.

Los humanos colocaron medidores de corriente en varios lados de una cresta rocosa. Querían saber qué camino tomaba el alimento. Abajo, los pequeños nadadores tenían que buscar un nuevo rincón tranquilo con cada cambio más fuerte. El agua no llegaba todos los días desde la misma dirección. En un coral claro había pólipos de colores alrededor de todas las ramas. Cuando por un lado pasaba poco, a veces al otro llegaba más. Un pez tenía que cambiar una y otra vez su lugar tranquilo detrás del tronco. Los pequeños animales del coral permanecían donde estaban.

Las personas marcaban arrecifes profundos para que sus aparatos volvieran a encontrarlos. En el mapa un punto era pequeño; abajo vivía allí toda una familia. Una red perdida o un trabajo cercano podía dañar varias generaciones de su hogar. Una banderita ondeaba junto a la pariente verde turquesa. Las personas habían marcado el sitio para encontrarlo otra vez. Los pólipos no necesitaban señales. Seguían en la roca y buscaban en la corriente. Cuando volvieron los ayudantes, descubrieron una ramita nueva. Alejaron un poco el marcador para que la familia tuviera espacio para crecer.

Las personas habían roto el fondo en algunos lugares y dejado objetos viejos en otros. Entre los trozos pequeños surgían refugios. No todos los restos eran útiles ni prometían comida automáticamente; la familia debía vivir con el agua que llegaba. Junto a una pariente clara había tres piezas de distinto color: una oscura, una amarilla y una verde. La corriente había depositado cositas alrededor. Un habitante diminuto se escondió detrás y solo salió cuando se marchó un pez mayor. La colonia siguió en su roca. A veces los nuevos vecinos solo necesitaban un pequeño borde adicional para encontrar sitio en la familia.

Las personas tiraban cosas pequeñas que apenas echaban de menos. Una colilla podía viajar lejos y acabar atrapada en un arrecife profundo. Abajo, el residuo llegaba a animales que no conocían su origen ni podían apartarse sin más. Una colilla flotaba junto a una pariente clara. Un pececito la atrapó y la soltó enseguida. La corriente la metió entre dos ramas. No pertenecía allí. Cuando un ayudante la vio, la retiró con cuidado. Los pólipos pudieron estirarse otra vez, pero el agua aún llevaba otras huellas humanas.

En el barco de investigación, las personas vieron cuánto variaban las corrientes cerca del fondo. Comprobaron dónde debían mantener la distancia los nuevos trabajos. El alimento llegaba por los mismos caminos que podían llevar arena removida hasta las colonias. Una corriente fuerte pasaba junto a una colonia. Sus ramas superiores tenían colores rojos, amarillos y verdes. El agua arrastró a un animalito, que pasó a la deriva junto a ellas. Unos tentáculos finos lo atraparon. Abajo, un pez se quedó detrás del tronco. Solo cuando la corriente se debilitó se atrevió a salir de nuevo entre las piedras.

El calor del mundo alterado por las personas también llegaba con el agua a arrecifes profundos. Las personas medían el peligro y ayudaban localmente con refrigeración. La cara sufriente dibujada mostraba angustia, no la capacidad del coral de sudar bajo el agua. El agua parecía temblar alrededor de la siguiente pariente. Su carita se veía cansada. Los pólipos seguían retraídos más tiempo de lo habitual. Un ayudante acercó un instrumento y llamó a los demás. Trajeron agua más fresca al pequeño refugio. Lentamente se movió una corona. La familia necesitaba ayuda mucho antes de poder tener otro día tranquilo.

Las personas intentaban ayudar a las colonias profundas con comida, cuidados y aparatos pequeños. Entre visitas seguía llegando basura del mundo habitado de arriba. La familia compartía sus ramas con peces que buscaban refugio. Un pececito desapareció entre ramas de arcoíris. Enseguida asomó por un sitio muy distinto. La colonia ofrecía muchos escondites. A su lado había un ventilador; abajo, comida y extraños utensilios de cuidado. Hasta había un cepillo de dientes. Los ayudantes se rieron al encontrarlo y luego se pusieron a mantener limpio el lugar protegido.

Los humanos habían colocado medidores de corriente al borde del arrecife. Los aparatos mostraban movimientos de agua fuertes y débiles. Entre esos cambios, la familia tenía que alcanzar alimento; en cambio, los residuos sueltos perdidos arriba podían quedar prendidos en sus largas prolongaciones. Algunos descendientes tenían largos abanicos rojos y rosados. La corriente los empujaba hacia un lado. Entre ellos quedaban atrapadas diminutas partículas de alimento. Cuando el agua tiró de pronto con más fuerza, los suaves abanicos se plegaron contra el cuerpo. Un pez pasó veloz. Solo cuando regresó la calma volvieron a desplegarse despacio.

Las personas ya podían visitar las profundidades con equipos de buceo y a veces se acercaban demasiado a los animales. La colonia especial respondía con luz propia. Arriba, los visitantes debían aprender que incluso una visita bienintencionada necesitaba distancia. Un visitante con un pesado traje resistente a la presión se acercó demasiado a la pariente. De pronto brilló en amarillo y rojo. Era una luz que solo existía en esta historia familiar inventada. Tras su ventanilla, el visitante se detuvo y retrocedió. Solo entonces se atenuaron las luces. Entre las ramas, los pólipos volvieron a moverse tranquilos. Esta vez la persona guardó distancia.

En tierra, las personas decidían cómo tratar arrecifes profundos lejanos. Sus votos no cambiaban pólipos, pero sí las normas sobre aparejos e intervenciones. Una decisión podía conservar espacio abajo, aunque nadie tuviera que entender una papeleta. En tierra hubo una votación. Las personas decidieron si proteger una zona del fondo. Muy abajo, una pariente clara extendía sus pólipos. No podía depositar un voto. Pero unos días después, los aparejos pesados se mantuvieron lejos. La corriente siguió trayendo comida y un pequeño pólipo nuevo encontró sitio en una rama intacta.

En las imágenes de sus robots submarinos, las personas veían cuántos lugares del arrecife se perdían. Algunas intentaban salvar las colonias que quedaban. Construían refugios, movían agua y llevaban alimento. Al mismo tiempo, en otros lugares se seguían dañando hábitats. Una rama rescatada no bastaba para tener un mar sano, y cada aparato necesitaba cuidados. Junto a una pariente clara, las personas habían instalado un pequeño aparato. Unos conductos finos llegaban hasta las ramas. Comprobaban con cuidado si todo seguía bien sujeto. Un pez se acercó, dio la vuelta y siguió nadando. Las personas mantuvieron la distancia. Observaron los pólipos durante mucho rato, porque un coral no podía decirles qué necesitaba en ese momento.

Las personas habían instalado aparatos de ayuda en el arrecife profundo. Los comprobaban con robots submarinos, porque aquí las personas no podían simplemente arrodillarse y alejarse nadando con aletas. Incluso los brazos con pinzas que ayudaban tenían que guardar distancia de las ramas sensibles. En la base de una pariente clara había una cajita. Desde allí salían líneas finas hasta las ramas. El brazo con pinza de un robot submarino comprobaba las conexiones. Arriba, en el barco, una persona lo movía muy despacio. No debía tocar el tronco. Después, el robot retrocedió y los pólipos siguieron esperando alimento del agua oscura.

En este futuro, los humanos construían pequeños soportes junto a un trozo conservado del arrecife. No querían seguir desgarrando el fondo. Unas cuerdas finas debían asegurar un nuevo lugar para que la siguiente corriente fuerte no volviera a moverlo. Unas cuerdas finas rodeaban la base de una colonia clara. Estaban sujetas a soportes redondos y fijaban el nuevo lugar al fondo. Cuando la corriente tiró con más fuerza, se tensaron. Un pececito pasó entre ellas. El coral permaneció en pie. Sus pólipos alcanzaron el agua sobre el fondo y comenzaron a comer.

Las personas desarrollaron un aerosol protector inventado porque sus propias intervenciones ponían en peligro a los corales. Un robot submarino lo llevó a la oscuridad. Al mismo tiempo, tenían que mantener alejados la basura y los equipos de pesca pesados; un aerosol no podía encargarse de esas tareas. Para una pariente de color rosa suave había un aerosol protector especial. Las personas lo aplicaron con cuidado y dejaron libres los pólipos abiertos. Una capa fina quedó sobre el cuerpo. Después, los ayudantes se retiraron un poco. El coral tenía que poder seguir atrapando alimento. Su protección solo servía si también le permitía vivir su día a día.

Las sustancias de las fábricas y las emisiones habían llevado contaminación hasta las profundidades del mar. Las personas buscaban una crema protectora especial para los corales. Era una idea de rescate para la oscuridad, no una crema solar contra rayos de sol reales en el mar profundo. Las personas también buscaban ayuda para el arrecife de la familia. Para una pariente rosa desarrollaron una crema protectora especial. La aplicaron con cuidado en las ramas. Los pólipos debían poder seguir atrapando alimento. Después esperaron y observaron la colonia. Ayudar requería paciencia y debía adaptarse al animal que se quería proteger.

Menos bolsas de plástico en tierra significaban menos trozos nuevos que los ríos podían llevar al mar. Eso no hacía desaparecer la basura ya hundida. Las personas también debían buscarla sin romper los corales profundos. Incluso lejos del arrecife, las personas contribuían a decidir qué llegaba al agua. Algunas dejaron de llevarse una bolsa de plástico nueva al hacer la compra. Otras recogían basura en la playa. Abajo crecía una pariente verde y rosa con pólipos de colores. Ella no podía llevar una bolsa de basura. Las personas debían hacer por sí mismas su parte del trabajo.

Como las personas habían calentado el clima, buscaban ayudas técnicas para las profundidades. En su fantasía de rescate, unas tuberías llevaban a una sala fría. Este circuito necesitaba cuidados; unas pocas tuberías no podían enfriar todo el mar. Ahora había tuberías largas bajo una parte del arrecife. El agua caliente entraba y pasaba por una sala fría bajo el fondo. Después regresaba al coral ramificado. El rojo y el azul mostraban el camino por su hogar poco común. En este lugar, la familia dependía de un circuito entero que debía seguir funcionando.

El mar había absorbido mucho calor. Las personas buscaban todas las ayudas imaginables para las colonias que quedaban. Con los robots bajaban cada vez más objetos. Pero ninguna caja de herramientas, por llena que estuviera, podía recuperar por sí sola el hábitat perdido. Las personas habían traído todo lo que se les ocurría contra el calor: una sombrilla, cubitos de hielo, una crema e incluso una placa de enfriamiento. Los robots llevaron las cosas hasta el coral claro. Los rayos del sol no llegaban a este lugar. Era una idea de rescate exagerada del mundo de arriba. Sobre todo, las personas debían seguir comprobando si sus aparatos ayudaban y si pasaba suficiente alimento junto a los pólipos.

Las personas seguían liberando dióxido de carbono al aire. Una parte entraba en el mar y cambiaba el agua donde los corales construían sus esqueletos calcáreos. Una zona protegida alejaba los aparejos, pero no podía detener ese cambio por sí sola. Por fin, las personas trazaron un límite en el mapa. En esa parte del mar ya no debían arrastrarse redes por el fondo. La colonia rosa y amarilla no sabía de mapas. Solo notaba que sus ramas seguían en pie. El agua no mejoró de golpe por ello. Pero sus pólipos más jóvenes ganaron tiempo para seguir creciendo junto a los antiguos.

Los humanos buscaban ayudas para los restos del arrecife por donde el agua fresca pasaba con menos regularidad. Ahora construyeron una rueda en la corriente. Debía mover el agua sin tender una nueva conducción pesada entre ramas vivas. Junto a una colonia giraba una rueda impulsada por el agua corriente. Movía un pequeño ventilador. En cuanto llegaba la corriente, removía el agua entre las ramas. Un pez observaba con curiosidad desde cierta distancia. Cuando el agua se detenía, la rueda también paraba. Entonces los pólipos esperaban alimento, igual que sus parientes de fuera.

Las imágenes de las profundidades aparecían en pantallas en tierra. Un niño reconocía siempre la misma colonia y le dio un nombre. Así las personas también notaron cuando después apareció una red junto a aquel lugar conocido. Un niño llamó Bobbler a la pariente verde. En la siguiente visita buscó aquella misma horquilla y las coronas claras. «Ahí estás». Un pez pasó entre las ramas. Bobbler no podía responder. Pero el niño recordó el sitio y, cuando más tarde hubo una red cerca, buscó ayuda.

En las imágenes, las personas veían lo que sus aparejos y residuos causaban abajo. Algunas cambiaron normas y explicaron por qué las profundidades necesitaban protección. Esas decisiones alejaban lo dañino mientras los corales seguían atrapando alimento del agua. Sobre el arrecife, las personas empezaron a escucharse. Aprendieron, explicaron a otros y dejaron de hacer cosas que dañaban el fondo. Abajo, la colonia clara abrió sus tentáculos. No podía comer esperanza ni beber respeto. Pero cuando esas palabras se convertían en manos cuidadosas, su familia recibía algo muy útil: tiempo y un lugar donde seguir viviendo.

Las personas no podían enfriar de golpe el mundo calentado. Para algunas colonias probaban reservas frías y aparatos. Abajo solo ayudaban localmente y mientras siguieran llegando energía y cuidados. Llegaron con un ventilador y una reserva de hielo. Querían enfriar el pequeño estanque alrededor de la colonia de colores. El ventilador empujaba agua entre las ramas; el hielo se derretía despacio en un recipiente al lado. Un pólipo volvió a abrirse. Los ayudantes se quedaron comprobando la temperatura, pues un rescate para aquella tarde aún no era un rescate para todo el mar.

Las personas incluso llevaron a la fantasía de rescate objetos de su propia seguridad cotidiana: casco, chaleco y extintor. Abajo seguía oscuro. Los peligros reales venían de los equipos que causaban daños y del agua de mar alterada, no de un incendio en el arrecife. Una pariente estaba equipada de una forma muy especial. Llevaba casco, chaleco de seguridad y unas pequeñas gafas. A su lado había señales de aviso, un guante e incluso un extintor. Un pez lo miró todo y siguió nadando con cuidado. Las personas habían traído muchas cosas protectoras. Aun así, los pólipos debían conservar suficiente espacio para comer.

Las personas colocaban reservas frías junto a las colonias protegidas. Una corriente llevaba agua a su lado. La refrigeración necesitaba reposición y los ayudantes debían comprobar regularmente que el agua siguiera siendo adecuada y todos los pólipos alcanzaran sus comidas. Junto a una pariente gris había recipientes azules de refrigeración. El agua pasaba a su lado y luego entre las ramas. La colonia seguía gris; nadie tenía que devolverle el color. Lo importante era que sus pólipos atraparan comida. Una ayudante se inclinó sobre la pantalla y solo asintió cuando vio moverse varios tentáculos pequeños abajo.

Las personas mantenían estaciones de refrigeración para algunos arrecifes profundos. Un barco traía reservas y las tuberías llevaban agua enfriada hacia abajo. Había que abastecer la instalación; aquel pequeño rescate aún no enfriaba el mar oscuro de alrededor. Un barquito trajo hielo nuevo a la estación. La pariente rosa de abajo no podía ver el barco ni saber cuánto trabajo se estaba haciendo. Solo sentía el flujo del estanque protegido. Arriba, los ayudantes reponían reservas y revisaban las tuberías. Si no venían, el agua se calentaba otra vez. En aquel lugar, la familia dependía de sus visitas regulares.

La pesca con equipos pesados había dañado el arrecife abierto. Por eso, las personas construyeron refugios atendidos en las profundidades. Allí tenían que vigilar el movimiento del agua y el alimento; un marco firme por sí solo no bastaba para crear un buen hogar. Algunas personas construyeron un lugar protegido con un borde firme para los descendientes del arrecife de la familia. Dentro vivían un coral y peces pequeños. Las personas comprobaban el agua y se aseguraban de que llegara alimento. Detrás del marco, la vida continuaba. Pero la colonia necesitaba su ayuda cada día, incluso cuando todo parecía tranquilo.

Las personas sacaron algunos descendientes de las profundidades y los llevaron a estanques fríos en tierra. Allí vivían en cautividad. Las bombas, la comida y los cuidados debían sustituir lo que su familia recibía de las corrientes profundas. Las personas ya llevaban incluso algunos descendientes a tierra. Allí había un estanque bajo una campana transparente. Dentro vivía una pariente rosa en agua fría. Fuera, el sol brillaba sobre la arena y un pájaro pasó junto a un árbol. Un niño apoyó la mano en la pared fresca. El coral siguió quieto. Sus pólipos esperaban el pequeño movimiento del agua que pronto volvería a iniciar una bomba.

El calentamiento causado por las emisiones humanas también afectaba al mar profundo. Las personas enviaban equipos hacia abajo y buscaban maneras de enfriar y proteger. Sus fantasías de rescate debían ayudar a los pólipos sin cerrar el paso necesario del alimento entre las ramas. Cuando llegaba el peligro, una pariente azul podía recoger sus pólipos. Entonces apenas se veían sus brazos de colores. Las personas también la ayudaban enfriándola y con una sustancia especial en sus tejidos. Con cuidado, esperaban hasta que los pólipos volvieran a abrirse. Solo cuando atraparon pequeños animales que servían de alimento lo supieron: el coral volvía a comer.

Las personas enviaban instrumentos a las profundidades con cables largos. Querían saber cómo cambiaban la temperatura y el agua. El pequeño robot podía transmitir mensajes; la comida y una corriente útil aún debían alcanzar a la familia en su roca. Un cable negro recorría el lado de una colonia clara hasta su copa. Abajo esperaba un pequeño robot. Se movía cuando sus ayudantes en tierra querían saber algo. Los pólipos no conocían sus preguntas. Atrapaban alimento mientras instrumentos redondos colgaban en el agua. A veces, tras una medición, llegaba una persona, revisaba las ramas y permanecía completamente quieta un instante.

Los barcos pesqueros no habían recuperado todas las redes perdidas. Algunos restos se arrastraban durante años por el fondo. Las personas debían quitar con cuidado las cuerdas atrapadas; un borde protector por sí solo no sacaba residuos de las profundidades. Una red pasó sobre el borde de una colonia protegida. Las puntas exteriores engancharon la cuerda. Las ramas de detrás quedaron libres. Pero la red no iba a desaparecer sola. Cuando volvieron las personas, la cortaron y soltaron poco a poco. Solo después pudo llegar otra vez la corriente sin obstáculos a las pequeñas coronas abiertas del interior.

Las personas no querían salvar solo ramas individuales. Mantenían alejados los equipos de pesca, recogían basura con brazos con pinzas y reducían la contaminación en tierra. Así, su idea de proteger la naturaleza llegaba desde las ciudades hasta el oscuro arrecife de la familia. Las personas querían proteger mejor la naturaleza. Por eso no miraban solo a los corales, sino también lo que ellas mismas llevaban al mar. Junto a una pariente amarilla guardaban distancia de los pólipos azules. Recogían basura alrededor y dejaban tranquilas las ramas. Aquí, la ayuda empezaba con sus propias manos y sus propias decisiones.

Los barcos perdían objetos que se hundían; también llegaban corrientes más cálidas. Por eso las personas combinaron varios intentos de rescate. Las sombrillas parecían un extraño saludo de playa, mientras los aparatos de agua y las reservas de comida sí necesitaban cuidados. Tres sombrillas se arqueaban sobre una pariente clara. Pequeños rotores empujaban agua entre las ramas y en la base había alimento junto a bloques de refrigeración. La familia estaba preparada para un día difícil. Cuando disminuyó la corriente, los ayudantes repartieron algo de comida. No toda a la vez: hasta el pólipo más pequeño de la última rama debía recibir algo.

En tierra se tiraba plástico y en el mar se perdían equipos. Una parte se hundía hasta los corales. Por eso, las personas debían generar menos basura y recuperar con robots submarinos lo que ya se había enredado en el arrecife. Otra vez flotaba basura sobre el arrecife de la familia. El brazo con pinza de un robot submarino recogió un trozo antes de que quedara atrapado entre las ramas. Arriba, en el barco, las personas dirigían la ayuda. También querían evitar que llegara basura nueva al mar. Abajo, los peces pasaban junto a un coral de colores. Las personas debían limpiar con cuidado y seguir ayudando en tierra.

Las corrientes más cálidas también llegaban a las laderas oscuras. Por eso las personas guardaban agua fría en espacios protegidos. Refrigerar seguía requiriendo tuberías, energía y reposición, mientras fuera de la cubierta el gran mar continuaba fluyendo sin cambios. Bajo una cubierta transparente había una reserva de agua fría. Encima, un aparato bañaba suavemente a la pariente de tonos pastel. Un robot abrió una válvula con su brazo de pinza y una corriente fresca llegó entre las ramas. Los pólipos se extendieron. Durante un tiempo, el espacio quedó abastecido. Luego alguien debía reponer la reserva antes de agotarse.

Las personas daban comida a algunas colonias protegidas. Una cerca alejaba a los visitantes grandes, pero estrechaba el recinto. Los ayudantes debían asegurar que circulara suficiente agua y la comida llegara hasta los últimos pólipos. Una cerca rodeaba a la siguiente pariente. Abajo esperaba alimento y arriba un ventilador movía el agua. Un pez se detuvo ante los postes y buscó otro camino. Dentro, un ayudante repartía pequeñas porciones entre las ramas. Los pólipos las buscaban. Por protegidos que estuvieran, sus comidas debían llegar a la rama correcta en el momento adecuado.

Las personas podían dañar a los corales profundos con equipos de pesca y brazos con pinzas manejados sin cuidado. Por eso pusieron límites a sus trabajos. Las señales de aviso formaban parte de esta idea humana de protección; el propio mar oscuro no detenía a nadie. Las personas debían mantener limpio el arrecife y dejar tranquilos a sus habitantes. Una burbuja especial ayudaba a hacerlo junto a una colonia de colores. Si un equipo se acercaba demasiado, emitía un sonido fuerte. Arriba, en el barco, las personas oían el aviso y retiraban el brazo con pinza. Después mantenían la distancia y observaban los pólipos solo con la cámara.

Las personas habían unido distintas ideas protectoras en un arrecife. Una cúpula, cintas y tuberías formaban una pequeña instalación. Como seguía llegando suciedad del mar habitado, los ayudantes debían volver abajo, vaciar filtros y revisar el intercambio de agua. Una cúpula azul cubría a una pariente clara. Cintas verdes cruzaban el espacio inferior y filamentos oscuros llegaban al fondo. Los ayudantes habían ensamblado varias ideas protectoras. Los pólipos vivían entre esos aparatos esperando agua fresca. Cuando se llenó un filtro, alguien lo sacó con cuidado. Después, la pequeña corriente volvió a llegar libremente a las ramas traseras.

La ayuda dio tiempo a algunas colonias. Pero los lugares protegidos seguían separados unos de otros. Entre ellos había laderas dañadas, suciedad y corrientes inadecuadas. Otras ramas de la familia vivían lejos de los ayudantes. Sus cuerpos ya tenían muchas formas de protección distintas, pequeñas y grandes. Unos bordes redondos y finos rodeaban los pólipos de una pariente clara. Un pececito se acercó tanto que tuvo que girar delante de uno. Después siguió buscando bajo una rama. El coral permaneció firme en el fondo. Sus pólipos extendían brazos hacia el agua y atrapaban alimento, mientras el visitante encontraba un camino nuevo por el arrecife.

Las personas habían cambiado el agua y el fondo de alrededor. Por eso, en sus ideas para el futuro, un coral recibió una cara seria y defensas poco comunes. Esto no detenía las emisiones en tierra; las personas debían encargarse de ellas. Una pariente clara tenía un aspecto especialmente serio. Con ojos grandes y una defensa poco común podía asustar a los visitantes. Un pececito dio un rodeo por precaución. Unos apéndices rosas llegaban por debajo de su base. Entre las ramas quedaba sitio para el alimento de la corriente. Incluso este coral capaz de defenderse tenía que comer para seguir viviendo.

Durante unos trabajos en el fondo, las personas habían levantado lodo fino. Una capa de mucosidad formaba parte de la protección inventada para esta pariente. Aun así, había que detener la fuente adicional de suciedad para que los pólipos pudieran seguir atrapando alimento del agua. Una pariente clara tenía una capa lisa de mucosidad alrededor del cuerpo. Recordaba al rastro de un caracol. Cuando unos granitos finos llegaban a las ramas, la capa quedaba en medio. Los pólipos seguían extendiendo sus brazos hacia el agua. Un pececito pasó junto a ellos. El coral permanecía firme y atrapaba lo que pasara lo bastante cerca.

Tras los daños en muchos arrecifes, entre los últimos escondites había cada vez más fondo descubierto. Los humanos no habían podido proteger todas las colonias. Ahora los visitantes hambrientos llegaban hasta las ramas, entre ellos las peligrosas flores tigre de este futuro. Cuando las flores tigre entraron en el arrecife, los pólipos sacaron sus espadas de luz de colores. Por todas partes brillaron pequeñas hojas. Los intrusos se detuvieron y rodearon la colonia. Solo entonces los diminutos guardianes volvieron a guardar sus espadas. Entre las ramas regresó la calma. La siguiente corriente les trajo alimento en vez de enemigos.

Una parte del dióxido de carbono de las centrales eléctricas, el tráfico y las fábricas llegaba al mar. Esto cambiaba el agua en la que los corales formaban su esqueleto calcáreo. Las personas soñaban con una capa protectora, pero al mismo tiempo debían reducir sus emisiones. Una pariente clara tenía una fina capa protectora. Unas zonas pequeñas de su cuerpo soltaban sustancias especiales en el agua. Así se ayudaba frente a los cambios justo al lado de sus ramas. Un pez pasó nadando sin fijarse en esas zonas. Los pólipos seguían orientados hacia afuera. Incluso este coral poco común necesitaba alimento del mar que lo rodeaba.

En otros lugares, cada vez más partes del arrecife desaparecían bajo las redes de pesca. Los animales que quedaban se reunían en menos espacio. Ahora también llegaban más a menudo visitantes hambrientos hasta muy cerca de los blandos pólipos. En el agua azul era difícil descubrir este coral. Sus colores se confundían con el entorno. Cuando se acercó un visitante hambriento, un pólipo extendió su largo filamento urticante. El visitante retrocedió. Entre las ramas todo siguió tranquilo. Allí, los pólipos más pequeños continuaron atrapando las diminutas presas que traía la corriente.

Los aparejos de pesca habían destruido grandes partes del viejo arrecife. Cada vez más habitantes buscaban los escondites que quedaban. Allí, los blandos pólipos encontraban más a menudo visitantes hambrientos que se metían entre las ramas. En un coral oscuro crecían espinas rosadas. Cuando un animal hambriento se acercó demasiado, tuvo que pasar entre las puntas. Dio media vuelta y buscó en otro lugar. Los pólipos amarillo anaranjado volvieron a abrirse. Unas presas diminutas quedaron atrapadas en sus tentáculos. El tronco parecía oscuro, pero en el arrecife estaba lleno de vida.

Las emisiones humanas cambiaban el agua incluso en los arrecifes profundos. La capa de mucosidad era una ayuda inventada contra los cambios. No daba a nadie motivos para seguir emitiendo gases ni para considerar inofensiva cualquier temperatura. Una capa de mucosidad rodeaba una pariente naranja. Esta cubierta especial debía hacer más llevaderos los cambios rápidos del agua. Los pólipos claros extendían sus brazos hacia afuera. Una pequeña presa quedó atrapada. Otros descendientes de esta línea encontraron lugares nuevos en el mar. Pero cada uno seguía necesitando agua en buenas condiciones, alimento y un lugar donde fijarse y crecer.

Durante mucho tiempo, las personas habían dañado partes del arrecife con redes pesadas. Donde quedaban ramas, ahora se reunían muchos vecinos. Para los blandos pólipos, tanta cercanía también traía visitantes hambrientos que se apretujaban en los últimos escondites. Un pez hambriento buscaba entre las piedras. Delante tenía una colonia cuyos colores se confundían con el entorno. Pasó nadando sin descubrir a los pólipos. Ellos se quedaron quietos hasta que se fue. Entonces volvieron a extender los tentáculos en el agua. La corriente traía pequeñas presas para las que no necesitaban ningún escondite.

Cada vez más animales se apretujaban entre los restos del arrecife, reducidos por los equipos de pesca. Las personas protegían algunas rocas, pero no podían crear espacios vacíos por arte de magia. Allí, algunos habitantes se ayudaban a vigilar las ramas que aún quedaban. Un pequeño pez protector nadaba alrededor de una colonia verde y violeta. Cuando llegó un visitante hambriento, le hizo frente. Al mismo tiempo, el coral soltó pequeños trozos de piel que olían mal y cambió de color. El visitante siguió su camino. Bajo una capa protectora de mucosidad, los pólipos volvieron a abrirse. El pececito regresó entre las ramas, donde él también encontraba refugio.

En algunos lugares del mar, los humanos trabajaban con máquinas pesadas. Al hacerlo soltaban pequeñas piedras y escombros duros. Cuando los movimientos del agua empujaban esos trozos hasta el arrecife, encontraban allí tejido delicado entre partes de un esqueleto calcáreo firme. Unos anillos oscuros y duros rodeaban las ramas de una colonia. Cuando una piedrita golpeó el cuerpo, dio contra uno de esos anillos. Cayó al fondo. Los blandos pólipos de al lado se habían recogido. Después de un rato volvieron a abrirse. Sus nuevos anillos no lo mantenían todo alejado, pero aquel golpe había terminado bien.

Un robot submarino mostró a las personas pequeñas figuras junto al coral rosa. Al mismo tiempo encontraron basura en el fondo. Tenían que trabajar con cuidado para no asustar a los animales ni dañar las ramas de crecimiento lento al recogerla. Una pequeña figura se movía junto a una pariente rosa. Un punto oscuro pasó a la deriva muy cerca del tronco y desapareció en el agua. Algunos pólipos recogieron sus brazos al sentir el roce. Más tarde volvieron a abrirse. La colonia siguió en su sitio. Lo que podía nadar seguía su camino; lo que estaba fijo esperaba alimento de la siguiente corriente.

El lodo fino de trabajos humanos había llegado a algunos lugares del arrecife. En tierra, los humanos buscaban mejores maneras de trabajar sin levantar nuevas nubes. Abajo, la familia seguía necesitando agua despejada entre las nuevas oleadas de suciedad. Una cubierta azul rodeaba las ramas doradas, suave como una burbuja transparente. Dentro, el agua se movía más despacio. Cuando pasó arena fina por fuera, una parte quedó adherida a la cubierta. Más tarde, el borde se soltó y se alejó flotando. Debajo, los pólipos volvieron a tener libre acceso al agua.

Las personas soñaban con un coral acorazado porque el calor y las intervenciones intensas amenazaban el arrecife. Su armadura debía ayudarlo en las profundidades. Aun así, las propias personas tenían que protegerlo de las redes de fondo y del calentamiento continuo de todo el mar. Una pariente amarilla llevaba una armadura. Durante un rato absorbía calor y se calentaba ella misma al hacerlo. Unas cadenas sujetaban su cuerpo al fondo. Los pólipos rosas seguían orientados hacia afuera. Llegó una corriente fuerte, pero el anclaje resistió. Pasaban pequeños animales que servían de alimento. La armadura ayudaba a este coral, pero sus muchos habitantes pequeños seguían teniendo que comer por sí mismos.

Los equipos de pesca pesados habían roto otras colonias. Para esta pariente de fantasía, las personas imaginaron piezas protectoras angulosas. Pero su hogar solo se volvió realmente más seguro cuando se prohibió arrastrar redes por el fondo allí. En algunas ramas de una pariente clara había piezas protectoras oscuras y puntiagudas. A su lado había formas anchas parecidas a escudos. Un pececito guardó distancia por precaución y nadó por fuera alrededor de la colonia. Entre las ramas protegidas se abrieron los pólipos. No tenían que perseguir a nadie. Con el agua llegaban diminutos animales que servían de alimento lo bastante cerca de sus brazos.

Las personas construían defensas cada vez más extrañas alrededor de arrecifes amenazados. Querían alejar atacantes y aparejos. Pero las armas no cambiaban la temperatura ni el alimento del agua; la familia seguía necesitando condiciones adecuadas. En un rincón apartado había una pariente con pistolas en las ramas. Daba miedo y los pececitos guardaban distancia. Pero al llegar agua cálida, ninguna arma ayudó. Los pólipos seguían hambrientos. Después, las personas desactivaron los aparatos y trajeron una bomba. Solo su corriente silenciosa logró lo que todo aquel ruido no había conseguido.

Alrededor de algunos arrecifes profundos surgían barreras técnicas. Las personas intentaban alejar así sus propias intervenciones de las colonias. Cada aparato necesitaba mantenimiento y cada reja podía atrapar nueva basura hasta dificultar el paso de la corriente. Alrededor de una colonia azul había cañones y una cerca con rayos amarillos. Un cartel mantenía lejos a los visitantes. Dentro, los pólipos esperaban presas diminutas. La corriente debía encontrar paso por la instalación. Un día quedó basura en la cerca. Un ayudante apagó todo y la retiró antes de que bloqueara la entrada.

Las redes de pesca perdidas seguían flotando por las profundidades. Arriba las personas ya las habían dado por perdidas, pero abajo aún se enredaban. Hasta el equipo de rescate más extraño debía ayudar al final a soltar una cuerda de las ramas delicadas. Junto a la siguiente colonia había un martillo; encima brillaban rayos amarillos y azules. A la izquierda, la corriente acercaba una red. En aquel rincón del mar, hasta las herramientas del trueno formaban parte del rescate. El martillo sujetó la red en el fondo hasta que las personas la soltaron. Luego volvió la calma y las coronas de colores pudieron estirarse.

Las personas buscaban imágenes de protección y huida. Así surgieron escudos, espadas y zapatos incluso para las profundidades. Pero la familia vivía entre peligros reales: las redes podían engancharse, el agua calentarse y la comida escasear. Una pariente tenía escudo, espada y hasta zapatos. Cuando un pez cruzaba veloz entre sus ramas, el escudo temblaba un poco. Los zapatos eran para otro día: el día en que tuviera que marcharse. Por ahora se quedaba. Aquí la corriente traía alimento y ninguna hazaña parecía más urgente que alimentar a los pólipos hambrientos de la familia.

Los escudos negros formaban parte de una fantasía de rescate para el mar alterado. Las personas habían contribuido al calentamiento con sus emisiones. Tenían que seguir reduciendo la causa en lugar de limitarse a colocar cada vez más piezas protectoras en los corales. En las ramas de otra pariente había escudos negros. Debían proteger su cuerpo frente a los cambios del mar. Entre las placas, los pólipos quedaban libres. Un pececito nadaba por fuera y buscaba un hueco. El coral no podía comerse sus escudos. Incluso detrás de esta protección seguía necesitando alimento y agua fresca.

En las imágenes de las personas, un coral recibió hasta una capa de héroe. Abajo aún debían trabajar juntos. Ni un escudo de armas ni una sola colonia podían con lo que bajaba de ciudades y barcos. Tras una pariente azul claro se extendía una capa roja. En su tronco brillaba un escudo. Los pequeños vecinos la llamaban su superheroína. Pero al llegar basura, ni ella podía llevársela sola. Un camarón tiró de un hilo, una persona levantó el trozo grande y solo juntos volvieron a despejar el camino a la corriente.

Las personas rodeaban los lugares protegidos con más cercas y cubiertas. El seto verde era una idea de rescate, no una planta que encontrara sol abajo. Su entrada debía seguir abierta para los pequeños vecinos y el agua. Las personas habían puesto un seto verde protector alrededor de la colonia roja. Solo abajo quedaba una entrada. Un pececito encontró el hueco, entró y salió enseguida. La corriente siguió el mismo camino. La familia tenía un patio protegido, pero la abertura era tan importante como el límite denso. Por allí llegaban comida y nuevos vecinos.

Las personas construían límites inusuales para proteger arrecifes profundos de intervenciones. Aquí un seto espinoso y frutos explosivos pertenecían a la defensa inventada. La luz venía de la colonia especial; no llegaban rayos de sol. De pronto brilló la zona tras el siguiente seto. La colonia lanzó rayos amarillos entre sus ramas. En el borde verde había frutos rojos; quien los tocaba oía un estallido aterrador. Un pececito dio un gran rodeo. Cuando volvió el silencio, la familia quedó sola con la corriente que serpenteaba por el jardín peligroso.

Las partículas finas de las intervenciones humanas llegaban por todos los lados de las colonias. Por eso una capa protectora no podía cubrir solo un lado. La chaqueta verde protegía de lo que había en el agua, no de la lluvia, que de todos modos no caía en las profundidades. Una pariente llevaba su chaqueta verde ajustada a las ramas. A un lado quedaba una entrada. Pequeños visitantes entraban veloces y detrás llegaba agua fresca. La chaqueta no crujía como en tierra; se movía suavemente en la corriente. Bajo su protección se abrían los pólipos de colores, cada uno con espacio para sus diminutos tentáculos cazadores.

Las personas habían cambiado el clima y deseaban un escudo invisible para los corales. En el agua profunda se convirtió en una fantasía de rescate. Reducir las emisiones y la pesca destructiva seguían siendo tareas de su propio mundo. Un escudo invisible rodeaba una pariente verde oscura. Un pez no podía verlo y nadaba con curiosidad alrededor de las ramas. El coral permanecía detrás mientras afuera cambiaba el agua. Un pólipo rosa se abrió entre los claros. Incluso protegido seguía teniendo hambre. El escudo no podía sustituir su alimento.

Las personas construían refugios alrededor de restos de arrecife amenazados. También creaban defensas que bloqueaban el camino a otros animales. Aquí una trampa y una nube de sustancias eran parte del invento; podían asegurar el espacio y alejar a nuevos vecinos. En el borde del siguiente refugio había una trampa. Puntas rojas miraban hacia fuera y al otro lado salía una pequeña nube defensiva. Un pez prefirió regresar. Dentro quedó la pariente clara. La corriente debía dar un rodeo para llegar a sus pólipos. Cuando llegó por fin la comida, todos la buscaron; ya habían esperado bastante.

Las personas habían levantado muros junto a la familia para protegerla de intervenciones. Pero las paredes sólidas podían estrechar el paso del agua. Una colonia rescatada aún necesitaba espacio para ramas nuevas y alimento de la corriente oscura. A la izquierda había un muro; a la derecha, otro. Entre ambos crecía una pariente de colores. Sus ramas casi tocaban las piedras. Aún cabían un pececito y la corriente. Los ayudantes miraron el espacio estrecho y después movieron una piedra. La protección debía dejar espacio para vivir, sobre todo al crecer una rama nueva.

Las personas ponían marcos protectores y ayudas de refrigeración en algunos arrecifes. Fuera debían quedar atrapados los peligros; dentro tenía que circular el agua. Cuanta más basura llegaba, más a menudo debían revisar y limpiar con cuidado los ayudantes. Un marco puntiagudo rodeaba la siguiente rama familiar. Entre sus uniones rojas había caminos estrechos al interior. Allí se guardaban bloques azules de refrigeración junto a ramas de colores. Un ayudante abrió con cuidado una compuerta, sacó suciedad y volvió a cerrarla. Los pólipos se movían en agua fresca. Hasta el marco más fuerte necesitaba a alguien que cuidara el pequeño espacio de detrás.

Las personas rodeaban algunas colonias profundas con protecciones cada vez más complejas. El metal, la campana y los aparatos debían alejar sus propias intervenciones. Pero la instalación necesitaba energía y cuidados; dentro, los pólipos aún debían alcanzar agua y comida. Una pariente de armadura oscura estaba bajo una campana transparente. Líneas verdes cruzaban el espacio y pequeños aparatos defensivos ocupaban el borde exterior. Las personas habían construido mucho alrededor de la familia. Dentro seguían visibles los pólipos claros. Un ayudante apagó los aparatos, abrió una compuerta y examinó el agua. Entre tanta tecnología, el coral aún necesitaba suficiente espacio para vivir.

En algunos lugares, los humanos creaban ahora pequeños mundos de agua alrededor de las últimas colonias. Mantenían el alimento, la temperatura y la corriente dentro de límites adecuados. Con eso no habían reparado el mar abierto fuera de aquellos espacios. La pregunta de la familia seguía siendo la misma: ¿encontrarían también un hogar los siguientes pequeños corales? Sobre una colonia había una cúpula transparente. Unas ruedas pequeñas a los lados movían el agua entre sus ramas. Fuera pasó un pez y volvió a dar media vuelta. No podía atravesar la pared nadando. Dentro, los pólipos abrieron los tentáculos. Ahora los humanos debían asegurarse de que también entrara alimento con el agua fresca.

Las personas querían salvar algunas colonias de redes, basura y visitantes descuidados. Construían refugios y debían volver una y otra vez a las profundidades. Fuera, el mar seguía alterado; dentro, la familia necesitaba agua fresca continuamente. Las personas construyeron un espacio protegido para una colonia. Las redes y la basura debían quedarse fuera y los visitantes guardar distancia. Abajo había incluso una tienda diminuta. Dentro, la familia extendía sus pólipos. El techo solo no enfriaba ni limpiaba el agua. Para eso los ayudantes debían regresar siempre, medir, reparar y comprobar todo con cuidado.

Los residuos finos de ciudades y barcos humanos llegaban abajo con la corriente. Algunas colonias ya tenían cubiertas transparentes. Debían alejar la suciedad sin bloquear el paso vital de agua y comida. Una burbuja casi invisible rodeaba a la siguiente pariente. Detrás había ramas verdes, amarillas y violetas. Una partícula flotante resbaló por el borde y siguió. Pero la burbuja dejaba entrar una corriente estrecha; de lo contrario, pronto se agotaría la comida del refugio. Los pólipos se extendían hacia ella como si alcanzaran algo a través de una puerta abierta.

No había una frontera firme entre las ciudades de arriba y el arrecife de abajo. Pequeños restos de plástico llegaban con el agua. Las personas intentaban dar un refugio transparente a algunas colonias; fuera aún había que recoger los residuos. Una pariente de tonos pastel estaba dentro de una burbuja apenas visible. Fuera pasó un trocito de plástico y quedó un momento en el borde. Luego la corriente volvió a llevárselo. Los pólipos de dentro se abrieron lentamente. Sus colores claros decían poco sobre su hambre. Eso solo lo mostró el movimiento de sus tentáculos al llegar la siguiente pequeña comida.

Las personas habían probado muchas cubiertas que se agrietaban o ensuciaban. En su fantasía de rescate, esta burbuja por fin debía durar. Dentro, la familia aún dependía del alimento y el agua que llegaban del mar oscuro. Una burbuja violeta encerraba la siguiente rama familiar. En esta historia no podía reventar. Una piedra flotante chocó contra ella, resbaló por el borde y cayó. Las ramas de colores quedaron intactas. Pero aún debía entrar comida. La corriente pasaba por una pequeña abertura y los pólipos esperaban allí hasta que una nueva comida alcanzara sus tentáculos.

Las personas querían proteger una colonia clara del agua alterada dentro de una cubierta. Abastecían aquel pequeño lugar con aparatos desde un sumergible. Afuera debían seguir limitando sus intervenciones en lugar de encerrar únicamente a animales individuales. Una pariente clara vivía por completo dentro de una cubierta. Afuera pasaban peces y dentro las ramas permanecían quietas. Las personas tenían que asegurarse de que entraran agua fresca y alimento. Los pólipos se abrían en cuanto les llegaban presas. Quien había construido la cubierta no podía olvidarse del coral que había dentro. Su vida continuaba cada día.

Los humanos seguían tirando basura mientras otros ayudaban a los arrecifes profundos. Las colillas y el plástico llegaban a los mismos refugios que acababan de limpiar con tanto esfuerzo. Por eso, mantener limpio un lugar era una tarea que comenzaba una y otra vez. Fuera flotaban colillas y basura. Dentro, una pariente de muchos colores estaba en su burbuja protectora. A su alrededor había pequeños bloques azules de enfriamiento. Un ayudante recogió primero los residuos y luego revisó la cubierta. Los pólipos esperaron con paciencia. Era más fácil retirar a tiempo un objeto dañino que limpiar después cada bifurcación de sus diminutas partículas.

Los humanos ya enfriaban pequeños espacios protegidos en el fondo profundo del mar. Las burbujas y las cubiertas transparentes formaban parte de sus extraños experimentos. Los aparatos necesitaban energía y nuevos suministros; a su alrededor, la familia seguía unida al mar que había cambiado. Unas burbujas transparentes flotaban alrededor de una pariente de muchos colores. A sus pies había bloques de enfriamiento para su espacio de agua protegido. Una pequeña burbuja se soltó y subió; otra quedó prendida en el borde. Los pólipos atrapaban alimento mientras los ayudantes reponían el sistema de enfriamiento. Fuera, la corriente seguía su camino. Dentro había que cuidarlo todo con esmero para que la familia recibiera suficiente agua fresca.

Los humanos intentaban dar a las colonias amenazadas un pequeño espacio de agua protegido. La cápsula brillante era uno de aquellos inventos. Fuera seguían pasando sustancias del mundo habitado; dentro debía mantenerse abierto el intercambio con el mar oscuro. Un refugio brillante rodeaba a la siguiente pariente. Arriba se juntaban pequeñas burbujas en el borde. Dentro relucían ramas rojas, verdes y amarillas. Entraba agua fresca por una pequeña abertura. Allí la familia seguía unida al mar. Un pólipo atrapó su comida y, fuera, la gran corriente siguió su camino, sin caber del todo en aquel pequeño espacio.

Las personas habían dañado el arrecife abierto y querían cuidar colonias individuales dentro de cubiertas. Unas pequeñas hélices movían el agua en su interior. Había que comprobar constantemente si llegaban suficiente alimento y oxígeno; una pared no podía hacerlo sola. Alrededor de una pariente azul había pequeñas hélices sujetas a una cubierta. Giraban y mantenían el agua en movimiento dentro. Los pólipos extendían sus brazos hacia ella. Afuera pasaba un pez. Solo una pared fina separaba su mar libre de las ramas protegidas. Aun así, para sus habitantes eran lugares muy distintos.

El agua más cálida y la llegada de menos recursos de las corrientes frescas hacían difícil vivir en algunos lugares profundos. Los humanos mantenían abiertos espacios de agua protegidos alrededor de ciertas colonias. Las formas verdes del exterior pertenecían a su cubierta inventada, no a una pradera marina. Una cubierta transparente rodeaba a la pariente roja. Fuera se movían hilos verdes y subían pequeñas burbujas. Dentro, los humanos se aseguraban de que siguiera entrando agua fresca. La cubierta no podía dejarlo todo fuera. «Todavía necesitamos un poquito de mar», susurró un pólipo, extendiendo sus tentáculos hacia la pequeña corriente que atravesaba el espacio protegido.

Los humanos aún mantenían en marcha algunos refugios y retiraban partículas de sus cubiertas. Fuera, el mar seguía lleno de rastros muy dispersos. Cuanto más tiempo duraba el suministro, más claro quedaba cuánto dependían aquellos lugares de la ayuda regular. Una burbuja roja rodeaba a una pariente azul verdosa. Fuera se acumulaban partículas de colores en el borde; dentro quedaba más espacio entre las coronas. Unos hilos rojos mantenían la forma de la cubierta. Un ayudante limpió con cuidado el exterior y se llevó la suciedad. Los pólipos esperaron en el agua protegida. Después, hasta los más pequeños pudieron volver a extender sus tentáculos.

Los humanos abastecían pequeños espacios de agua limpia en el fondo profundo. Las tuberías, las mantas y los brazos recolectores necesitaban energía y mantenimiento. Como los residuos del mundo de arriba no cesaban, los ayudantes tenían que volver antes de que nuevas cargas atascaran el sistema protector. La pariente verde estaba en un refugio burbujeante. A la izquierda colgaba una manta filtrante violeta; al lado, tuberías y pequeños aparatos entraban en el agua. Un brazo anaranjado recogía los trozos grandes. Los ayudantes regresaban a menudo para vaciarlo todo y aportar agua fresca. La familia vivía ahora en medio de una pequeña instalación cuyo suave funcionamiento acompañaba todos sus días.

Fuera de la cubierta, el agua seguía cambiando por las emisiones y las intervenciones humanas. Por eso, las personas mantenían un pequeño refugio. Tenían que entrar agua fresca y alimento, o la protección se habría convertido en un cierre peligroso. Una cubierta transparente rodeaba una colonia naranja amarilla. Sus pólipos rosas se abrían dentro mientras el mar pasaba por fuera. Un pececito nadó a su alrededor y no encontró paso entre las ramas. La colonia estaba protegida. Pero seguía necesitando alimento y agua fresca. Una cubierta por sí sola no podía darle ninguna de las dos cosas.

Los humanos todavía llevaban suministros y herramientas a los últimos refugios que cuidaban. Revisaban tuberías y reguladores. En el resto del mar ya faltaban muchos escondites y caminos para el alimento; ningún aparato podía sustituir a todo el vecindario destruido. Una cubierta transparente rodeaba a la siguiente pariente. Arriba, una tubería introducía agua con alimento; abajo, un regulador mostraba la temperatura. Unas líneas azules marcaban el borde protegido con electricidad. Los ayudantes revisaban la instalación con regularidad. Dentro se abrían coronas claras y oscuras en el pequeño circuito de agua. La familia estaba bien abastecida mientras alguien recordara regresar también al día siguiente. Pero después de aquella visita, ningún humano volvió a este arrecife. Había sido la última. La familia no podía saber qué ocurría en otros lugares del mundo.

Después de la última visita, nadie vino al arrecife durante mucho tiempo. Las instalaciones construidas dejaron de recibir suministros. Más tarde se deshicieron o fueron colonizadas por otros animales. El mar también siguió cambiando; en algunos lugares regresó la vida. Las pocas ramas dispersas de esta familia tuvieron que arreglárselas con lo que encontraban. Donde los humanos habían dañado las laderas del arrecife había ahora otros vecindarios. Para esta familia, los lugares habitables seguían muy separados. Sus vecinos vivos aún estaban allí; la antigua ayuda de los aparatos había desaparecido hacía mucho. Muchas pequeñas cámaras de burbujas se acomodaban alrededor de las ramas de una pariente clara. Una curva seguía a la siguiente, hasta que toda la colonia llevaba un segundo contorno. Entre las cámaras llegaba agua fresca a los pólipos. La familia tenía la protección muy cerca. Pero fuera seguía fluyendo el mar, y desde allí también tendría que encontrar su camino la siguiente comida diminuta.

Ningún humano volvió a este arrecife. Algunas laderas dañadas ya estaban habitadas de nuevo, pero esta familia no había encontrado allí un nuevo comienzo. En los pocos lugares que le quedaban, apenas había alimento para todos. Unos pequeños ayudantes vivos trabajaban juntos sobre una pariente clara. Unas vías finas unían las ramas, unas glándulas violetas mantenían alejados a los visitantes y, abajo, una red viva atrapaba partículas. Unos limpiadores diminutos desprendían algunas otra vez. Pero cada vez quedaban más adheridas. La familia había desarrollado mucha protección; aun así, su vida dependía de que la corriente trajera suficiente alimento para todos.

Hacía muchísimo tiempo que ningún humano venía a este arrecife. Muchas cosas habían cambiado en el mar, pero entre las últimas colonias seguían existiendo grandes tramos deshabitados. Sus larvas no encontraban allí un nuevo hogar. Aún más lejos vivía una rama de la familia muy protegida. Pequeños limpiadores vivos recorrían sus ramas; entre ellos brillaban los cristales de luz inventados. Una armadura rodeaba el tejido delicado. Cuando llegó una nube de partículas, los pólipos se cerraron. Después, los limpiadores volvieron a trabajar. Pero todos necesitaban alimento, y la corriente traía cada vez menos. Muy separadas unas de otras, las últimas colonias esperaban.

Habían pasado muchas, muchas generaciones. Hacía ya mucho tiempo que las personas no venían a este arrecife. Algunas de sus instalaciones se habían deshecho y en otros lugares volvían a vivir animales. Pero las laderas perdidas del arrecife no habían vuelto a ser un hogar para esta familia. Sus últimas colonias estaban muy separadas. Al final, la familia solo había vivido en unos pocos lugares protegidos. Pero incluso allí, la corriente tenía que llevar suficiente alimento. Durante mucho tiempo llegó demasiado poco. Los últimos pólipos se cerraron. No volvieron a abrirse. Tampoco quedaba vivo ningún miembro de esta familia en otro lugar. No había ninguna larva ni ningún pólipo vivo a partir del cual pudiera volver a crecer. La familia de corales se había extinguido. Sus ramas claras de carbonato de calcio siguieron en el agua durante mucho tiempo. Después se fueron rompiendo poco a poco. Durante muchos años más, el agua se llevó los trozos y la arena cubrió los restos. Cuando regresó la corriente, pasó sobre el fondo vacío. «¿Quién vive aquí?» Esta vez nadie respondió. Aquí había crecido una vez el coral.

Año ficticio 2.002.026 · 90.026 años después de la última visita
La familia de corales se ha extinguido.

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